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MaduroAPARTE de la represión, los calabozos, las palizas, la escasez congénita, la eliminación de las libertades individuales y el posible destierro, el totalitarismo ofrece con prodigalidad a la ciudadanía una tortura diaria mediante la difusión de sus teorías políticas. Es una palabrería previsible y aburrida que trata de edulcorar la realidad que se vive, atemoriza y describe el sistema como una fuerza invencible y eterna. Los protagonistas de ese suplicio son los caudillos y los medios de comunicación.

Varias generaciones de cubanos tienen en su memoria el tiempo de sus vidas que pasaron bajo los discursos que pronunció Fidel Castro entre 1959 y 2006, el año en que pasó al retiro. Lo recordarán frente a las cámaras de los dos únicos canales nacionales de televisión encadenados con todas las emisoras de radio del país. Y con la advertencia, en los horarios nocturnos estelares, de que las telenovelas como los partidos cruciales de béisbol tendrían que esperar porque él tenía cosas importantes que decir.

Les quedaba todavía verlo y escucharlo en los noticieros y reencontrarse con aquellos mamotretos en los panfletos que se publican allá en forma de periódicos.

Lo tendrán en la memoria los que vivían y eran adultos en febrero de 1998 cuando habló durante siete horas y cuarto sin parar ante los diputados de la Asamblea Nacional.

Esa pasión por la palabra y la predilección por las cadenas, con variantes porque en Venezuela quedan algunos medios privados, la asumió Hugo Chávez, que en sus primeros diez meses de gobierno pronunció discursos por 78 horas y siete minutos. Nicolás Maduro lo superó. En sus siete meses iniciales se mantuvo frente a los micrófonos 90 horas y 27 minutos, según un estudio realizado en Caracas.

El presidente venezolano sigue encadenado. Entre enero y septiembre de este año ha estado en el aire 133 horas y 11 minutos, como si hubiera hecho un discurso de cinco días con sus noches.

Los espectadores cubanos se han quedado sin la presencia física de Fidel Castro que en la isla se reconocía como el patrón de los canales televisivos. Tienen aún su mensaje devastador y triunfalista repartido en todos los medios porque pertenecen al Partido Comunista.

No importa que nadie les crea. Ellos imponen sus cuentos de camino para que se sepa que están ahí.


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