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LA HABANA, Cuba, enero, www.cubanet.org -El edificio donde vivo tiene 42 apartamentos y tres plantas. La mayoría del tiempo no se ve a nadie por los pasillos. No obstante, el 13 de enero, a las 9 de la noche, por segunda vez desde la última golpiza que recibí (el 19 de noviembre), un grupo de unos 8 o 10 vecinos se pararon en la puerta de mi casa para decirme que “no van a permitir más reuniones”. Acto seguido, comenzaron un mitin de repudio frente a mi apartamento, con un televisor que colocaron, y videos, al parecer sobre la oposición y mi persona.

Desde noviembre, cuando la dictadura decidió no permitir reuniones en mi casa, han llenado los pasillos, la escalera y la pared frente a mi apartamento con fotos de Fidel y Raúl Castro y pancartas, así como un mural en el que permanece un periódico Granma con una foto mía y palabras ofensivas.

Durante todos estos meses, miércoles tras miércoles, ha estado en la entrada del edificio la policía política, acompañada de la Policía Nacional Revolucionaria y dos o tres de los vecinos que se han parado en mi puerta para impedirle la entrada a las personas que quieren acceder a mi casa, e incluso para arrestarlas o secuestrarlas, con la modalidad de dejarlas tiradas lejos de sus residencias.

Es imposible vivir con el acoso que la policía política tiene sobre mi persona. No puedo prácticamente abrir las ventanas, pues de forma descarada miran para adentro. Tienen tomada un área común que da a mi casa y le han puesto una reja con llave, lo que implica que ni siquiera puedo limpiar las ventanas por fuera. Me dejan correr agua por debajo de la puerta de entrada al apartamento, también en la ventana de la cocina que da al patio de uno de los miembros de la Brigada de Respuesta Rápida, solo por señalar algunas de las situaciones que vivo en el día, aunque se sabe que en abril de 2013 me golpearon e hicieron un esguince en mi hombro izquierdo.

A pesar de que el Director Municipal de Salud Pública estuvo en mi casa y ordenó fumigar con un líquido especial para asmáticos, orientando que no había que volver a hacerlo hasta dentro de 3 meses, que es el tiempo que dura ese producto químico, la vecina que me queda enfrente continúa mandando a echar el humo en el área común, sabiendo que después tengo que darme aerosol.

He tratado de legalizar mi estancia de 15 meses en este apartamento y no me lo han permitido, so pretexto de que hice reparaciones donde vivía anteriormente, por lo que no admiten que la casa sea reconocida en el Registro de Propiedad.

El pasado jueves, una de las personas que usualmente está en la puerta, vigilándome, me empujó a la salida de la tienda de la planta baja. Yo estaba acompañada por dos disidentes, que plantean no van a permitir que eso vuelva a suceder sin que el agresor tenga una respuesta. He tratado de que no se actúe violentamente, pero tanta ignominia cansa.

Aunque se utilizan a estos ciudadanos como fachada, es la policía política la que no permite que se efectúen las reuniones de la Red Cubana de Comunicadores Comunitarios, que evidentemente molesta al régimen. ¿A quién van a hacer creer que son los vecinos indignados los que no quieren que nos reunamos?

He solicitado a mi abogada, la doctora Amelia Rodríguez Cala, que lleve una solicitud a la Sala de la Seguridad del Estado del Tribunal Provincial, que nos juzgó, con el objetivo de que quede sin lugar mi licencia extrapenal, pues estoy tan presa como cuando estaba en Manto Negro.

Cuando me fueron a entregar el documento de la licencia extrapenal, el 22 de julio de 2004, estaba presente un oficial de la Seguridad del Estado y otro de Cárceles y Prisiones. Antes de tomarlo en la mano, pregunté: “¿Esto tiene alguna limitación?”, y el oficial de la policía política, que trabajaba como instructor en Villa Maristas, me respondió: “Lo único que no puedes hacer es pisar el césped”.

Si bien es cierto que la mayoría de los que formamos parte de la oposición interna conocemos de cerca lo que significa el hostigamiento del régimen y hemos padecido de él por muchos años, es muy difícil vivir con esta situación las 24 horas del día.

Me encuentro sola en Cuba. Mi familia emigró en su totalidad, y no tendría ni siquiera quien me llevara algo a la prisión. No obstante, prefiero estar entre esas rejas, porque estoy presa formalmente, y ahora la diferencia es que también lo estoy sin que tenga un costo político para el régimen.

Quizás hay quien piense que una solución sería que dejáramos de reunirnos en mi casa, pero ceder ese espacio implicaría poner fichas de dominó para que cayeran una detrás de otra y seguir consintiendo otros abusos del régimen.

Aunque la mayoría de los miembros de la Red Cubana de Comunicadores Comunitarios acuden semanalmente a las reuniones, son seres humanos a los que maltratan de palabra y de obra. Por ejemplo, a uno de los integrantes del Grupo de los 75, Arnaldo Ramos Lauzurique, que tiene 73 años de edad, el oficial conocido por el nombre de Camilo lo golpeó y le rompió los espejuelos (gafas graduadas). Aun así, se mantiene viniendo a mi casa todos los miércoles.

Formar parte del Consejo de Derechos Humanos es lo que le aprueba al régimen actuar de esta forma con la oposición interna, con la farsa de que el pueblo revolucionario enardecido es el que no permite a los “mercenarios” actuar, mientras los “buenos” policías toman posición para evitar que las “masas” le vayan a hacer daño a los que disienten. Así está el país.

Prefiero ir de nuevo a la cárcel.


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