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Angel_Carromero_CYMIMA20141010_0009_17LA HABANA, Cuba -He leído el libro sobre el fin de los patriotas cubanos Oswaldo Payá y Harold Cepero. Cuenta con prólogo de Rosa María, la hija exiliada del primero, y su autor es Ángel Carromero, quien conducía el automóvil donde viajaban ambos occisos. Como hubo un accidente, él es el primer sospechoso de las muertes. En el libro intenta desviar la responsabilidad hacia las autoridades castristas. ¿Logra hacerlo?

La lectura no es fácil. El autor menciona actividades de la disidencia interna y lacras del régimen, pero junto a un montón de banalidades que a muy pocos interesarán. Las verdades se diluyen en el texto cansón.

Carromero, graduado en leyes, sabe que en un accidente de tránsito resulta vital señalar datos específicos: características de la vía, velocidades, maniobras realizadas. Pero no los ofrece, salvo al recoger la versión oficial: “Empezó diciendo que yo circulaba a más de 140 kilómetros hora”, para terminar afirmando que viajaba “a más de 100”.

Él sólo aporta vaguedades: “Teníamos un coche sin una buena aceleración”; “no necesitábamos ir a excesiva velocidad”. Alega que, por el “lamentable estado” de las vías, “es físicamente imposible transitar por ellas ni siquiera a una velocidad moderada”. Según los peritos de la defensa, dice, “yo no circulaba a una velocidad excesiva”.

En este libro de 236 páginas, cuyo subtítulo promete “toda la verdad sobre el caso”, Carromero dedica sólo 47 palabras a describir el accidente: “Seguimos a velocidad constante; circulábamos por una carretera secundaria, casi por un camino, lleno de baches. El coche azul se acercó más y más. Se nos echó encima. Sentí un golpe fuerte y un sonido seco, metálico. Perdí el control del vehículo. Es lo último que recuerdo”.

En distintos fragmentos, afirma que otro pasajero y él mismo no sufrieron “ni un rasguño”; “estábamos en perfectas condiciones ambos”. Y también: “Ni a Aron, ni a mí, después del impacto nos había pasado nada; ni tan siquiera las bolsas de aire del coche se dispararon”. Este último detalle indica un golpe poco severo. Entonces, ¿por qué perdió “el control del vehículo”! ¿Y por qué insinúa aquí que quedó sin sentido? (En otra parte afirma que sólo estaba “aturdido”.)

Carromero no rebatió la acusación. Se justifica: “¿Quién se hubiera enterado de que dije algo diferente a lo que ellos querían?” Pero confesó también en el juicio, pese a los periodistas extranjeros presentes. “Contesté las preguntas de la fiscal intentando no ponerle fácil los pretextos para realzar mi culpabilidad”, explica. En lugar de repetir o contradecir la versión oficial, tenía la obvia opción de quedarse callado, pero esa posibilidad ni la menciona.

El político español disfrutaba de una celda “especial”: “un habitáculo con tres camas, ducha, retrete y lavabo. Una mesa con televisión, y un patio, de cuatro metros cuadrados, desde donde podíamos ver el cielo”. Además, colchón de espuma de goma y un ajedrez. ¡No en balde, al ver una de las tapiadas destinadas a los cubanos, exclama: “Encerrado allí, me hubiera vuelto loco”!

Carromero se consuela: “En cuanto llegue a Madrid,… contaré la verdad”. Explica lo ocurrido con una frase displicente: “Después de un tiempo prudencial estaba preparado para dar mi versión”. Pero para consultar con la almohada y ordenar sus pensamientos, requirió no un par de días: ¡Más de dos meses fue el lapso “prudencial” que precisó!…

El otro viajero sobreviviente, Aron Modig, no necesita hacerse el sueco, pues tiene esa nacionalidad. Como señalara, “lleva un año escondido”. Alega haber estado dormido durante el accidente, ¿pero después también! Según el chofer, Modig le entregó los celulares de los occisos; ¿cómo llegaron a sus manos? El escandinavo evita recapitular las comprometedoras declaraciones que formuló ante las autoridades castristas. En Estocolmo expresó: “No hablaré para no perjudicar a Carromero”…

Asombra la nula honestidad intelectual del autor. Omitió reproducir en su libro la sentencia del caso; no con el fin de difundir la versión oficial —claro—, sino para poder rebatirla con argumentos. De ella sólo brinda su evaluación harto subjetiva: “Todo era un conjunto de falacias mal orquestadas”.

Lo mismo con las fotos. Parece desconocer que una imagen vale por mil palabras. En lugar de reproducir las publicadas por el régimen marcando las incongruencias que según él existen entre ellas, estamos obligados a leer su blablablá: “Los golpes también van cambiando, el coche tiene abolladuras más o menos pronunciadas, los embellecedores laterales puestos, o caídos y el parachoques aparece y desaparece según la fotografía que se mire”.

Después de todo esto, para mí queda “bajo sospecha” el respeto que Carromero pueda sentir por sus lectores y por los seres queridos de los occisos.


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