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ATHIES-SOUS-LAON, Francia, febrero, www.cubanet.org – Corría la década de los sesenta y tendría yo unos siete años de edad cuando constaté que todas las mañanas, en la calle Martí de Bayamo, mi pueblo natal, un enorme camión de tipo militar se aparcaba frente a la casa de Nenita Longoria.

El camión llegaba temprano, lleno de mujeres que, para poder « arreglar sus papeles » para largarse de Cuba, tenían que trabajar todos los días en la agricultura por simple venganza revolucionaria pues para entonces, en aquella isla, se vivía el tiempo de los chivatos infames y del principio del horror donde una palabra, una intención o un gesto te podían costar muy caro. Los liberticidas, con todo el poder en sus garras, humillaban sin temer nada de nadie.

Y cada mañana, yo me bebía con mis ojos de niño a Nenita Longoria cuando salía de su casa, hoy,  después de viejo, comprendo que aquella cruz era vivida por aquellas mujeres del camión con tremenda soberbia y dignidad.

Nenita Longoria cerraba su puerta, cruzaba la calle sin mirarme y trabajosamente empezaba a treparse al monstruoso camión por una de sus ruedas, yo la miraba fijamente, aquello me parecía un espectáculo alucinante donde la única traza de compasión parecía venir del chofer del camión porque la recogía « a domicilio ».

Permítame el amigo lector que yo diga aquí que, junto a Paul Mc Cartney, Ernest Hemingway, el batido de zapote y el perro Nikita de mi abuelo, esa bayamesa habrá sido un hilo filosófico forjador de la cuerda que me ata al mundo.

Nenita Longoria, siempre te recordaré.


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