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Francisco Morán Dallas

¿Qué mira Martí en el filme 'El ojo del canario'?

El último filme de Fernando Pérez sobre la adolescencia de José Martí tuvo un éxito inmediato fuera y dentro de Cuba. Para algunos críticos la cinta muestra un cambio en el lenguaje metafórico del director a otro más realista. Joel del Río, de Juventud Rebelde, afirma que desde el título y las primeras secuencias "se pone en claro que los códigos expresivos escogidos por Fernando Pérez, […] se afilian al realismo y el naturalismo". Para Fernando Martínez Heredia en la cinta identificamos el "real nacimiento de Cuba", y sentimos "casi sin aliento que se trata de él, [que] por primera vez podemos pensar un hecho suyo teniendo en cuenta todo lo que hizo después, porque a partir de aquí es José Martí".

Lo que encuentro de más fascinante en la recepción de la película es justo la ilusión de haber hecho real a Martí; como si la ficción tuviera el poder de convocatoria sobre los muertos de una misa espiritista. Pero esa ansiedad por ver a Martí, por acercarse a él, ilumina la radical alienación que lo separa de nosotros. Norma Medero Hernández, en un artículo de La Jiribilla, comenta —nótese incluso el uso del presente—: "Vuelvo y justo ante mí aparece, en un acto intimista, el Martí con que pude latir desde Abdala o los Versos Sencillos. Aquel que un día descubrí leyendo las Escenas Norteamericanas. El dueño del epistolario que no supe hasta hoy por qué siempre tengo a mano. Aquel que intuí, al que 'vi' o soñé."

La familiaridad da cuenta de una extranjería. Incluso los usos del pronombre demostrativo —aquel— y la referencia temporal —un día— subrayan la alienación a la cual parece poner fin el hasta hoy de la película. En el artículo de La Jiribilla, Martí se desfamiliariza aún más al reducirse al "dueño del epistolario" que, comenta la autora, ella no había sabido hasta hoy por qué tenía siempre a mano. El Martí a mano es cualquier cosa menos manuable. Como la estatua y la cita de turno lo han ocupado todo, no hay manera de dar con él. ¿Por qué asombrarse de que tantos cubanos reaccionaran de manera similar en todas partes?

Carlos Espinosa Domínguez, en un artículo publicado en Cubaencuentro, nos dice: "Hay quien confiesa que lloró durante la proyección y que al final, se quedó mudo. Otro expresa que es el filme que todo cubano anhelaba ver y con el cual, tras verlo, volverá a nacer".

¿Por qué es éste, precisamente, el filme "que todo cubano anhelaba ver"? Porque supuestamente realiza el milagro de ver a Martí, y por lo mismo "da pruebas" de que vivió entre nosotros, de que realmente vivió y caminó por La Habana, y no en un museo en la calle Paula. Lo revelador entonces es que Martí llegara a hacerse real en la ficción del cine, que la imagen fantasmal de la pantalla fuese la que al cabo revelase su realidad como un efecto de la luz y proyección del deseo.

Fernando Pérez triunfó porque no cayó en la trampa del relato hagiográfico. Mas el deseo de las audiencias ver a Martí ha impedido verlo, comprender que el Martí que vemos nos mira sin dejarse ver él mismo. Esto se debe a que la crítica ha soslayado un punto importante: la insistencia del director de que éste es un proyecto absolutamente personal[1], lo cual basta para refutar el realismo, el distanciamiento de lo simbólico, y la afirmación de que la cinta hace posible el sueño de ver a Martí o a la Cuba real.

Lo que vemos es el Martí de Fernando Pérez. Cierto que ofrece una recreación histórica de La Habana colonial, pero como lo ha visto Hayden White, el texto histórico, en tanto dependiente de una narrativa y de desplazamientos tropológicos, no es menos un texto literario.

Por otra parte, en contraste con las figuras hipervirilizadas por la acción de la serie Libertadores —en la que se inserta la película— tenemos un Martí a quien, de principio a fin, no se le ahorran violencias, humillaciones y abusos[2]. Es un héroe atípico: mira mucho, habla poco y tiene miedo. El título José Martí, el ojo del canario está, pues, cargado de simbolismo, y nos instruye acerca de cómo apreciar la película: no se trata de llorar, sino de mirar. Solo así nos daremos cuenta de que somos nosotros quienes estamos dentro de la mirada, del ojo que, otra vez, no es una coincidencia que mire casi siempre de soslayo y nunca directamente a nuestros ojos. Ni podemos encuadrarlo a él, ni él encuadrar, dilucidar lo que ve. No estamos ante el iluminado o el profeta, sino ante un niño y un adolescente perplejos inmersos en una violencia que miran sin comprender, y que aparece entretejida con la pedagogía, el amor paterno, los sentimientos patrióticos, los impulsos humanitarios, el nacionalismo, la religión.

La película comienza con dos escenas diferentes que confluyen visualmente en el cuchillo que abre en canal un cerdo y en el que corta un pescado. La primera tiene lugar en la escuela. El maestro ha

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