We run various sites in defense of human rights and need support in paying for servers. Thank you.


Cubaverdad on Twitter

Bertrand de la Grange Madrid

Como los gatos, Muamar el Gadafi se ha ganado la fama de tener siete vidas. El dictador sobrevivió, en 1986, al bombardeo sobre su palacio que ordenó Ronald Reagan en represalia por el apoyo de Libia al terrorismo. Hace apenas unos días, se salvó otra vez, cuando sus tropas desbarataron una ofensiva demasiado triunfalista de la oposición armada. Y, ahora, cuando por fin la comunidad internacional se ha puesto de acuerdo para pararle los pies, el líder libio cambia el discurso, en un intento de salirse una vez más con la suya: habla de "diálogo" y de alto el fuego, pero su Ejército sigue avanzando.

No cabe la menor duda de que Estados Unidos y la Unión Europea desean la salida de Gadafi del poder, pero la resolución consensuada en el Consejo de Seguridad de la ONU no lo dice. Y no podía decirlo, porque hubiera sido una injerencia indebida en los asuntos internos de un Estado miembro. En cambio, se pudo llegar a un acuerdo de tipo humanitario, que impone una zona de exclusión aérea y algunas otras medidas para proteger a la población civil contra los bombardeos de la aviación libia. Puede parecer poco y tardío, pero es mucho más que lo que se hizo en otras ocasiones, como en Ruanda, donde la comunidad internacional fue incapaz de impedir un verdadero genocidio en 1994.

Por primera vez, la ONU pone a prueba la doctrina que adoptó su Asamblea General en julio de 2009. Se trata de la "responsabilidad de proteger" a las poblaciones contra los genocidios u otros crímenes contra la humanidad. Hubo entonces un debate muy agrio entre aquellos que consideraban esa doctrina como un paso adelante en la defensa de los derechos humanos, y los que la veían como una nueva forma de colonialismo, porque abría supuestamente las puertas a "intervenciones arbitrarias y selectivas contra países débiles". En el primer grupo estaban EE UU, los países europeos y, también, Chile, Ghana o Sudáfrica. En el segundo —¡qué casualidad!—, destacaban las naciones gobernadas por dirigentes autoritarios, empezando por Cuba, Nicaragua y Venezuela, además de China y Rusia, que finalmente optaron por apoyar la nueva doctrina.

Como suele ocurrir con las resoluciones de la ONU, ese derecho de injerencia humanitaria, según la antigua terminología, parecía condenado a quedarse en una simple declaración de buenas intenciones. Hasta que Gadafi hizo todo lo necesario para que se le aplicara. Sus amenazas —"iremos casa por casa, habitación por habitación" para sacar a los rebeldes de Bengasi— y su tono desafiante acabaron con las reticencias de Rusia y China, que no usaron su poder de veto y se abstuvieron en la votación en el Consejo de Seguridad.

Al dictador libio le perdió su exhibicionismo grotesco, más que sus crímenes. Sobran los testimonios sobre la actuación bastante comedida de sus tropas, al inicio del conflicto, contra unos rebeldes mal armados y sin la más mínima preparación militar. Sus asesores, o quizás el propio Gadafi, supieron entonces calibrar la ofensiva militar para no incomodar a sus aliados internacionales, pero al final se les fue la mano y han provocado la reacción de las potencias occidentales, sometidas a la presión de sus opiniones públicas respectivas.

Ahora bien, ¿qué puede pasar en Libia? ¿Está realmente liquidado el régimen? Mientras los cazas franceses y británicos aparecen en el cielo libio para que Gadafi entienda que la cosa va en serio, sus milicias siguen hostigando a los rebeldes. Luego, con un alto el fuego operativo, se podrá medir la correlación de fuerzas en términos políticos. Así sabremos si el clan Gadafi tiene realmente, como lo afirma, un gran apoyo popular en la capital, Trípoli, y en algunas otras partes del país. Lo más probable es que los rebeldes —no se sabe todavía quiénes son exactamente— aprovechen la protección internacional para consolidar sus posiciones sobre el terreno, con el riesgo de que Libia quede dividida en dos Estados.

Vendrán entonces los reproches a la comunidad internacional, cuya intervención ha sido criticada de antemano por los que la acusan de querer aprovecharse del petróleo libio. Y volveremos a la tediosa polémica sobre el carácter "colonialista" de la injerencia humanitaria. Podría, sin embargo, surgir un debate a la inversa: ¿por qué no intervenir también en los otros países árabes que sufren los mismos abusos de parte de sus dirigentes? La lista es larga, pero podríamos empezar por Yemen y Bahrein, donde las fuerzas de seguridad acaban de reprimir a sangre y fuego unas manifestaciones esencialmente pacíficas.


Go to article


Go to Source Site

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *