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Santos Suárez, La Habana, Frank Cosme, (PD) Desde la antigüedad el hombre pensó cómo solucionar el problema de conservar sus alimentos en tiempos más calurosos. Aparejado con esto también buscó cómo amortiguar este calor a través de bebidas o comestibles más refrescantes.

La solución de estas preocupaciones la encontró en un elemento de la naturaleza que abundaba en las cúspides de las montañas más elevadas: el agua en su estado sólido.

Ya en el año 400 AC, los persas habían dominado el arte de almacenar el hielo para conservar los alimentos dentro de unas cuevas que se enfriaban de modo natural por la afluencia constante de los vientos, y que eran conocidas como “Ya-Chal”.

A su vez utilizaban para refrescarse este hielo, acarreado desde las montañas en el verano y recogido durante el invierno, para mezclarlo y batirlo con frutas, vino y miel en una especie de coctelera, tomando la consistencia de lo que hoy conocemos como sorbete.

Otros estudiosos del tema sostienen que este plato helado de los persas era un cruce entre un sorbete y un pudín de arroz.

No me imagino como era esto, pero hay que dejar en la duda razonable lo que dicen estos expertos.

En lo que sí se han puesto de acuerdo los investigadores es que el sorbete, ese postre helado parecido a lo que conocemos por acá como “helado”, pero con la diferencia de que no contiene leche o huevos, hizo su primera aparición en China, y fue Marco Polo, en el siglo XIII, el que lo introdujo en Europa.

Algunos de estos cronistas afirman que el helado, al igual que el sorbete, surgió en China, y que de allí pasó a Persia, la India, Grecia y Roma, en ese orden consecutivo, pero es en la Italia de la Edad Media cuando el helado ya adquiere una presencia parecida a la actual.

Desde luego, la materia prima fundamental, el hielo, se seguía trayendo de las montañas nevadas, o recogiéndolo y almacenándolo en invierno.

Parece haberse convertido en la antigüedad una moda utilizar la nieve traída de las montañas para batirlas con frutas y vino. Según cuentan, Alejandro Magno y el piromaniaco emperador romano Nerón gustaban de los sorbetes y helados.

Para 1660, Francisco Procope abrió en París lo que se considera “la primera heladería”. Los primeros helados de chocolate, vainilla, mantecado y nata fueron elaborados por este maestro nacido en Sicilia. Dicen que hasta el rey Luís XIV (el Rey Sol) en una ocasión lo mandó a buscar para felicitarle por sus helados.

En el idioma inglés, a todas luces y en dos simples palabras, deja entrever toda esta historia que contamos sobre este postre: se dice “Ice Cream”, que literalmente se traduce como “crema de hielo”.

Como es lógico, los habitantes de los países tropicales sin montañas nevadas no conocieron ni el hielo, ni los sorbetes, ni las bebidas frías hasta principios del siglo XIX.

En el caso de Cuba, a un avispado yankee con un apellido aristocrático, Frederick Tudor, se le ocurrió traer en barco 240 toneladas de hielo recogidas durante la congelación del río Hudson y venderlas en La Habana. El hecho ocurrió en el invierno de 1807. Así, por primera vez, los cubanos conocieron el hielo, el agua fría, los sorbetes y el helado.

En 1867 el francés Charles Tellier inventó una máquina para fabricar hielo utilizando como gas refrigerante el amoníaco.

El rápido auge de la naciente industria del “hielo artificial” gracias a la inventiva de Tellier, fue espaciando estos embarques de hielo hasta que desaparecieron por completo en 1890.

En las décadas entre la Guerra Civil de Estados Unidos y la I Guerra Mundial aparecieron en Cuba diversas fábricas de hielo.

A principios del siglo XX surgieron algunas inventivas que solucionaban el problema de conservar los alimentos y el agua fría a través del hielo.

Las neveras domésticas consistían en un mueble metálico con un compartimento aislado con corcho donde se introducía un trozo de hielo. Era un sencillo sistema de refrigeración en el que el frío del hielo se transmitía a través de tuberías situadas alrededor de este mueble.

Hasta finales de los años 40 fueron muy populares en Cuba las neveras Polar. Recuerdo que tenían como emblema un oso polar. Por la parte superior se podía colocar un botellón de agua y tenía una pila o grifo para servirse el agua que desde luego salía fría.

Por esos años todavía se vendía el hielo cortado de manera que entrara en estos compartimientos. Cubiertos en sacos de yute, duraban más de 24 horas. El costo de este trozo de hielo era 10 centavos.

Y en Cuba, durante muchos años, se le decía frigidaire a cualquier marca de refrigerador doméstico. La razón de esto fue, que en 1920 se recibieron en Cuba los primeros equipos de enfriamiento que funcionaban con electricidad. Los fabricaba la General Motors. Su marca era Frigidaire y se mantuvo su hegemonía durante casi 20 años. No fue hasta los finales de la década del 30 que entró en Cuba la marca General Electric con un modelo que tenía un compartimiento mayor para la congelación. Otras marcas llegaron posteriormente, pero frigidaire se quedó en el vocabulario para identificar los refrigeradores.

Actualmente todavía quedan por ahí algunos refrigeradores de esta marca, aunque el vocablo frigidaire ha caído en desuso. Ahora se emplea la simple palabra “frío” para designar estos equipos.

Y hasta la próxima, amigo lector.
glofran864@gmail.com; Frank Cosme


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