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LA HABANA, Cuba, abril, www.cubanet.org -¿Cuáles pudieran ser algunos de los desafíos inmediatos para la oposición política en Cuba? El 2003 fue un año negro. El gobierno cubano oscureció con un manto de represión a toda la Isla. Más de setenta opositores fueron condenados a largas penas de cárcel. En aquel momento, el castrismo apostaba por la entronización de Chávez en Venezuela como una garantía de supervivencia a largo plazo.

Durante ese año se completó igualmente un ciclo represivo contra el emergente negocio privado. Había comenzado cinco años antes, coincidiendo con el ascenso político, en Caracas, del recién fallecido presidente venezolano, y con la promulgación, en La Habana, de la Ley 88, también conocida como Ley Mordaza.

Hoy, el paisaje es parecido y a la vez diferente. Ciertamente, la represión es una constante en la vida diaria de la disidencia. Pero a diferencia de hace diez años, las perspectivas de eternización del régimen  se desmoronan bajo el peso de la crisis. Paradójicamente, los gendarmes económicos de Raúl Castro están aplicando una variante, aparentemente amortiguada, del recetario de medidas de corte neoliberal. Versionan aquello que tanto criticaron y pretenden un mágico cambio de mentalidad en la población cubana.

Miles de cubanos han sido desplazados de sus puestos laborales y pugnan por sobrevivir en un rehabilitado pero limitado sector privado. La “revolución de los humildes por los humildes y para los humildes” se ha convertido en el feudo de la gerontocracia, por la gerontocracia y para la gerontocracia. Los comedores populares y los tanques de basura son compartidos por antiguos héroes del trabajo  y veteranos de las guerras en África.

Por otra parte, los altos funcionarios de las instancias de gobierno son los rostros visibles de la disfuncionalidad y decadencia de todo un sistema. Más de un millón de cubanos, según cifras oficiales, se desentendieron de la caricatura de las últimas elecciones para delegados a la Asamblea Nacional del Poder Popular.

A propósito, vale parafrasear un dicho: “cuando el río suena es porque disidentes trae”. Esa toma de distancia de una parte de la población con respecto al régimen, es un primer paso. El barrio es como un país dentro de otro. A veces no se comprende la importancia de llevar el mensaje de la necesidad del cambio lo más directamente posible a las personas que pueden ayudar a propiciarlos. Ese es uno de los grandes retos para la oposición política en la Cuba actual.

El castrismo está abandonando al ciudadano a su suerte, y ese ciudadano perderá el miedo a la represión cuando ya no tenga nada que perder. Es por eso que el régimen está propiciando otras formas de división para gobernar. No se trata solamente de la constante siembra de divergencias e intrigas en los grupos que disienten. Este es solo uno de los métodos posibles. El gobierno y sus órganos de inteligencia apelan a metodologías para desmovilizar a nivel mental a la población. Saben que aplicar de forma masiva otro zarpazo como el de marzo del 2003, sería contraproducente en las circunstancias de hoy. Por eso emplean todo el peso de la represión de manera selectiva.

No son tiempos de estar cada uno por su lado, soñando con la democracia, pero sin desarrollar métodos efectivos para hacerla realidad. Es preciso que la idea de que otra Cuba es posible llegue a convertirse en parte de la vida cotidiana y el accionar consciente de cada cubano. Hace una década era impensable la posibilidad de acceder a las nuevas tecnologías. Tampoco se pensaba en el empoderamiento de los ciudadanos como una posibilidad que a su vez generaría cambios graduales pero imparables. Ambas cosas ya están sucediendo. Es necesaria una sociedad civil fuerte y dispuesta a unir voluntades. De esto dependerá su creciente influencia en todos los niveles de la sociedad.


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