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LA HABANA, Cuba, marzo, www.cubanet.org -Ni la visita del Papa (que ni remotamente despierta aquí tanto interés como la venta de papas en los agromercados), ni la tramoya siniestra con que el régimen pretende otra vez manipular el tema de nuestros emigrantes y exiliados. Nada nos ocupa y preocupa en la misma medida, ni da igual sustancia a nuestros susurros de puertas adentro, que esa pregunta que todos nos hacemos con idéntica gravedad, aunque desde distintos enfoques: ¿qué va a pasar en Cuba si Hugo Chávez muere o no es reelegido por los venezolanos?

Además de ser patética por su naturaleza, la pregunta lo es particularmente en nuestros labios, pues, en muy pocas palabras, revela el drama de millones de seres que viven a merced del destino personal de un hombre que, para colmo, le es ajeno en casi todo, no sólo por ser extranjero, y le resulta más bien antipático.

Cuando los historiadores cubanos del futuro se propongan desentrañar la vocación de hijos bobos sobre la que nuestro actual régimen proyectó su dominio, basado en una parasítica cadena de subvenciones (a ellos los mantuvo siempre algún poderoso desde el exterior; y ellos, con las sobras de lo que recibían, nos mantuvieron siempre dependientes a nosotros), muy probablemente no les quede otro remedio que trasladar el análisis del caso a los psiquiatras.

Nunca la retórica de la soberanía nacional sonó tan hueca y cínica y farisea como en los discursos de nuestros caciques, que no sólo no la procuraron jamás para el pueblo sino que ni siquiera la tuvieron ellos a la hora de imponer su sistema.

Pero allá los historiadores y los psiquiatras del futuro, el asunto ahora es el pintoresquismo y la tragedia que se funden de un modo insólito en esta pregunta que nos repetimos, y a la cual, todos, desde el último de los cubanos de a pie hasta el más conspicuo cubanólogo, le estamos otorgando un peso que no lleva.

Porque la cuestión de rigor para nosotros no debiera ser qué va a pasar mañana, si muere Chávez, sino que está pasando hoy mismo con nuestras vidas.

El hecho de que Hugo Chávez no pueda seguir subvencionando a los caciques no significaría, por sí mismo, el fin de su poder totalitario en Cuba. Por una razón elemental, que todos traemos bien aprendida (por eso no es seria la seriedad con que nos hacemos la pregunta), y es que siempre el régimen hallará la manera de mantenerse sobre la cuerda floja, pues para eso se dedicó durante decenios a moldear nuestra mentalidad y nuestros estómagos de hijos bobos.

Claro que a estas alturas resulta imposible que les aparezca una nueva subvención como la de Chávez, y menos como la de la URSS. Pero ese no es el punto.

Ya que con subvención o sin ella, los caciques mantendrán (a corto plazo por lo menos) su capacidad de dominio y su actitud represora, y ya que, como nos enseña la lección de Siria, nuestra gente no podría contar para enfrentarlos con otra ayuda que no sea la de la propia indefensión, quizá nos convenga alimentar las expectativas de hoy no con la incierta esperanza de que muera su último paganini extranjero, sino con la resolución de dejar de pensar como hijos bobos.

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