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Mientras la prensa oficial daba a conocer en La Habana las sentencias por delitos económicos “continuados” contra el ex ministro de la Industria Alimenticia Alejandro Roca, y el empresario chileno y ex oficial de las tropas especiales de Cuba Max Marambio, --este último en ausencia, pues conoce bien el paño y todavía lo están esperando en La Habana--, el diario digital Global Post publicaba un reportaje acerca de uno de los dilemas del gobierno de Raúl Castro: cómo descentralizar la economía sin estimular la corrupción de los altos cuadros dirigentes.

Se sabe que en Cuba, en medio del desequilibrio brutal de precios y salarios, todo el mundo roba para sobrevivir. Es algo tan generalizado que hasta se le “chiquea” el nombre al robo, llamándole “invento”.

Pero esta pieza, “Catching the Cleptocrats”  [Capturando a los cleptócratas], .no se ocupa de quienes roban de un almacén estatal un galón de goma de zapatero o unas varillas para soldar, sino de aquellos altos cuadros de larga confianza política, y todavía más larga permanencia en sus cargos, que cuando se corrompen son más peligrosos para el régimen que la oposición, como postulara en un artículo que le costó su militancia comunista el académico Esteban Morales.

Señala el corresposal de Global Post en La Habana, Nick Miroff, que en el reciente Congreso comunista Raúl diagnosticó acertadamente que el exceso de centralización conspira contra el desarrollo de la iniciativa, pues los cuadros se acostumbraron a que todo se decidiera “arriba”, y en consecuencia, dejaron de sentirse responsabilizados con los resultados de la organización que dirigen.

Esto –dice Miroff-- conlleva a la parálisis por inercia, a que nadie se atreva a tomar decisiones y por consiguiente  a una enervante burocracia y al estancamiento económico. De modo que Castro quisiera conceder más independencia a las empresas estatales y los gobiernos locales, liberándolos de la necesidad de obtener el permiso de La Habana para cada mínimo gasto o decisión.

Pero al mismo tiempo --apunta el enviado de Global Post-- una serie de escándalos de corrupción entre los ejecutivos cubanos en los últimos meses constituye un despabilador recordatorio de por qué la economía estatal de la isla se volvió tan centralizada. Y es que tan pronto el gobierno relaja sus controles, los directores de empresas, --que, dice el autor, viven chapoteando en la malversación—vuelven a alterar los libros y tienden a ser aún más avariciosos.

No es difícil –continúa Miroff-- imaginar las tentaciones que enfrentan los capitanes de la industria socialista en Cuba. Mientras trabajan largas jornadas por un salario ínfimo, se espera que defiendan los ideales socialistas de sacrificio y austeridad personal, cuando por otro lado sus estilos de vida y sus relaciones de negocios les obligan a banquetearse y beber con sus interlocutores capitalistas, gente –para los estándares cubanos-- fabulosamente rica.

Y muchos de estos cuadros del comercio de alto volumen deben manejar en su gestión decenas de millones de dólares del gobierno, a pesar de devengar mensualidades que no superan en mucho el salario medio cubano de 17 dólares al mes.

El reportaje menciona el reciente caso de corrupción millonaria en la empresa tabacalera Habanos S.A.dado a conocer la semana pasada porla revista The Economist; y el del veterano presidente de Alimport, Pedro Alvarez, quien se cree huyó a Estados Unidos con lo que pudo sacar de sus compras de alimentos en este país. También, nuevos rumores sobre el escándalo del año pasado en la industria del níquel.

Agrega el periodista que, aunque como medida profiláctica contra la corrupción se ha designado históricamente a altos oficiales militares para cubrir los cargos estratégicos de la economía, estos tampoco han sido inmunes a la tentación. Un ejemplo es el caso del general Rogelio Acevedo, bajo cuya supervisión de la Aviación Civil se desarrolló un negocio paralelo de flete de aviones de la aerolínea Cubana.

Termina diciendo el enviado a La Habana de Global Post que, aunque Cuba se ubica en un nivel relativamente bajo por sus índices de corrupción --en la última clasificación de Transparencia Internacional quedó en el lugar  69 entre 178 países--, recibir sobornos y "comisiones" es una práctica habitual entre los ejecutivos cubanos encargados de realizar compras millonarias en el exterior a nombre del gobierno de la isla.

Un dinero que luego ponen a buen recaudo en cuentas bancarias foráneas o utilizando como “alcancías” a sus familiares en el extranjero.

El reportaje de Global Post se queda corto sin embargo, pues es obvio que estos altos cuadros dirigentes de la economía no son los únicos chupópteros del desangrado erario cubano.

Por años la revista Forbes ha ubicado a Fidel Castro entre los gobernantes más ricos del mundo. En noviembre de 2010 ocupaba el séptimo lugar  con 900 millones de dólares, comparables a la fortuna de la Reina Isabel Segunda. Según Forbes, estos fondos de Castro proceden de una red de negocios de propiedad estatal que responde directamente al ex gobernante, entre ellos el Palacio de las Convenciones, el conglomerado CIMEX, y Medicuba.

Y la lista de los que proclaman socialismo o muerte y tienen abultadas cuentas en Suiza no se limita al “Uno”. Un consultor de crímenes financieros, Kenneth Rijock, elaboró una relación de 79 miembros de la “nomenklatura”, artistas y deportistas cubanos que tienen fortunas de al menos cinco millones de dólares.  Raúl Castro y Ramiro Valdés aparecen sólo detrás de Fidel con más de 100 millones cada uno.

De esta corrupción no habló Esteban Morales. A veces lo más obvio tiende a pasarse por alto. ¿Será eso lo que le pasó a Morales con la corrupción absoluta que produce el poder absoluto?


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