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LA HABANA, Cuba, marzo (www.cubanet.org) – Recientemente el Dalai Lama (Tenzin Gyatso), pidió al Parlamento tibetano el inicio de una reforma democrática que le permita desligarse del poder político y garantizar a su muerte las instituciones en el exilio.

Al conmemorar el aniversario 52 de la insurrección contra China, el líder espiritual y político de Tíbet, expresó que “el gobierno de una sola persona es anacrónico e indeseable”, lo cual acredita su vocación democrática pese a encabezar un sistema aún teocrático con sede en Dharamsala, India, desde 1959.

Evoco la declaración del patriarca budista no sólo por su prestigio internacional y sus esfuerzos para solucionar pacíficamente la situación de su país, sino porque su enfoque difiere de gobernantes que en nombre de la libertad le niegan a su pueblo los derechos propios de los sistemas democráticos. Pienso en el coronel libanés Muamar el Gadafi, en el trono desde 1969, y  en el comandante Fidel Castro, auto titulado máximo líder de Cuba desde enero de 1959.

Los nombres de Gadafi y Castro resuenan en la prensa internacional. El primero por enfrentar con tanques, aviones y mercenarios a los libios sublevados contra sus desmanes. El segundo, porque apoya al primero, a pesar de estar semi retirado desde mediados de 2006, cuando traspasó sus cargos al hermano menor, quien lo consulta como al dios tutelar de la tiranía cubana.

Desde la sombra Fidel Castro actúa como una figura mediática que se inmiscuye en casi todo a través de las “reflexiones” que le escriben sus amanuenses. A diferencia del Dalai Lama, distinguido con el premio Nobel de la Paz en 1989, Castro habla de la guerra, profetiza catástrofes mundiales, aconseja a sus aliados militares y, cuando se acuerda de Cuba, propone parches para taponar los descocidos del régimen edificado a su imagen y semejanza.

Las “reflexiones” de nuestro caudillo difieren en extremo de los postulados de Dalai Lama. En sus entregas a la prensa oficial, Castro reitera la mística del disparate y glosa la metafísica de la destrucción. Es capaz de defender a ultranza a los déspotas que pierden legitimidad al reprimir a su pueblo; a veces denigra al Presidente de los Estados Unidos o al Parlamento Europeo, mientras apuesta por Hugo Chávez, los mandarines chinos, los gobernantes de Irán o los terroristas de Hamas y Hezbolá.

Dalai Lama platica sobre la paz y el respeto a la diversidad étnica, política y religiosa. En su libro, El universo en un solo átomo, vuelca su sabiduría e inquietudes científicas, mientras reflexiona acerca de la conveniencia de abrir la mente y el corazón de las personas a las conexiones entre ciencia y fe, más unidas de lo que imaginamos, a pesar de las distorsiones políticas y filosóficas.

Al contraponer la declaración del guía tibetano a la insensatez del dictador cubano, debo anotar, finalmente, cómo la dialéctica de la opresión les juega una mala pasada a los jefecillos revolucionarios que se aferran al poder. Enmascaran su diatriba populista con consignas obsesivas sobre el progreso, pero terminan como los antiguos tribunos de la plebe en Roma –con más riquezas que los patricios-, o como los comunes del parlamento inglés que maldecían a los lores.

Nada, que los Castro, como los Gadafi y otras vedetes revolucionarias son más reaccionarios que los reyes medievales, y los zares “ajusticiados” por los bolcheviques, que planearon el paraíso socialista, sacudido por sus propios constructores.


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