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Carnaval 2012- Foto Ernesto Santana

Carnaval 2012- Foto Ernesto Santana

LA HABANA, Cuba, agosto, www.cubanet.org -Por la tarde llovió un poco y parecía que la amenaza de otro aguacero duraría hasta el día siguiente, pero después de las seis se despejó el cielo. Ya se había anunciado que no habría desfile de carrozas y no lo hubo, en efecto. Tampoco tocó ninguna orquesta. Seguramente en otra noche el ambiente sería un poco más animado, las carrozas y los músicos darían un toque de vida a la multitud, que parece hoy muerta en su ir y venir. Pero nada de eso, de todas formas, es determinante si uno trata de hacerse una idea de qué cosa es esto que se insiste en llamar “carnaval” como si la inercia de las palabras pudiera más que la memoria o que el sentido común.

Es evidente que el carnaval murió desde hace años, y no de muerte natural, porque las fiestas populares no mueren por sí mismas: se transforman en otro tipo de fiesta o son prohibidas por un poder religioso o político. En Cuba, sobre todo en La Habana, con tan larga y arraigada tradición de carnaval, esta festividad ha sido asfixiada poco a poco desde los años ochenta: se le arrancó la espontaneidad que le es intrínseca, se le condenó a la dependencia estatal, burocratizándola, definiéndola a capricho, castrándola, hasta convertirla en lo que podemos ver hoy, quizás en su peor noche, pero que es un resultado tangible.

Lo único que suena en las bocinas es reguetón, número tras número, variaciones de un mismo mantra en la estación final de la música popular. Multitud en movimiento, segmentos de multitud, multitudes mezclándose, la caótica inercia multitudinaria. Zombis inexpresivos, zombis regocijados, farsa de zombis, zombis policías, bandidos zombis. Carnaval de cuartel. O de presidio. El carnaval de La Habana, cuyos orígenes parten del siglo XVI (en torno a las fiestas del Corpus Christi y la salida de los cabildos de africanos y sus descendientes a partir del Día de Reyes), es hoy cualquier cosa menos una celebración popular y espontánea.

Fernando Ortiz creía que prohibir las comparsas, sin un motivo de peso, por simple ocurrencia del gobierno, “sería in­terpretado como una arbitrariedad tiránica”, y pensaba que, por el contrario, “un sano y con­servador criterio administrativo aconseja su permisión y, mejor to­davía, su fomento anual mediante un sistema general y estable de reglamentación y estímulo positivo, que las encauce, mejore y trans­forme en valiosas instituciones de la vida habanera”.

Aunque durante la época colonial el carnaval capitalino no tenía un centro absoluto, más tarde, a partir de la República, el Paseo del Prado se convirtió en ruta de los desfiles carnavalescos, una amalgama de carrozas, comparsas, muñecones, disfraces, autos decorados y gente fiesteando a pie. Después de 1959, esa tradición se mantuvo durante un tiempo e incluso, en la década de los setenta, los festejos alcanzaron mucho esplendor, pero fueron cambiados de febrero para julio y finalmente terminaron siendo arrastrados hasta la avenida del malecón, casi como si la intención fuera lanzarlos al mar. De hecho, entre 1992 y 1995, negrísimos años, fueron suspendidos completamente.

Manuel Cuesta Morúa ha escrito en un artículo que, hasta donde conoce, “el estudio de la fiesta en Cuba no ha sistematizado sus conexiones con las relaciones de poder dentro de la sociedad. Fundamentalmente estos estudios han tenido una inclinación etnológica y, en el mejor de los casos, como expresión de la cultura popular: la profusión de estudios menores sobre el carnaval, su apogeo y decadencia, así lo demuestran”.

En definitiva, aunque estemos en carnaval, nadie habla de él, como si no existiera. Porque no existe: esto no es carnaval. El poder, entre sus dádivas para ese bosque sin árboles al que llama condescendientemente “pueblo”, no solo escatima el pan, sino también (y acaso más aún) el circo. Como dice el sabio Ortiz, “arbitrariedad tiránica”.


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