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Los periodistas sabemos que para encontrar un recuento impactante y auténtico de un suceso noticioso hay que buscarlo entre sus actores principales. Entre todo lo que se ha escrito en la última semana sobre la muerte, a consecuencia de la brutalidad policial, del opositor villaclareño Juan Wilfredo Soto, descuella por su autenticidad una crónica que lleva la firma de la esposa del pastor bautista de Taguayabón, Mario Lleonart Barroso.

Recordemos que el pastor Lleonart se encontró casualmente con Soto --de quien él y su cónyuge eran amigos y hermanos en la fe-- cuando el agredido activista, sintiéndose morir, se encaminaba hacia el hospital provincial de Villaclara. Sin saberlo, el ministro bautista se convirtió así en testigo excepcional y coprotagonista de la tragedia que vendría después.

La crónica de Yoaxis Marcheco Suárez, titulada "La muerte de Juan Wilfredo", fue colgada el martes 10 de mayo en el blog "Cubano confesante", que administran ella y su esposo. He aquí el texto completo:

Sé que la verdad siempre prevalecerá sobre la mentira y que la luz colmará la oscuridad, dejando al descubierto todas las cosas ocultas y escondidas. Así sucederá con los acontecimientos relacionados con la muerte de Juan Wilfredo Soto García, a quienes sus amigos y conocidos llamaban "El Estudiante".

Este hombre luchaba contra el régimen cubano desde la edad de dieciséis años; había sufrido tres condenas, sumando en total doce años en prisión por el "terrible delito" de disentir.

Su estado de salud era delicado en extremo, aunque su apariencia señalaba a un hombre fornido y saludable, pero muchas veces las apariencias suelen engañarnos, y debajo de aquel corpachón había un corazón muy enfermo, y su organismo estaba aquejado por la Diabetes Mellitus, la Gota y una severa hipertensión que alcanzó niveles de hasta 230 la máxima y 130 la mínima, cifras realmente alarmantes.

Juan Wilfredo era un hombre cariñoso: así incluso nos lo expresó otro Pastor que compartió junto a nosotros y familiares, amigos y compañeros de lucha, el sentimiento de dolor por la pérdida de este ser humano, quien manifestó siempre estar en contra de la violencia y cuyos métodos de lucha eran pacíficos.

Recuerdo verle una vez abrazar a mi esposo muy espontánea y efusivamente, llamándolo "Pastor". Así también le llamó aquella mañana del jueves, cuando se trasladaba solo hacia el hospital para ser atendido, después de la golpiza que, según su propio testimonio, le dieran algunos agentes del orden, en el Parque Vidal de la Ciudad de Santa Clara, sitio que Juan Wilfredo frecuentaba. Iba muy adolorido y en una frase que al principio a mi esposo no le pareció literal, le dijo: "me han matado". Tristemente se cumplió lo predicho por él, y horas después falleció.

No me cabe duda de que el régimen comenzará a buscar argumentos para sacudirse de los hombros la muerte de Juan Wilfredo, pero esta muerte es un error más del sistema y del Gobierno cubanos, y la suma de sus errores fatales va cada día en aumento.

Tratarán de tergiversar el diagnóstico o la causa de la muerte; la escena de los hechos será falseada, al igual que el testimonio del propio fallecido y de cualquier otro testigo que, sin temor y por motivos de conciencia, decida exponer lo que vio y verdaderamente ocurrió.

No faltarán además las argucias para desacreditar a Juan Wilfredo con acusaciones disimiles, quizás le atribuyan los calificativos de delincuente habitual o común, y acusaciones diversas como que realizaba ilegalidades o cualquier otra falacia, pero el hecho de la muerte de este hombre está ahí, es real y el mundo ha comenzado a conocerlo.

La luz jamás estará debajo del almud, sino sobre el candelero; la luz brillará y dejará al descubierto toda la basura oculta debajo del tapete del decadente sistema imperante en Cuba: "Porque no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de salir a la luz" (Evangelio de Marcos, 4:22).

Cualquier mentira que se quiera tejer sobre la muerte de este hombre enfermo y, por su condición, casi indefenso, muerto a porrazos en manos de la policía revolucionaria, quedará incinerada por la luz de la verdad, esa que siempre brotará, aun de los mejores escondites. Dios velará porque se haga en este caso la más perfecta justicia, y que los culpables de esta muerte no queden impunes.


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