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PINAR DEL RÍO, Cuba, julio (www.cubabet.org) – Son días de lo que antes llamábamos carnaval, en Pinar del Río. Ahora le han dado el insípido nombre de “fiestas populares”, como todo, por capricho de los que dirigen. Revolucionar todo, acabar con nuestras tradiciones y hasta cambiarle a las cosas el nombre que siempre tuvieron, ha sido su prioridad desde que secuestraron la nación hace medio siglo. Lo cierto es que estas “fiestas populares”, ni son tan fiestas, ni del todo populares.

-Esto, de carnaval no tiene nada, se ha convertido más bien en un circo –comenta una señora que hace cola para comprar golosinas al nieto.

Los vendedores, en los kioscos estatales encargados de brindar sus servicios a la población, aprovechan el filón y hacen magia para  timar a los clientes. Como siempre, el gran perjudicado es el pueblo. El pueblo “para el que tanto trabaja el Estado cubano”  -como nos recuerda continuamente la propaganda oficial-, siempre termina siendo el perdedor, sin derecho a reclamar.

Los jefes siempre son jefes, como dice el refrán. y los dirigentes comunistas –los jefes del país- tienen su lugarcito VIP para disfrutar de modo especial las “fiestas populares”,  junto a  familiares y allegados. Les encanta mirar los toros desde la barrera y no  mezclarse para nada con la población.

-Los dirigentes tienen a su disposición las mejores instalaciones en tiempo de carnaval. Áreas cerradas con acceso restringido y servicio de altura, sin robo. El resto de la gente tiene que comprar en la calle lo que necesitan y hay que hacerlo con un cuchillo en la boca” -dice un señor entrado en años, señalando hacia un área donde unos los funcionarios comunistas, bien acompañados, disfrutan del servicio en una mesa bien servida.

Cerca, un auto policial aparcado y dos agentes que observan la escena. Es como si estuvieran divirtiéndose viendo al pueblo pasar trabajo. No hacen el menor intento de organizar un tremendo tumulto formado frente a un kiosco para comprar quién sabe qué. Como perros de presa, dispuestos a atacar, esperan que se arme el problema para intervenir brutalmente.

-La policía no se mete en nada. Les importa poco lo que roban los que despacha en  los kioscos. Tampoco les preocupa el desorden. Lo de ellos es esperar a que se forme el problema y caerle arriba a golpes a los que intentan divertirse –dice una joven junto al novio.

El rico, el pobre, el estafador y su víctima, todo mezclado. Llega la noche y con ella aumenta el bullicio; la turbamulta en desafuero da riendas sueltas a la euforia. Una ambulancia irrumpe en la escena con la sirena sonando a todo dar.

-Le dieron una puñalada a un tipo –dice un mulato que llega corriendo.- Yo estaba allí, creo que el man no se salva.

Me encuentro con un muchacho, que conozco del barrio, se dedica a la venta de carne de cerdo en el mercado negro, y me quedo hablando con él. Se le acerca un gordo, veo que el muchacho le da algún dinero y el gordo se retira sonriendo.

-Es inspector popular. Todas las tardes le tengo que dar dinero para que no me joda. Hace dos años que hago esto en tiempo de carnaval. Ahora tengo vía libre para vender lo mío.

Así son las “fiestas populares”.


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