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Carlos Pintado Miami

Junto a René Espí, el músico estrena disco, 'Ajiacotrópico: revoluciones por minuto', y casa productora, YinYaniLé.

Esta conversación comenzó con el fondo musical de Ajiacotrópico: revoluciones por minuto, uno de los últimos trabajos discográficos de Pavel Urkiza y René Espí. Algunos de los lugares en la que tuvo lugar son verdaderos: mi cuarto, muy próximo a Lincoln Road en South Beach; una madrugada en Washington Avenue (después de que Pavel terminara su segundo concierto en el Hoy como Ayer, de la calle 8); pero también en lugares imaginarios: un lounge bar del SoHo de Nueva York, un tugurio nocturno en el convulso Tokio, sitios acaso más ideales para esta música.

Pavel Urkiza, cantante, compositor, arreglista y poeta (sí, poeta también) intenta huir de la etiqueta de "maestro" que ya muchos le endilgan. El "hombre de los mil registros musicales" desea simplificar las cosas, su informalidad para asumir lo formal, y dinamitar todos los conceptos es su estilo, su forma de crear, su carta de presentación en el reino de este mundo.

Por las puertas de estos lugares donde ocurre esta conversación entran muchísimas personas huyendo del mundanal ruido de la vida. La luz de las lámparas suaviza los rostros. Los sofás de terciopelo son el bálsamo para el cansancio. Los colores —dorados, rojos, verdes y azules suaves— van uniéndose, formando otros colores. La música de Ajiacotrópico va imponiéndose, rezumando a ratos un estilo retrofuture, un bolero house o ciberbolero, para luego convertirse en una electro rumba que también será un jazz lounge: un viaje —intento citar, a medias, a la cineasta Isabel Coixet— por el mapa de los sonidos de la mente.

Tienes fama de huir de la canción fácil, de complicar las cosas estilísticamente hablando, pero esa misma fama va acompañada de admiración y de talento probado. Hay quien asegura que el duende de tu música es uno de los más inquietos en el panorama musical de Hispanoamérica. ¿No te da miedo arriesgar tanto siempre en cada producción?

Realmente no arriesgo nada, hago lo que voy sintiendo en cada momento. Cada producción es como un gran mural sonoro, lleno de matices y colores. Cada tema dentro de cada producción es un motivo de ese mural con personalidad propia, conectado a los otros temas como piezas de un rompecabezas, hilos invisibles tejiendo texturas interconectadas entre sí, como la vida misma. Es como renacer una y otra vez, no lo percibo en notas, más bien en sensaciones, texturas, colores, partiendo de la esencia, desnuda, primaria, de la obra en sí.

Cada disco es diferente, por eso no tengo un método creativamente hablando. Sí hay una experiencia que, en términos técnicos, me ha dado una manera de hacer las cosas respecto al hecho de producir y todo lo que implica más allá del acto creativo, teniendo en cuenta que la mayoría de las cosas que hago ahora son de forma independiente y que, si quiero hacerlas, he de ser versátil.

Con el tiempo he ido madurando esa parte técnica. Sé hasta dónde puedo llegar. Sé qué no debo hacer porque afectaría al resultado, y al final un disco es un producto y está destinado a un consumidor. Formamos parte de un mercado y no se puede obviar la ley de la oferta y la demanda. Para mí no es el motor esa ley, pero dependo de ella para vivir de la música. El riesgo entonces es que lo que nace de una necesidad creativa profunda y no responde a códigos mediáticos puede quedarse como un barco navegando a la deriva…


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