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Perfumes Hugo y Ernesto- Foto de internet MIAMI, Florida –

– ¿Y tú, por qué estás aquí? – ¡Por franquista! Este breve diálogo correspondiente a una escena del filme español Espérame en el cielo bien pueden aplicárselo los creadores de los perfumes Ernesto y Hugo en los laboratorios Labiofam. En la película de marras el personaje – un oficial de la inteligencia de Franco- a quien da vida el actor José Sazatornil cae en desgracia por su celo en servir al Generalísimo. Tanto esmero no impidió que terminara picando piedras en una cantera peninsular. Eso sí, sin dejar de ser franquista.

Algo similar, no tan extremo tal vez, pudiera suceder con los especialistas del instituto farmacéutico de La Habana, que en su afán revolucionario quisieron conservar las cualidades de dos mitos del sistema castrista en olorosos y exóticos perfumes. La noticia sobre la creación de sendos perfumes cuyos aromas perpetuarían las cualidades de heroicidad y gallardía del Ché Guevara o el aguerrido olor a frutas frescas aportado por Hugo Chávez provocó un alud de opiniones críticas tomadas al vuelo por los jerarcas cubanos.

De nada valió la aclaración hecha por los químicos cubanos de que no trataban vender una mercancía cualquiera o de hacer propaganda. Simplemente era su manera de rendir homenaje a dos figuras emblemáticas en el ámbito revolucionario a través de los buenos olores. Por si algún mal intencionado osara señalar este logro por banal o se crearan dudas en torno al objetivo real del fruto de tanto esfuerzo, quedaban las aseveraciones hechas por algunos de los que probaron la nueva hechura. La promoción de estos productos cosméticos permitirá a los consumidores oler a historia viva. Más que de una fragancia se trataba de llevar un símbolo histórico a flor de piel.

Pero el revuelo causado por la noticia de AP despertó la reflexión, y tal vez las iras, en algún sitio de la capital cubana. La respuesta salió de manera inmediata en el órgano oficial del Partido Comunista: “Iniciativas de esta naturaleza no serán aceptadas jamás por nuestro pueblo ni por el Gobierno Revolucionario”. El texto bajo la firma impersonal del Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros proclamó la intangibilidad sacra de los símbolos, calificando de grave error la salida de las esencias Ernesto y Hugo. Quizás si el gesto de adulonería hubiera omitido la relación entre los nombres y la dedicatoria, la cosa no habría trascendido. En definitiva Hugos y Ernestos se sobran, incluso con fama.

El editorial condenatorio sale a la luz precisamente ante el revuelo internacional causado por la noticia adelantada por la agencia AP sobre unos productos que ya estaban en fase experimental de comercialización. Esto supone que su existencia no era del todo desconocida para las altas esferas de poder, en especial si el laboratorio donde se produjo se encuentra a cargo de un sobrino de Fidel Castro. Por eso la anunciada sanción del Consejo de Ministro pareciera más el anuncio de escarmiento para quienes simplemente estimaban estar haciendo una misión de trabajo con garantías de respaldo y crédito pero que al salir mal les convirtió en unos irreverentes que merecen cargar con el castigo. O sea convertirse en chivos expiatorios.

Resulta difícil creer que un proyecto de semejante alcance haya pasado desapercibido para los vigilantes ojos del sistema político en Cuba y que en los niveles superiores no se haya conocido con anterioridad los pasos de los especialistas del instituto habanero. Difícil aceptar que una institución de este tipo haga las cosas a su arbitrio y sin consultar, máxime cuando la dirige un pariente de los Castros. También resulta extraño suponer que los impulsores de la idea no hayan tenido cierta certeza de que su producto contaba con el asentimiento de autoridades y familiares de quienes darían nombre a su creación. Hugo y Ernesto no debieron ser tomados por casualidad y menos conociendo lo delicado que resultan referencias de esta naturaleza en el ambiente de la Isla.

En sus declaraciones a la agencia AP el bioquímico Mario Valdés aclaró que las familias de ambos líderes habían sido consultadas y se mostraron satisfechas con el “homenaje”. Total si alguno de ellos no tuvo reparos en desfilar en un Carnaval de Brasil en una comparsa donde la figura principal estaba disfrazada como su padre, esta finesa de los buenos olores debió resultarle mucho más aceptable.

El uso del Ché como un sello que vende tal vez se inició en aquella escena de la Vida Sigue Igual en la que Julio Iglesias estrenaba pantalla con un retrato del guerrillero argentino de fondo. Poco después Costa Gavras incluiría en la banda sonora del filme Estado de sitio el estribillo de una canción que internacionalizaría a su autor Carlos Puebla. Hasta siempre Comandante pasó a ser pieza obligada en la nueva faceta turística de la Cuba de los noventa.

Se comprobó que la cosa vendía no solo como material ideológico, sino que cotizaba en moneda dura y constante. Entonces tocó el turno a los billetes y monedas de tres pesos que tenían amplia demanda como suvenir. Ambas denominaciones monetarias se convirtieron en objeto de venta a seis dólares, rindiendo 40 veces su valor en el cambio con el dólar si los turistas los pagaban en las tiendas dolarizadas del estado cubano. Y que decir de la foto lograda por Korda, muy disputada entre los herederos de los derechos de autoría por las ganancias que la imagen rinde en afiches, camisetas y gorritas, entre otros artículos.

Hugo Chávez, que vivió en una época más pragmática revolucionariamente hablando, aplicó en vida la comercialización de su figura. Él mismo comprendió las ventajas de vender imagen. Los muñecos con su apariencia o un libro editado en La Habana con el premonitorio título Chávez nuestro, ya hacían presagiar el camino que seguiría el nuevo mito en su ascenso como leyenda. Una carrera meteórica en la que el Comandante bolivariano aparece en libros infantiles narrando historias sobre la Patria, Bolívar o Latinoamérica y que pudo haber incluido en su currículo la frustrada incursión cosmetológica.

No cabe dudas que los comerciantes de la nueva Cuba, esos que nos alertan sobre los males del capitalismo, están sacando pingues dividendos de todo cuanto pueda rendirles beneficio. El Ché desde hace años con sus camisetas y postales y ahora Hugo devenido para colmo en un fetiche semi-religioso con Padre Nuestro incluido. Pero esto de pasar a las páginas de la Historia al marketing socialista embasados como perfumes, es el límite extremo que no pueden permitir sobrepasar los que guardan los símbolos como baluarte del sistema. Los mitos revolucionarios no pueden convertirse en esencias caras, al menos por el momento.


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