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Fidel Castro odió la música rock, la melena, el corte de pantalón tubo, y luego el de campanas, y temprano en su Revolución se empeñó en eliminar todo vestigio del capitalismo que quedó a la zaga en Cuba. Quería sellar de una vez todas las cicatrices de la "desviación ideológica".

Es que los años sesenta dieron lugar a una auténtica revolución en muchos aspectos y la moda y la música fueron los ámbitos en que se produjo un auténtico cambio, pero para la juventud cubana eso de que la del sesenta fue la década prodigiosa, de eso nada monada.

Castro hizo hábito la práctica de atacar la moda del pelo largo en los hombres, imitación entonces al “look”de  los Beatles, los Rolling Stones y los Monkees, a los homosexuales que expresaban sin ambages lo que sentían, y a los amantes y los cultores del rock, que eran expulsados de las universidades como parte de una guerra desigual contra todo lo que sonara extranjerizante.

Para el gobierno de Cuba la música de Paul, John, Ringo y George, de Joplin y Santana, entre muchos otros, era un virus imperialista que llegaba del Norte y corrompía las mentes más nuevas de la sociedad cubana. El ser gay era símbolo de libertad, de libre expresión y el rock era malo porque era en inglés. Toda visión distinta de socialismo fue tildada de diversionismo ideológico.

Por aquellos años, miles de cubanos que andaban con un disco de los Beatles bajo del brazo fueron a parar a un calabozo. Seguir a otro ídolo que no fuera Pello el Afrocán o Pacho Alonso, era delito.

En su discurso del 13 de marzo de 1963, Fidel Castro arremetió abiertamente contra los "pepillos vagos, hijos de burgueses" que andaban con "pantaloncitos demasiado estrechos" y guitarras en actitudes "elvispreslianas", que llevaban "su libertinaje a extremos" de organizar "shows feminoides" en lugares públicos.

"Que no confundan la serenidad de la Revolución y la ecuanimidad de la Revolución con debilidades de la Revolución. Porque nuestra sociedad no puede darles cabida a esas degeneraciones", afirmó ese día el Comandante, que también criticó determinadas prácticas religiosas, entre otros "hábitos nefastos" y "vicios" del pasado.

En 1965 creó la UMAP, los campamentos de trabajo forzado para esos jóvenes que tachó de delincuentes y lumpens, “parásitos de la sociedad”, que no cometieron delito alguno ni eran considerados necesariamente contrarrevolucionarios, pero que quizá profesaban creencias religiosas o disentían de la doctrina oficial que el régimen imponía y bailaban al ritmo de Sargeant Pepper u Oye como Va.

Olvidaba Castro que cuando él y sus tropas entraron en La Habana en enero de 1959 lucían orondos sus largas cabelleras, rabos de mula, tupidas barbas, y collares.

Más de medio siglo después aún surgen hipótesis sobre las causas que llevaron al gobierno cubano a convertir en enemigos al rock, la melena, la homosexualidad, y la música americana.

Pero lo peor es que esas mismas mentes cerradas, prejuiciadas, y excluyentes de la década de 1960,  hoy moldean a las que buscan apertura, y ocupan actualmente las mismas sillas o sillas mejores, y sin un análisis profundo del pasado, sin una lección de humildad y tolerancia, sin perdones pendientes por los errores cometidos y sin  leyes que protejan al ser humano de la discriminación, no hay progreso en un país que vive a espaldas del mundo.

A los medios de comunicación bajo control estatal nunca les ha interesado integrar tanto a rockeros como a homosexuales a la sociedad.

Me cuenta un amigo recién llegado a Estados Unidos que en un hotel de la cadena Melía, en Cuba, la gerencia prohibió la estancia a una pareja gay que traía reservación desde Europa porque primero, uno era cubano residente en el exterior y el otro europeo, y segundo, porque pidieron una cama camera en lugar de las dos camas separadas que había reservado la instalación turística.

Amante del  repertorio de Pablo Milanés, para cerrar el tema, el amigo apeló a la lírica del autor de Yolanda, “No somos Dios, no nos equivoquemos otra vez”.


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