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LA HABANA, Cuba, enero, www.cubanet.org -El 2 de octubre de 2002 conocí de manera casual a Caridad Martínez, una pinareña difícil de olvidar y que nunca más he vuelto a ver. Ese día me contó cómo perdió a su padre, Jacinto Martínez Conill y al hermano menor de éste, Manuel Martínez Conill, fusilados el 10 de marzo de 1959.

Sentadas en el Parque de los Mártires, en las calles habaneras de Infanta y San Lázaro, supe de aquella historia que escribí ese mismo día para CubaNet. Ahora recuerdo a Caridad al leer en el periódico oficial Tribuna de La Habana que: ¨El 21 de enero de 1959, Fidel Castro reunió a un millón de cubanos frente al entonces Palacio Presidencial, para rechazar la calumniosa campaña de las agencias extranjeras de noticias, acerca del supuesto baño de sangre que se había desatado en el país, un hecho que se llamó “Operación Verdad¨.

Según Fidel Castro, el 12% de la población que acudió aquel día al Palacio Presidencial, respaldó el derecho soberano que tuvo siempre para deshacerse de sus más fuertes oponentes.

-Mi familia le fue fiel a Batista –me contó Caridad aquel día- porque mi padre era un militar de carrera. Trabajaba en la Unidad de Puerto Esperanza, al norte de Pinar del Río. Mi tío, muy joven aún, había ingresado en la Policía.

-Supe que los militares de Puerto Esperanza no se habían rendido fácilmente cuando los soldados del Movimiento 26 de Julio los obligaban a entregarse y que fueron detenidos en sus propias casas muchos días después y fusilados a través de breves y rápidos juicios, de los que nada se supo.

-Mi madre se quedó sola con sus cinco hijos, menores que yo. En mi casa nunca más pude ver una sonrisa suya, ni se escuchó más la radio. Todavía la recuerdo cuando, sin poder controlar el llanto, preguntó a los soldados rebeldes que llegaron a la casa por qué los habían fusilado. Ellos nada respondieron. Pusieron en el piso las dos cajas de muertos cerradas, dieron la orden de no abrirlas y se quedaron de pie en el portal de la casa, para impedir que los vecinos entraran a un velorio que duró un par de horas.

-Aterrada, me escondí entre los matorrales del fondo del patio. Tenía miedo de que también me fusilaran, a mí, la niña preferida de mi padre, a mi madre, a mi tía, a todos. Hoy, cuando recuerdo aquellos momentos, me tiemblan las piernas. Han transcurrido 41 años y no ha desaparecido el miedo.

-Nunca pude saber por qué habían fusilado a mi padre, a mi tío, los seres más queridos de la familia. Nunca nos explicaron nada, nunca nos dieron una razón.

Le comenté entonces a Caridad que, en enero de aquel mismo año, las agencias extranjeras de prensa acreditadas en La Habana  informaban al mundo de los fusilamientos que ocurrían en Cuba y que Fidel se había enojado tanto que los llamó mentirosos, y a varios, más tarde, los expulsó del país.

El odio, la sangre y la venganza se habían adueñado de la Revolución Cubana.

Seguramente, a consecuencia de tanta barbarie, ni siquiera a través del tiempo se ha podido lograr un equilibrio espiritual en la sociedad cubana, un orden de cosas, la más sana racionalidad humana. Pese al llamado ¨hombre nuevo¨, las conductas marginales en la población, la pérdida del decoro, de la honestidad, de la decencia, de la vergüenza, fueron en aumento.

A consecuencia de ese pasado bárbaro, todavía no se quiere reconocer al que piensa distinto, porque aunque viejo y fracasado, el presidente de las cuatro estrellas lo acaba de decir: el gobierno es el mismo. El mismo con una sola voz para cacarear las mismas consignas, la misma demagogia, las mismas estrategias maquiavélicas, el mismo odio a la libertad.

Las agencias extranjeras de prensa acreditadas en Cuba no decían mentira en enero de 1959: A través de cientos de fusilamientos, un gran baño de sangre cubría a la nación.


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