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RaulCastroquedijoLA HABANA, Cuba. — Cuando el 17 de diciembre los presidentes de Cuba y Estados Unidos anunciaron que ambos gobiernos habían arribado a importantes acuerdos, la esperanza hizo nido en muchos compatriotas nuestros. Por algunos días ellos confiaron en que amainaría la situación de enfrentamiento con el gran país del Norte, que dura ya más de medio siglo.

Tras el anuncio, las autoridades de la Isla han hecho todo lo que de ellas depende para intentar enfriar los ánimos de sus súbditos. Acaba de salir al aire, en horario estelarísimo, una entrevista a la jefa de la delegación cubana en las conversaciones oficiales de La Habana, Josefina Vidal. La esencia de lo declarado es simple: Ambos países continúan enfrentados.

Esto se veía venir desde que el 28 de enero el general­-presidente Raúl Castro, en su discurso en la Cumbre de la CELAC, declaró imposible la normalización de relaciones mientras no se cumplieran cuatro condiciones: fin del “bloqueo”, devolución de la Base Naval de Guantánamo, cese de “las transmisiones radiales y televisivas violatorias de las normas internacionales” y pago de una “compensación justa a nuestro pueblo por los daños humanos y económicos que ha sufrido”.

Esas exigencias son irreales y representan un manotazo dado en la mesa de las negociaciones por la Parte Cubana. El fin definitivo del embargo resulta improbable ahora que el Partido Republicano controla ambas cámaras del Congreso Federal. No obstante, el presidente Obama cuenta con amplias facultades para aliviarlo; este fue uno de los aspectos en que mayor hincapié hizo la entrevistada señora Vidal.

La aspiración al cese de las emisiones de radio y televisión alternativas parece difícil de satisfacer por provenir de un régimen cuyos medios masivos sólo difunden la versión gobiernista. A su vez, la demanda de una “compensación justa” es escandalosa cuando la formula un régimen que no ha pagado un solo centavo por las arbitrarias expropiaciones que perpetró, y cuyas agresiones —además— han provocado gastos considerables por doquier, como acaba de recordar el colega Carlos Alberto Montaner.

Por su parte, la alusión a la Base de Guantánamo resulta sorprendente, y no por el reclamo en sí, sino por las circunstancias que lo rodean. En lo personal, me agrada la idea de que ese pedazo de suelo cubano vuelva a quedar bajo el control de las autoridades de mi país. Claro que preferiría que la entrega se hiciera a un gobierno democráticamente electo, y no bajo el actual régimen dinástico-militar; pero eso es un detalle. Lo escandaloso es que quienes reclaman la devolución sean los grandes culpables de que siga habiendo allí un establecimiento extranjero.

La explicación es sencilla: Un canal interoceánico en Centroamérica resulta vital para los Estados Unidos. En los inicios del Siglo XX, de acuerdo con las concepciones estratégicas vigentes, también era fundamental contar con bases navales que protegieran de potenciales enemigos los accesos lejanos a cualquier construcción de ese tipo.

Pero con el surgimiento de la cohetería balística y los submarinos nucleares, el panorama cambió de manera radical. Tanto es así, que hace ya lustros que el gobierno de Washington, mediante los tratados Torrijos-Carter, accedió a devolver a la soberanía de Panamá la vía interoceánica que atraviesa ese país hermano.

Por supuesto que si los norteamericanos abandonaron lo principal (el canal), nada hubiese impedido que cedieran también lo accesorio (la base para protegerlo). En ese contexto, puede afirmarse que, de no haber existido los Castro, hace decenios que la boca de la bahía guantanamera estaría ya bajo control cubano. Pero de esto no habló el General de Ejército en su discurso de San José, ni lo repite la propaganda oficialista.

Es a la luz de esa realidad que debemos analizar lo declarado por los voceros del gobierno de Washington, quienes en respuesta a los planteamientos de Raúl Castro, expresaron su voluntad de conservar ese pedazo de la Isla. Esta negativa, a su vez, hace suponer que la Administración del presidente Obama no está dispuesta a hacer concesiones gratuitas en las negociaciones futuras entre ambos países vecinos.

Si fuera ése el caso, ello reflejaría que la diplomacia estadounidense tiene una clara conciencia de las realidades de la Cuba de hoy, cuyo régimen está abocado a una situación aún más difícil que la presente, pues su actual benefactora —la Venezuela chavista— se encuentra en este momento al borde de un precipicio.

Se dice que “el Diablo está en los detalles”. Y es justamente en la letra menuda de los posibles acuerdos de mañana donde los negociadores norteamericanos tienen que probar que su verdadero interés está en las relaciones amistosas a largo plazo entre su Nación y un futuro gobierno democrático de su vecina Cuba, y no en los problemas que confronta un régimen totalitario y hostil destinado a desaparecer.


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