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LA HABANA, Cuba, abril, www.cubanet.org -Las elecciones venezolanas del pasado 14 de abril confirmaron los pronósticos de muchas encuestas y opiniones de diversos expertos en temas de política. Que Nicolás Maduro se “ratificara” en el poder no constituyó exactamente una sorpresa, pero el estrechísimo margen de ventaja sobre su rival, Henrique Capriles, sí lo fue… Al menos para él y para los chavistas, que aspiraban a una victoria más convincente después de haber dilapidado profusamente los recursos del Estado en una aparatosa campaña electoral en la que hubo desde un prolongado y dramático sepelio, hasta un pajarito agorero y parlanchín que tuvo la desgracia de convertirse en la envoltura material del alma del difunto Hugo Chávez, para fungir como médium ante el heredero político.

De victoria pírrica para el Partido Socialista Unificado de Venezuela han calificado algunos los resultados de los comicios. Para la oposición, al menos hasta el momento en que el Consejo Nacional Electoral informó de los resultados, fue una enorme victoria si se le compara con las elecciones generales del pasado octubre, cuando obtuvo un respetable 44% de los votos. En apenas seis meses de aquellas y a solo pocas semanas de la muerte del caudillo, Capriles remontó la popularidad y ha incrementado en un 5% las filas de sus seguidores, lo que confirma que el chavismo sin Chávez está condenado a la extinción.

La mínima ventaja del candidato chavista ha traído como consecuencia el no reconocimiento de los resultados por parte de la oposición y los ulteriores acontecimientos de violencia que se están produciendo, poniendo en peligro la precaria estabilidad y la seguridad al interior de Venezuela. Obviamente, Venezuela se ha polarizado dramáticamente, tal como ocurre en todos los escenarios en que se ha instaurado de forma más o menos prolongada una dictadura de cualquier color ideológico. En este caso, la violencia se ve estimulada desde el propio poder, no solo por la organización de cuerpos de civiles y paramilitares para responder a la inconformidad de los partidarios de la oposición, sino en el lenguaje agresivo y amenazador del presidente que no parece comprender que en lo sucesivo le corresponde la tarea, nada sencilla, de gobernar con el apoyo de solo la mitad de los venezolanos.

Ciertamente, puede asegurarse que en caso de haber resultado ganador Capriles, el sector chavista tampoco hubiese aceptado los resultados. Esto queda demostrado cuando Maduro asegura que “el pueblo votó por él”, lo que sugiere que los más de siete millones que votaron por Capriles son una especie de “no pueblo” para el señor presidente. Así, como era previsto, las elecciones de este abril han abierto el escenario a un país convulso, dividido en dos pueblos: el chavista, a duras penas ganador y ya desgastado en la retórica de las consignas y del pobre desempeño económico de más de una década;  y el antichavista, una propuesta nacionalista al menos diferente en tanto propugna el rescate de la economía con la defensa de los recursos de la nación y marca la distancia con el gobierno de La Habana.

Por el momento, lamentablemente, solo se están emitiendo señales de violencia. El gobierno de Maduro,  juramentado este 19 de abril, había antes anunciado que va a aplicar una política de “mano dura” contra la oposición, a la que califica de “fascista”. Apenas con 1,83 puntos porcentuales de ventaja en las urnas, el mandatario muestra al 100% la voluntad de reprimir a quienes se le oponen. Una tendencia que bien pronto aumentará la presión sobre los ya caldeados ánimos venezolanos.

Habrá que seguir con atención el desarrollo de los acontecimientos y los movimientos políticos de los aliados de Maduro en la región, más interesados en continuar parasitando sobre el petróleo  chavista que en una solución efectiva de lo que se avizora como un conflicto de consecuencias impredecibles.

Por el momento, pudiera decirse que La Habana no parece haber sido muy atinada a la hora de elegir a su nuevo pupilo, ni podrá controlar a Venezuela a través de Maduro, ni éste con la continuidad del chavismo podrá superar el sisma que se ha abierto entre los venezolanos.

Hoy los cubanos sabemos que –por fortuna– nunca se cumplirá aquel sombrío augurio que realizara en sus momentos de gloria el hoy defenestrado vicepresidente Carlos Lage, acerca de que Cuba tenía “dos presidentes”, el de la Isla y el venezolano Chávez. Por el contrario, resulta que actualmente Venezuela tiene un solo presidente para tratar de gobernar sobre dos mitades contrarias en un solo país: los que votaron por él mismo y los que apostaron por Capriles. Un resultado que consolida a la oposición y constituye el canto de cisne del socialismo del siglo XXI, algo que nos recuerda que las naciones no se deben fundar jamás sobre las veleidades de las ideologías.


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