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LA HABANA, Cuba, febrero, www.cubanet.org -El pasado 6 de febrero se publicó una nota en este propio espacio digital (Cubanet) a propósito de una entrevista que concediera a Tv Martí el conocido sindicalista polaco y líder indiscutible de la transición democrática en su país, Lesh Walesa, durante su reciente visita a la ciudad de Miami. Dicha nota sintetiza algunos criterios vertidos por Walesa a propósito del tema de las libertades en Cuba y del papel de la oposición interna en la isla, que han provocado reacciones diversas entre algunos miembros de la disidencia cubana.

En un sentido general, se puede estar o no de acuerdo con las opiniones de Walesa, pero no creo que su interés estuviera particularmente dirigido a escarnecer en alguna forma a los opositores. Tampoco se trata de un hecho excepcional: en lo tocante a la opinión sobre la situación en Cuba sabemos que de vez en vez aparece alguien que “sabe” mejor que nosotros lo que hay que hacer para acabar con la dictadura. Curiosamente, pocas veces ese alguien es cubano.

Sin embargo el asunto se torna recurrente y en este caso trae consigo otras lecturas, toda vez que el opinante es un líder reconocido a nivel internacional, lo que implica que goza de la gracia de autoridad, en virtud de la cual sus opiniones pueden ser asumidas por otros como verdades absolutas o, al menos, como sentencias aceptadas a priori.

Es por esto que, asumiendo el riesgo de disgustar a quienes rinden culto a las vacas sagradas de la política y, a la vez, anteponiendo mi admiración y respeto a los extraordinarios méritos y al liderazgo de Walesa en la transición democrática de su país,  quiero volver sobre sus palabras y discutir a título personal. Soy apenas una más entre los miles de cubanos que nutren las organizaciones cívicas independientes de Cuba, pero todo ciudadano es un sujeto político –incluso aquellos que no son conscientes de ello– y la opinión de cada uno de los individuos vale, cuando menos, tanto como la de los más destacados líderes.

No creo, sin embargo, que el protagonismo de Walesa en la historia reciente de Polonia lo conviertan de facto en una “opinión autorizada” para evaluar el caso cubano. De hecho, sus criterios evidencian una gran ignorancia sobre la realidad de la Isla, sobre la naturaleza del poder totalitario y sobre la historia e idiosincrasia de este pueblo.

Creo percibir alguna dosis de altanería, o quizás un pelín de vanidad personal en la frase “he intentado darle consejos a la oposición cubana pero por alguna razón no me hacen caso”. Sin ánimo de descalificar el valor que tiene la experiencia política de Walesa, no conozco que alguien, en nombre de la oposición de acá, le haya pedido consejos. Su postura es, por así decirlo, la reconvención del padre autoritario al hijo díscolo que no sigue la ruta que se le orienta, y yo tengo que confesar que –lejos de molestarme como miembro que soy de la oposición cubana–, en una primera instancia me resultó incluso divertido: ¡amigos demócratas de Cuba, no nos esforcemos más en nuestra larga resistencia contra el régimen, solo tenemos que seguir los consejos de Walesa!

Ahora bien, puestos en plan de debate, me gustaría saber cómo el líder polaco hubiese podido dirigir un sindicato tan poderoso como Solidaridad en Cuba; un país en el que el propio gobierno se encargó de anular casi por completo el movimiento portuario y ha barrido con todo lo que alguna vez fue industria. El señor Walesa parece no tener idea que en la Isla no hay obreros, salvo los que sobreviven en los escasos centrales azucareros o en los poquísimos talleres o fábricas que han resistido al poder destructivo del régimen. Aquí no tenemos un gran comercio que anime la existencia de la actividad sindical portuaria, ni el modesto astillero de Casablanca, en la bahía de La Habana, se puede comparar con el gigantesco complejo de astilleros de Gdansk, con miles de trabajadores, escenario principal y decisivo de la transición polaca. Los cubanos ni siquiera contamos ya con una flota mercante o de pesca.

Tampoco quedan en Cuba sino vestigios menores de aquellas grandes fábricas de tabaco que entre finales del siglo XIX y principios del XX fueran cuna y fragua del sindicalismo cubano. ¿Acaso podría existir sindicalismo y un líder obrero en un país sin trabajadores y sin obreros y en el que el gobierno se puede permitir sin más el despido del 20% de la fuerza laboral activa? Y no se trata solo de sindicatos: aquí tenemos prohibido incluso el libre asociacionismo, porque si bien los cubanos no hemos sido históricamente portadores de fuertes tradiciones cívicas, la dictadura castrista se encargó de anular cualquier posibilidad de autonomía social desde los primeros años que siguieron a la toma del poder en 1959.

No parece razonable trasladar miméticamente las experiencias de un proceso de transición de una nación a otra. La realidad de Cuba no es mejor ni peor que la de Polonia en su momento, es sencillamente diferente. Baste recordar que en el plano político, la oposición polaca pudo contar con el sólido apoyo de una figura tan emblemática como Karol Jozef Wojtyla, el papa Juan Pablo II, y la fe católica constituyó un elemento unificador del espíritu del pueblo polaco en su camino a la democracia, lo que –sumado a una larga tradición de luchas por la independencia y una sólida cultura cívica– contribuyó de manera decisiva en el triunfo de los opositores. La lucha, por demás, se dirigía no solo contra un gobierno títere, sino en última instancia contra una potencia extranjera, la Unión Soviética, en un momento en que las tensiones de la Guerra Fría cedían ante el desmoronamiento de los modelos comunistas de  Europa del Este. Así, a finales de la década de los años 80’ se conjugaron todos los factores que, en conjunto, propiciaron la transición a la democracia no solo en Polonia, sino en todos los países del antiguo campo socialista.

La realidad cubana, en cambio, muestra un escenario muy diferente, si bien hay elementos comunes entre nuestras circunstancias de transición, como la existencia de un régimen autodenominado “comunista” y un poder centralizado que controla la economía, la política, las fuerzas armadas, los cuerpos represivos y las estructuras sociales. La lucha es contra una dictadura nacional de más de medio siglo que ha transitado por varias fases, incluyendo la condición de satélite de aquella misma potencia soviética.

Por su parte, la Iglesia Católica cubana dista mucho de tener un estrecho vínculo con la mayoría de la sociedad, aunque es preciso reconocer la labor cívica comunitaria (local) de muchos sacerdotes en numerosas parroquias. Hay que entender que los cubanos en general no somos muy fervorosos en cuestiones de fe y que el más conocido paradigma de unión espiritual de la nación, José Martí, ha sido sobradamente manipulado y cuasi prostituido desde todas las ideologías e intereses. En cuanto a la cúpula de dicha institución religiosa, constituye una elite muy distanciada de la política de cambios que se propugnan desde la sociedad civil independiente y la oposición. Tenemos una Iglesia de formalidades espirituales que no se compromete verdaderamente con la lucha de la resistencia. De hecho, su tendencia ha sido plegarse al poder de la autocracia gobernante.

Tampoco me parece un problema que haya “demasiados líderes dentro de la oposición” en Cuba y que no haya entre ellos uno “suficientemente poderoso” como para nuclear a todos. En realidad creo que la variedad de ideas y proyectos que existe sugiere la posibilidad que algún día tendremos de elegir entre muchas propuestas. Variedad no significa necesariamente “desunión”, como lo demuestra la tendencia al apoyo mutuo que se ha estado produciendo en los últimos años entre diferentes proyectos y partidos. Quizás la diversidad –que no “desunión”– es precisamente la estrategia más práctica y posible en un país en el que el poder ha copado cada espacio de la sociedad, incluyendo las familias.

Así, funcionando como pequeñas células y confluyendo en los mayores empeños comunes, la disidencia está articulándose para enfrentar los cambios de la transición cubana. Hoy se aprecian muchos frentes abiertos en la resistencia cívica al interior de Cuba que incluyen tanto a los llamados partidos opositores tradicionales como a la prensa independiente en todas sus variantes y a múltiples proyectos de la sociedad civil, que se han mostrado capaces de colaborar entre sí y de promover propuestas en común, con independencia de sus respectivas ideologías. Si ese proceso llegará a consolidarse o si resultará exitoso, lo demostrará el futuro, pero en todo caso la variedad del espectro opositor cubano, lejos de preocuparme, me parece un reflejo de la democracia en su seno, idea ésta compartida por muchos representantes de la disidencia. De cualquier manera, magnificar las ventajas de lo que machaconamente se ha dado en llamar “unión” resulta tan nocivo para la oposición como oportuno para la dictadura.

Para alcanzar la democracia en Cuba tampoco se precisa de fundar una unión monolítica en torno a un “poderoso” líder único (ya de eso hemos tenido suficiente en los últimos 54 años). En todo caso, el poder de la dictadura cubana ha sido tan absoluto que toda acción o proyecto independiente que surja constituye un factor importante para socavar el sistema sin que necesariamente haya que subordinarse a un líder en particular. La experiencia demuestra que el poder de un líder no estriba solo en su capacidad de convocatoria sino en una conjunción de otros muchos factores entre los que resulta primordial su capacidad de acción. En la actualidad las acciones de varias organizaciones opositoras locales y regionales están mostrando tanto su capacidad de lucha como el poder de convocatoria de sus líderes

Otra declaración de Walesa que demuestra su ignorancia sobre la realidad cubana es aquella en la que expresó que “en las ciudades y pueblos ya debiera haber gentes ofreciéndose para ocupar nuevas posiciones, nuevos cargos dentro de la realidad transformada. En dos años habrá elecciones democráticas (en Cuba)…hay que estar preparados porque lo que habrá después de la caída de los Castro será un caos”.

Yo me atrevería a asegurar que casi en cada ciudad y pueblo de Cuba sí existen actores sociales que jugarán un papel importante en la hora cero, es decir, en el momento de los cambios definitivos. Y cada vez habrá muchos más. La incapacidad gubernamental para remontar la crisis estructural del sistema es, paradójicamente, la fuente principal del anhelo general de cambios. Ciertamente la transición cubana ya empezó y el sistema entró hace años en un proceso de erosión que se ha venido acentuando de manera gradual, pero permanente. Sin embargo, aún la realidad no se ha transformado hasta el punto de que sea posible ocupar los puestos de los gobiernos locales y participar en la toma de decisiones desde las estructuras legales que existen, estratégicamente concebidas para que no ocurra tal cosa. Quizás ni siquiera nuestros cambios se produzcan de esa manera.

Nadie sabe si en solo dos años habrá elecciones democráticas en Cuba, ojalá así sea.  Pero puedo asegurarle a Walesa que para entonces serán más numerosos los cubanos, opositores de hoy y ciudadanos de ese mañana cercano, quienes estarán preparados para enfrentar los desafíos de la democracia tras más de medio siglo de totalitarismo. Estamos esforzándonos para eso.

Personalmente agradezco los buenos deseos de libertad para nuestro país expresados por el líder sindicalista polaco, pero en verdad nos presta un flaco servicio cuando se presta a acuñar tanta frase manida. Rechazo, además, los nefastos augurios de catastrofismo social: no habrá tal caos en Cuba, porque en el momento decisivo, por sobre todas nuestras diferencias y reservas, habrá de imponerse entre nosotros el amor por nuestra nación, la voluntad de reconstruirnos sobre las ruinas y las experiencias acumuladas por varias generaciones en largos años de lucha, para finalmente fundar las instituciones que impidan el retorno de una dictadura. Créame el señor Walesa que será sobre esos pilares que nacerá la unión más imperecedera, no ya de la oposición, sino de todos los cubanos.


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