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Roberto Álvarez Quiñones Los Ángeles

El mundo necesita leyes supranacionales que prohíban la tiranía y la violación de los derechos humanos como en Libia y en Cuba.

La demora de la ONU y de las potencias occidentales en evitar que Gadafi continuase masacrando a su propio pueblo, y las reiteradas aclaraciones de gobernantes —encabezados por Obama— de que el objetivo de la operación militar iniciada en Libia no es el tirano, han puesto sobre la mesa, otra vez, el tema del papel de la ONU en el mundo actual.

En la segunda década del siglo XXI, lo que ocurre con el llamado principio de "no intervención en los asuntos interno" de un país es lo que, de hecho, hace de la ONU una entidad casi inútil en cuanto a la defensa de los derechos humanos y los más caros valores universales.

Agreguemos otra pregunta: ¿Tiene derecho un gobierno a esgrimir la "no intervención" para perpetuarse en el poder y pisotear los derechos del hombre reconocidos por la ONU desde 1948, infligir sufrimiento a su pueblo, reprimirlo, marginarlo de la revolución tecnológica, desinformarlo, hacerlo pasar hambre y necesidades, y suprimirle las más elementales libertades individuales? La respuesta correcta sería que no, pero eso no es lo que ocurre hoy en el mundo. Y la dictadura castrista es la mejor prueba de ello.

Volviendo a Libia, sólo cuando Gadafi anunció que iba a ir "casa por casa" para asesinar a sus opositores, fue que China y Rusia dejaron de bloquear una resolución para evitar que el tirano siguiese bombardeando a la población civil. Y el documento precisa que no habrá invasión terrestre y que el objetivo no es Gadafi, quien junto a Fidel Castro, Kim Il Sun y el albano Enver Hoxha, es uno de los cuatro


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