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Alberto Méndez Castelló Las Tunas

Mientras Fidel Castro viva seguirá mandado. No importa cuán senil esté ni qué cargo deje de ostentar.

El Partido Comunista de Cuba (PCC), creado el 3 de octubre de 1965 —y de acuerdo con el Artículo 5 de la Constitución de la República "vanguardia" y "fuerza dirigente" de la sociedad y del Estado, que organiza los esfuerzos hacia la construcción del socialismo y la sociedad comunista—, visto a la luz del pragmatismo de William James, según el cual el único criterio para juzgar la verdad de cualquier doctrina se ha de fundar en sus efectos prácticos, al día de hoy está en entredicho, y nada menos que es Fidel Castro, primer secretario desde su creación, quien por estos días se ha encargado de darle visos cantinflescos en su artículo Los zapaticos me aprietan.

A las 9:15 de la noche del 31 de julio de 2006 apareció en la televisión nacional Carlos Valenciaga, entonces jefe de Despacho de Castro, primer secretario del PCC, presidente del Consejo de Estado y de Ministros y comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, para anunciar la enfermedad de aquel y la delegación "provisional" de sus responsabilidades.

Según el Artículo 94 de la Constitución, "en caso de ausencia, enfermedad o muerte del presidente del Consejo de Estado, lo sustituye en sus funciones el primer vicepresidente".

Después de que Castro declinara proseguir sus funciones ejecutivas en 2008, la Asamblea Nacional del Poder Popular, según el Artículo 75 l) de la Constitución, eligió como presidente del Consejo de Estado al hasta ese momento interino Raúl Castro. Pero hasta la aparición de la "reflexión" de marras, dentro y fuera de Cuba, de hecho y de derecho, Fidel Castro continuaba en posesión del cargo de mayor jerarquía en la nación, esto es, primer secretario del PCC.

De acuerdo con lo estipulado por los Estatutos del PCC, elegido el Comité Central, este elige al Buró Político, que dentro de su seno selecciona el primer secretario.

Como en la Proclama del 31 de julio de 2006 Castro sólo delegaba "provisionalmente" sus responsabilidades, y puesto que aún no se ha efectuado un nuevo Congreso del PCC ni el Buró Político se ha reunido para elegir un nuevo primer secretario, la renuncia guarda más relación con el cuento de Pinocho que con los versos de los zapatos estrechos.

¿A qué viene tanta alharaca por si Castro renunció o no? Asombra el infantilismo con que en el extranjero algunos toman las cosas de Cuba. Castro está ahí y suena hueco cuando se le nombra como ex mandatario.

Mientras Fidel Castro viva, la Asamblea Nacional del Poder Popular puede llegarse a la Finca Vigía y situar en el Consejo de Estado a cualquiera de los animales cazados y hechos disecar por Hemingway. Eso no alterará para nada los destinos de Cuba, porque una cosa son las cuestiones de forma y otras las de fondo. Y mientras el pueblo de Cuba permanezca apoltronado en la manquedad de la hipocresía y el miedo al futuro por los fantasmas del pasado, Castro continuará mandando, no importa cuán senil esté ni si se encuentra en su despacho de primer secretario o repantigado en su bañera. ¿Cómo se cocina ese pastel? Es muy sencillo.

Miserias morales

El pasado 24 de febrero, la policía política tenía tomadas todas las calles de acceso al malecón de Puerto Padre para evitar que, en recordación al derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate, disidentes arrojaran flores al mar. No lejos, en un quiosco, varios oficiales y sus colaboradores bebían rones y cerveza. Al calor del alcohol, uno de los colaboradores, funcionario del gobierno municipal, aseguró ser uno de los pocos dirigentes que no comía carne de vaca porque a él no podían señalarlo por corrupto.

Recibió como respuesta un puñetazo de otro colaborador, otrora oficial de la policía política y ahora administrador de un matadero. Sobran los comentarios, todo el mundo sabe lo que significa trabajar en un matadero en Cuba.

Cierto coronel de las Fuerzas Armadas, hoy retirado, vive poco menos que como un pordiosero, cultivando un terreno. "Me han ofrecido buenos trabajos. No los he aceptado porque yo sé que al final no quepo ahí", dice el ex militar, veterano de las campañas de África, en alusión a la galopante corrupción que vive la sociedad cubana.

Que el Artículo 5 de la Constitución es un gran sofisma, lo demuestra a gritos el calamitoso estado de los campos y las ciudades de Cuba, donde una nueva clase vive a expensas más de las miserias morales que hacen sumiso a todo un pueblo, que de sus carencias materiales.

Es cierto, en Cuba nadie va descalzo y es raro que alguien se acueste sin comer. Así y todo, millones van en silencio soportando las privaciones que en cualquier lugar del mundo serían motivo de protestas y huelgas generalizadas.

¿A qué se debe tal grado de enajenación de la realidad? Se ha dicho mil veces, a la rutinización del carisma. Fidel Castro se presentó como un Dios ante los ojos de los cubanos y, mientras esa imagen perdure, qué importa su "renuncia".

Más importante es el temprano anuncio de su hermano el general, en el VII Pleno del Comité Central del Partido, celebrado el 29 de julio de 2009: La dirección histórica de la Revolución también encabezará el próximo Congreso. Luego, poco poder de decisión tendrán los jóvenes, y el campo cubano, que un día fue productivo, continuará baldío mientras rijan los destinos de la nación quienes condujeron a su empantanamiento.

Claro está, la solución del problema está en manos de los cubanos. En el mismo Pleno el general Raúl Castro dijo: "Tiene que ser el pueblo, con su vanguardia, el que decida". Y si de decidir se trata, lo primero que tendrá que determinar el pueblo es si en realidad el PCC es su vanguardia o su cancerbero.

Sólo un dato, desde la fundación del PCC, en 1965, en Cuba han aumentado las cárceles y disminuido los centrales azucareros.


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