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carnavalesUna estampa cubana de estos tiempos la vivimos en los últimos carnavales celebrados en La Habana, mi familia y yo, una tarde calurosa de sábado, en el malecón.

Salimos de Jaimanitas en el bus 191 hasta el paradero de Playa, allí subimos a un viejo “almendrón”, un taxi Ford del año 1956, que nos dejó frente al Hotel Nacional. Allí comenzamos una larga marcha, azarosa, sin encontrar un kiosco abierto, o un “timbiriche” que vendiera algo de comer, o una sombra bajo tanto calor sofocante. Todo era desolación.

Viejas gradas metálicas donde se sienta el público a ver las carrozas se curtían bajo el sol. Recordé una noticia del periodista independiente R. J. Quiñones, que informaba la caída, en el carnaval infantil de Guantánamo, de una grada como aquella, imaginé la tragedia vivida por esa gente.

Caminamos por espacio de dos kilómetros frente a un desfiladero de habitáculos plásticos que hacían función de almacenes para guardar aseguramientos y productos del carnaval, que estaban cerrados. También vimos parillas con grandes capas de cenizas de carbón, junto a largas cubetas de enfriar cervezas, vacías, y restaurantes tradicionales de pencas de coco y yagua, también vacíos.

Esa parte del malecón es un largo descampado, de pronto nos vimos atrapados por el sol, perdidos por la necesidad de beber algo frío, y comer, porque en broma habíamos dicho antes de salir de la casa que carnavales venía de ¨carne¨, y tal vez encontráramos carnero, carne de caballo, y hasta carne de res… Mas solo habíamos encontrado sol y desolación, y esas viejas gradas metálicas vacías y la hilera de kioscos vacíos, y restaurantes tradicionales vacíos y esos habitáculos plásticos que son los nuevos almacenes, cerrados…

Hasta que encontramos un restaurante ¡abierto! y eso nos produjo alivio, porque nos dio la sensación de regresar a la vida. Pedimos el último. Después preguntamos qué vendían, pero nadie sabía, hacían la cola por inercia, para lo que sacaran. Nos cobijamos como pudimos en los espacios libres bajo las pencas de guano. La cola crecía a lo largo de la acera bajo el sol y nos sentimos privilegiados de la sombra y de ser, en el orden de la cola, los números 21, 22, 23 y 24.

Era un restaurante tradicional, como los que habíamos observado durante el trayecto, el único que iba a brindar servicio esa tarde y la cola se contorsionó cuando un camarero uniformado salió a informar que sólo “tenían”: pollo frito y dos cervezas por personas.

“Hay seis mesas, entrarán en la primera vuelta las primeras 24 personas.”

Las niñas saltaron de alegría junto a nosotros, con la noticia. Entramos. Nos sentamos en las sillas de madera rústica. Pedimos el menú, que fue un protocolo estúpido de la camarera, con la carta, mesa por mesa, anotando “pollo frito y dos cervezas”.

Eché un vistazo al restaurante, a las seis mesas, a los 24 comensales. Todos mostraban estar hambrientos. Tenían los ojos dirigidos con insistencia a la cocina, donde se freían los pollos. Sentí lástima del resto de las personas que no había logrado entrar, que esperaban impacientes bajo el sol por la segunda vuelta, o la tercera… y que también miraban absortos el lugar por donde saldrían los pollos, que al fin ¡salieron!, en platos llanos, mal fritos y sin ninguna guarnición, junto a las dos latas de cervezas, que, extrañamente, estaban frías.

Como no había cubiertos, fue una batalla campal de mordidas y pellizcos a la masa del pollo. Como no había servilletas todos se limpiaron la grasa en la madera de las sillas y las mesas, que se tiñeron rápidamente de un color caoba ámbar, como si hubieran sido pulidas y barnizadas al instante.

Un primer actor de la televisión nacional, que estaba sentado en una mesa cercana, protestó, cuando no quisieron venderle una tercera cerveza. Entonces, el camarero pasó por las mesas pidiendo a los presentes, por favor, que se levantaran si habían terminado, que afuera hacía mucho sol, y estaban niños esperando… por favor… buenas tardes… y muchas gracias por la visita.


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