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Dimas Castellanos La Habana

Si se compara el escenario político de entonces con el actual, queda claro el retroceso sufrido por los cubanos en materia de derechos.

En una tertulia celebrada el pasado febrero con jóvenes interesados en la historia política de Cuba, al referirme a la Protesta de los Trece, uno de los presentes lanzó la pregunta: ¿Por qué esos hechos no ocurran actualmente? Los argumentos utilizados para responder los reproduzco en recordación del 88 aniversario de aquel memorable acontecimiento y para compartirlo con los lectores de DIARIO DE CUBA.

La 'protesta'

El hecho consistió en que durante el homenaje del Club Femenino de Cuba a la escritora uruguaya Paulina Luisi, el 18 de marzo de 1923, en la Academia de Ciencias, un grupo de jóvenes escenificó un acto de civismo y dignidad nacional que contiene valiosas enseñanzas para nuestro presente.

Ocupaba la presidencia de la república el Dr. Alfredo Zayas Alfonso, el único mandatario de las primeras tres décadas que no fue oficial durante la Guerra de Independencia. Político y abogado, conocido popularmente por los sobrenombres de El chino Zayas y El pesetero, después de ocupar diversas responsabilidades políticas, al cesar en 1913 en el cargo de Vicepresidente de la República, se autodesignó historiador oficial de Cuba, con un sueldo de 500 pesos mensuales. Durante su mandato presidencial ganó "por pura casualidad" el primer premio de la Lotería Nacional en dos oportunidades, se erigió una estatua en vida y dio vía libre al juego; de manera que al concluir su mandato la fortuna personal ascendía a varios millones de pesos.

De forma paralela a los avances, cuando las líneas férreas se extendían por todo el país, las ciudades se destacaban por el alumbrado eléctrico y los tranvías urbanos, se realizaba el primer viaje aéreo de La Habana a Santiago de Cuba y la radio irrumpía en los hogares cubanos, la corrupción política y administrativa adquiría niveles preocupantes. Uno de esos ejemplos fue lo ocurrido con el antiguo Convento de Santa Clara, el cual durante el período inflacionario, conocido como Danza de los Millones, una empresa particular lo compró a la Iglesia Católica por menos de un millón de pesos, y luego, cuando el país entró en la crisis conocida como las Vacas Flacas, en el momento en que los precios habían descendido, Alfredo Zayas lo compró por 2,3 millones, más del doble de la cifra pagada inicialmente.

Varios miembros del gabinete de Zayas se opusieron a que la compra fuera aprobada por ley, entre ellos el titular de Hacienda, que se negó a refrendar el trato, lo que obligó al Presidente a sustituir su rúbrica por la del Secretario de Justicia, el Dr. Erasmo Regüeiferos, quien había sido invitado a pronunciar un discurso durante el homenaje a Paulina Luisi. En el momento en que se disponía a hacer uso de la palabra, quince jóvenes se pusieron de pie y uno de ellos, el abogado y poeta Rubén Martínez Villena, se excusó ante la presidencia y manifestó a nombre del grupo, la decisión de abandonar el salón en protesta contra el titular de Justicia, quien había firmado el trato para la compra del Convento. Al día siguiente, El Heraldo publicó el manifiesto conocido como Protesta de los 13, ya que dos de los participantes se abstuvieron de firmarlo. En el documento, los jóvenes declararon sentirse honrados y satisfechos por iniciar un movimiento contra la inmoralidad que envilecía la patria, y anunciaban estar dispuestos en lo sucesivo a adoptar idéntica actitud de protesta en todo acto en el que tome parte directa o indirecta una personalidad tachable de falta de patriotismo o de decoro ciudadano.

Hoy

Los argumentos que utilicé para responder a la interrogante de por qué esos hechos no ocurren actualmente, fueron los siguientes: Primero, porque paralelamente a la descomposición moral de la élite gobernante, las virtudes cívicas ciudadanas, que nunca desaparecen del todo, estaban resurgiendo en diversos sectores sociales del país. Segundo, porque la institucionalización democrática refrendada en la Constitución de 1901, con puntos como la separación de los poderes públicos, el reconocimiento de la libertad de expresión, la libertad religiosa, los derechos de reunión, de asociación y de movimiento para entrar y salir del país, el hábeas corpus y la inviolabilidad del domicilio, permitía ese tipo de manifestación cívica.

Apoyada en esos derechos, la sociedad civil alcanzó un considerable desarrollo. El propio Club Femenino de Cuba, que rindió el homenaje a la escritura uruguaya, se había fundado en 1918, el cual, conjuntamente con otras 30 asociaciones femeninas, se reunieron en 1923 en el Primer Congreso Nacional de Mujeres, para coordinar la defensa de sus intereses y luchar por el sufragio femenino. El movimiento sindical, desde la Huelga de los Aprendices en 1902, se extendió por todo el país e influyó en la aprobación de varias legislaciones favorables a los trabajadores. Los estudiantes universitarios se manifestaron en 1921contra la concesión del título de Doctor Honoris Causa al General Leonardo Wood y a Enoch H. Crowder, y en diciembre de 1922 la Federación de Estudiantes Universitarios reclamó la autonomía universitaria.

Después de la Protesta de los Trece, se creó la Falange de Acción Cubana, El Grupo Minorista y el Movimiento de Veteranos y Patriotas. En 1918 se creó la Agrupación Socialista de La Habana, que condujo a la fundación del Partido Comunista en 1925, y la Junta Cubana de Renovación Nacional, en 1923, publicó el Manifiesto a los Cubanos, por sólo citar algunos ejemplos aislados.

Hoy, esas libertades y espacios que sirvieron de sustento para la expresión ciudadana han desaparecido. Ahora, cuando no solo se trata de corrupción política administrativa, sino de una crisis estructural profunda que afecta todo y a todos, los intentos de conductas cívicas son denigrados por el Estado, que posee el monopolio de los medios de comunicación y un numeroso y eficiente aparato represor.

De la comparación del escenario en que se produjo la Protesta de los Trece y el actual, se puede comprender la magnitud del retroceso sufrido por los cubanos en materia de derechos civiles y políticos, al punto, que el gobierno elogia la conducta asumida por los autores de la Protesta a la vez que reprime a los que actúan siguiendo su ejemplo. Sin embargo, como las virtudes nunca desaparecen del todo, las conductas ciudadanas están resurgiendo, los cubanos comienzan a convertirse en ciudadanos; un proceso que requiere ser acompañado con acciones educativas desde los núcleos de civilidad existente, hasta conformar una cultura de derechos como premisa obligada para la participación de los cubanos en condición de sujetos en los destinos nacionales.


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