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LA HABANA, Cuba – Hace pocos días conversaba con Santiago Alonso, un opositor que vive en Artemisa, y me dijo que había muerto su amigo Francisco Guzmán, o mejor dicho, Paco el Loco, como a él le gustaba presentarse. Paco estudió ingeniería bioquímica, y según sus compañeros de trabajo dominaba la profesión. También era artista. Componía canciones infantiles que le valieron más de un premio.

En el reparto Eléctrico- Foto Gladys Linares

Corría el año 1996 y estábamos enfrascados en el Concilio Cubano, cuando Paco comenzó a relacionarse con la oposición. A partir de ese momento sus canciones reflejaban la realidad de nuestro país, y acompañado de su guitarra las cantaba en la vía pública.

Por esto fue catalogado de loco y contrarrevolucionario. En más de una ocasión se lo llevaron preso. Lo ingresaban en Mazorra, donde -según él- le daban electroshock. Después lo encerraban varios días en un calabozo. Pero Paco seguía con sus canciones protesta. En una ocasión se cubrió con una bandera americana y se fue a cantar al parque. A partir de esa época Paco comenzó a tomar y se volvió alcohólico. A quien lo trató y conversó con él, y escuchó las letras de sus canciones, le resulta difícil creer que estuviera loco.

En la Virgen el Camino. Foto Gladys Linares.

Es frecuente encontrar por nuestras calles a personas jóvenes a quienes basta mirarlos para saber que tienen problemas mentales. Muchos, impulsados por el hambre, buscan comida en los contenedores de la basura. Casi siempre estas personas enajenadas tienen pocos recursos económicos y se sienten frustrados al no poder enfrentar la difícil situación que vivimos. Hace unos días, un amigo le tomó una foto a un hombre sentado en el borde de una acera en la Virgen del Camino. El individuo desplumaba un ave muerta y se la iba comiendo.

Me contaba Ricardo Pupo, un opositor de Cienfuegos, que hace varios días estaba conversando con un joven ingeniero que acababa de regresar de Venezuela. El muchacho sonaba decepcionado, y de un momento a otro interrumpió la conversación y se despidió. No había pasado una hora cuando regresó, desnudo, gritando por toda la calle: “¡Abajo Chávez! ¡Abajo Fidel!”

Casos como este se ven con frecuencia. Hace pocos días, en el reparto Eléctrico, otro hombre también salió para la calle desnudo. Iba parando los carros y pidiendo comida.

Boyeros y Zapata, frente a la Escuela de Estomatología- Foto Gladys Linares

Boyeros y Zapata, frente a la Escuela de Estomatología- Foto Gladys Linares

Calle Paseo- Foto Gladys Linares

Calle Paseo- Foto Gladys Linares

Las reacciones que provocan estos “locos” son diversas. A algunos les dan miedo, y a otros, lástima. La mayoría andan sucios, con muy mal olor, despeinados, con los pocos harapos que llevan encima acartonados por la mugre. Duermen en parques y otros lugares públicos.

En mi barrio de Lawton, entre los locos que deambulan por las calles hay un joven que acostumbra entrar al agromercado de Dolores entre 14 y 15. Enseguida comienza a robar frutas o viandas, entre ellas boniatos, que se va comiendo allí mismo, crudos y sin lavar.

Hay otros, como William, que estuvo preso muchos años por vender carne de res. Después de salir casi no habla, no conoce a nadie. Vive solo y por las noches sale a registrar la basura. Frecuenta los alrededores de varios restaurantes, de donde toma las latas de refresco y cerveza, se las escurre en la boca y luego las tira.

También en Cienfuegos, Ariel el Loco, que aparenta tener algo más de veinte años, deambula por las calles con un short roto, descalzo y sin camisa, lo mismo en invierno que en verano. Se acerca a las cafeterías pidiendo comida, café y cigarros, y por las noches se sienta en la entrada de la sede del PCC municipal a ver la televisión. Dicen que lo han visto durmiendo en una casucha de cartón hecha por él mismo en el barrio de San Lázaro.

Lo anterior me hace recordar que cierto día vi en casa de unos amigos un cartel que decía: “No es necesario estar loco para vivir aquí, pero ayuda”. El tiempo y la vida me lo han confirmado.


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