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En un interesante artículo de Carlos Espinosa Domínguez que puede leerse en el portal digital cubaencuentro, el autor nos adentra en la obra de un escritor cubano que ha sufrido de triste difusión: Lauro Vázquez (Ciego de Avila, 1967), cuyos cuentos de temática homosexual fueron recogidos en Pasarela (ediciones Avila, 1999), un libro cuya tirada no sobrepasó los mil ejemplares. Igual pobreza editorial sufrió, del mismo autor, el premiado en Las Tunas Mi vida color de rosa, obras que, por otra parte, hubieran sido impublicables en otras épocas.

“La razón es bien sencilla”, escribe Espinosa.“Si existe un tema al cual le ha costado mucho ver la luz – o salir del armario… - ha sido el de la homosexualidad”.

Desde Lezama Lima, marginado e incomprendido aún hoy en toda su grandeza genial, cuya novela Paradiso – con su famoso capítulo VIII - se ha erigido como cumbre –aunque hermética- de la literatura gay, o Virgilio Piñera, del que años después, en 1990, se publicaron algunas páginas autobiográficas que aludían a su condición gay, o el autor de Celestino antes del alba, magnífico escritor abiertamente homosexual, reprimido y “castrado”, como el mismo Arenas expresó, por una sociedad esencialmente machista, condenado al rechazo humillante durante años, una víctima más de la persecución a los homosexuales que el propio Castro reconoció haber perpetrado.

En un texto crítico al cual alude Espinosa como su primera referencia sobre la obra de Lauro Vázquez , el autor, Víctor Fowler, comenta que en Pasarela aparecen varios de los cuentos de temática homosexual más alucinantes que hayan visto la luz en los últimos años en Cuba.

Espinosa se extiende aquí para abordar una tendencia en la isla, al final de los 80 donde comienzan a emerger autores que expresan esta temática de forma más abierta, y cada vez más desligada de los patrones conservadores del discurso heterosexual, y la asociación  de homosexualismo con ideología visto en el laureado cuento de Senel Paz El lobo, el bosque y el hombre nuevo (1990).

Antecedentes fundamentales de esta narrativa son: ¿Por qué llora Leslie Caron?(1986), cuento de Roberto Urías, donde el sujeto homosexual es plasmado desde su propia subjetividad y adquiere todo el protagonismo. Otro es Mi prima Amanda (1984) de Miguel Mejides (que aborda el tema aún más tabú del homosexualismo femenino). Luego, en 1990, Leonardo Padura publica El cazador.

Obras que responden a ese discurso del “secreto abierto” al que Daniel Balderston alude. Unido a esto, amplía Espinosa, “encontramos ahora una exploración inédita del deseo y el erotismo”, en la que el tema homosexual es expresado abiertamente, “sin impudicia ni vergüenza”. A esta literatura gay Lauro Vázquez  “aporta lo que podríamos llamar su cara B. En los dos libros que hasta ahora ha publicado, apuesta por una narrativa áspera, despiadada, molesta, escrita sin anestesia ni concesiones”.

“La aparición de un autor como él - añade Carlos Espinosa- es una evidencia estimulante de que algo está cambiando en el modo en que las nuevas generaciones de la isla abordan la realidad”


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