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El habla popular es sabia, bautiza las cosas con sus nombres precisos, por ejemplo en Cuba a los emigrantes que vienen de las provincias orientales a la capital en busca de mejores condiciones de vida los llaman “palestinos”.

Con la instauración del periodo especial, a raíz de la caída del campo socialista, la ola de "palestinos" que arribaba a la capital era incontenible, el gobierno cubano emitió la ley 217 para frenar esa avalancha que desembarcaba por las terminales de trenes y ómnibus desde el interior del país. Así empezó, "el yo te boto de La Habana y el yo no me quedo en Oriente"

Muchos “palestinos” se casaron y vivieron en casas de sus cónyuges, otros compraron apartamentos, terrenos, construyeron y ampliaron, para recibir a los familiares que habían quedado a la zaga en las provincias.

También proliferaron en la periferia los  “llega  y pon”,  que eran chozas construidas con retazos de tablas y cartones que luego se volvieron barrios. Como contramedida, la Dirección de Vivienda Provincial ordenaba demolerlos con buldózeres y a la mañana siguiente sus moradores volvían a levantarlos, un ciclo que culminaba muchas veces con la resignación de las autoridades.

El “palestino” que se ha asentado en La Habana, al igual que ese otro que fue obligado por el comunismo a moverse hacia el norte, es por necesidad vital  una fuerza productiva activa que debe  poner un extra de imaginación, constancia  y sacrificio para alcanzar un sitio en la tierra escogida para vivir.

Vemos muchos de los llamados “palestinos” dueños de   negocios y en el mercado negro tienen clara mayoría,  se distinguen también en los deportes y en la cultura,  pero en el seno de la sociedad no siempre son bien visto. A ellos se les achacan los problemas del  hacinamiento habitacional  y   la escasez imperante, resultados de la crisis económica, social y política que oscurece  a Cuba.

Quién  pernocta en La Habana  sin la autorización  expedida  por  la  217 corre el riesgo de ser deportado en  tren a su lugar de orígen. La maldad de esta  ley      consiste, en solicitar al emigrante una cantidad de  documentos y trámites burocráticos que resulta muy difícil cumplir.

Hasta hace poco se devolvía  un vagón semanal de ilegales recogidos en la calle, pero muchos  regresan  otra vez,   incluso en el mismo tren. Algunos se bajan en paradas intermedias y toman un vehículo de vuelta. Conozco a uno  que se tiró con el tren andando antes de llegar a Guanabacoa y realizó el  retorno a pie, a “la  capital de todos los cubanos”.


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