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(diarioelexpreso.com.ve)

LA HABANA, Cuba.- Cercanos a los 60 años de aquel enero ominoso de 1959, y tras décadas de estafa ideológica y discursos demagógicos, cabría esperar que al menos los pilares políticos sobre los que se asientan las aspiraciones actuales de la sociedad cubana hubiesen cambiado radicalmente. Sin embargo, no es así. Algunos mitos populistas han arraigado tan profundamente en el imaginario social que han devenido lugares comunes y han llegado incluso a asumirse como verdades incontestables.

Algunos de esos principios útiles para los mesianismos políticos, especialmente en Latinoamérica y en Cuba, han sido las percepciones de ‘los humildes’, ‘los jóvenes’ y ‘las mayorías’. Esto, para no mencionar otras sub parcelaciones que también aportan réditos políticos, como las que esgrimen reivindicaciones raciales (para los o blancos), de género (solo para mujeres) o se preferencia sexual (para LGBT) en un país donde absolutamente todos hemos sido despojados, más allá de nuestras particulares catalogaciones.

Son estas categorías intangibles que hábilmente colocadas sirven a todos: a los sujetos clasificables en cualquiera de esos sustantivos por su condición de supuestos beneficiarios o protagonistas de las políticas dictadas desde los discursos y proyectos políticos; y a los políticos de cualquier posición –cuyos proyectos no suelen pasar de la fase propositiva–, para ganarse la buena voluntad y los votos de esos sectores.

Dicho así, cualquier interlocutor podría argumentar que estas son estrategias utilizadas por la casi totalidad de los políticos del mundo, lo cual es cierto. Solo que en las sociedades libres existen también estructuras democráticas tales como la separación de los poderes; la sociedad civil en sus variadas manifestaciones y con sus particulares objetivos; la libertad de expresión, de comunicación y de prensa, así como múltiples instituciones  independientes del Estado que cuestionan, exigen y moderan a los políticos.

En el caso de Cuba, en cambio, más de medio siglo de autocracia no solo ha consolidado la demagogia desde el Poder, sino que –ante la ausencia de una sociedad civil independiente fuerte y una oposición suficientemente bien articulada– esa demagogia se ha convertido en una suerte de subcultura política que ha contaminado incluso el discurso de ciertos líderes de opinión y de la oposición, pese a la valía de muchas de sus propuestas.

Es por esto que, en el encomiable afán de demandar espacios democráticos para todos los cubanos, no pocos discursos alternativos al oficial suelen recurrir igualmente a los reclamos para ‘los humildes’, a la vez que convocan la inspiración de las transformaciones del país especialmente desde ‘los jóvenes’, y se erigen en intérpretes de los reclamos de ‘las mayorías’.

“Son gente humilde, por tanto gente buena y trabajadora”, afirman algunos al referirse a los sectores pobres –mayoritarios– de la sociedad. Como si la pobreza constituyera una virtud en sí misma o le fueran inmanentes la honradez y la laboriosidad. Cabría pensar, entonces, que la prosperidad es la matriz de la maldad y la holgazanería.

Con tales presupuestos, la legitimidad de los proyectos políticos resultaría directamente proporcional a la defensa que hagan de los intereses de ‘los humildes’, que son ‘las mayorías’, en detrimento de los derechos de las ‘minorías’ económicamente más aventajadas, siguiendo así las pautas de los regímenes populistas que tanto daño han ocasionado en la región y potenciando, de paso, el despojo de estas últimas.

Y como en Cuba la ‘revolución’ ha operado el milagro de convertir a todo un pueblo en un ejército de menesterosos, no han faltado nuevos mesías, algunos tan egocéntricos como aquel jactancioso joven de uniforme verde olivo y paloma en el hombro, que vuelven a echar mano del discurso de la victimización del ‘pueblo humilde’, por el que luchan y se sacrifican, ya que ese ‘pueblo niño’ es inmaduro y congénitamente incapaz de defenderse a sí mismo.

Sin embargo, es una verdad de Perogrullo que las transformaciones sociales más relevantes son  lideradas por minorías, como minorías son también los grupos de oposición que se enfrentan a regímenes dictatoriales. Minorías son, además, la clase del empresariado que en las sociedades libres aportan al tesoro público en cargas impositivas, a la vez que crean puestos de trabajo, entre otros aportes.

Clase que, a contrapelo de tanta megalomanía populista, necesitamos se consolide en la Cuba post-Castro para levantar la calamitosa economía del país. De ella formarán parte en un futuro en democracia no solo los inversores que acudan desde el exterior, sino también los sectores de emprendedores (dizque ‘cuentapropistas’) –‘minoritarios’– que hoy son reprimidos o sofocados por el mismo Poder que nos asfixia a todos.

En el otro punto, otorgar a ‘los jóvenes’ en Cuba el papel de ‘vanguardia’ de los cambios que se propugnan –quizás como un involuntario remedo de la tendencia oficial de devaluar el presente, siempre sacrificable en aras de un porvenir luminoso– es cuando menos ilusorio, a la luz de la realidad actual. No solamente porque la juventud no es por sí misma condición sine qua non del éxito y garantía de los cambios que necesita Cuba –como lo demuestra el hecho de que la revolución de 1959 fue liderada y ejecutada fundamentalmente por jóvenes, con los resultados que conocemos–, sino porque gran parte de la juventud cubana apuesta hoy por la emigración al exterior antes que por reconstruir la nación.

En este sentido, es esperanzador el surgimiento de algunos focos y organizaciones de jóvenes activistas prodemocracia dentro de la Isla, que se han empeñado en ganar representatividad y han estado incorporando nuevas propuestas a las ya existentes desde años anteriores. Lamentablemente se trata todavía de proyectos incipientes, pero constituyen espacios renovadores y traen consigo una visión diferente, más a tono con este siglo que la de algunas de las viejas formulaciones.

Pero también sucede que en Cuba, donde existe una acelerada tendencia demográfica al envejecimiento poblacional, el enorme segmento de cubanos que rebasa los 45 o 50 años de edad necesariamente deberá ser tomado en cuenta, no ya como potencial económico, sino por su amplia representatividad política y su potencial como electores en un eventual escenario de transición y elecciones democráticas.

De hecho, la mayor parte de los opositores, disidentes y periodistas independientes de hoy se cuentan justamente en este segmento de edad, de manera que uno de los desafíos actuales es lograr la creación –aparentemente todavía lejana– de un bloque estratégico inclusivo que logre por una parte conciliar los mínimos consensos de todas las propuestas y, por otra, capitalizar el descontento social, reflejando los intereses de todos.

Es una vieja aspiración cuyos intentos de hacerse realidad hasta el momento han terminado en fracasos, debido principalmente a la extrema parcelación de la oposición y de la sociedad civil independiente –dividida por liderazgos, métodos de lucha, finanzas, pedigrí carcelario, antigüedad, regiones geográficas, propuestas, edades y hasta composición racial y de género–, lo cual debilita al conjunto y a su vez facilita el trabajo a las fuerzas represivas y en última instancia, al Poder.

Pero, volviendo al tema inicial, tampoco se trata de omitir los intereses de las ‘mayorías’ de la sociedad, desdeñar la importancia de los ‘jóvenes’ o dejar de reconocer la importancia de los nuevos liderazgos del presente y del futuro. De lo que se trata realmente es de la necesidad de avanzar a un nuevo mensaje político, mejor articulado, que refleje la realidad de estos tiempos y abandone definitivamente las definiciones y postulados maniqueos del siglo XX, plagados de alabanzas a “los humildes, los jóvenes y las mayorías”.

En especial, urge ofrecer a una población desesperanzada, descreída y abúlica una alternativa de cambios auténticos y una imagen de cohesión convincentes, en especial en estos momentos en que el Poder no solamente perdió su capital de fe, sino que acaba de anunciar mayores dificultades como promesa de futuro. La tarea corresponde a los líderes políticos.

Y esa alternativa no se va a alcanzar con la repetición, desde las antípodas, de posiciones del martirologio, la inmolación y la victimización, por muy sinceras y bienintencionadas que estas sean. Nadie se llame a engaños: los cubanos comunes están hartos de mártires; ya no quieren líderes dispuestos a morir para “señalar el camino”, porque prefieren el camino a la vida y a la prosperidad. Necesitan líderes vivos.

Dejemos, pues, a los científicos sociales la tarea de elaborar taxones y segmentaciones nominalistas que nos separan. Articulen los opositores un discurso más integrador y pospongan las competencias internas para el futuro en democracia, si realmente desean ‘el bien de todos’. Ya llegarán tiempos de libertades que permitan la certificación de parcelas sociales, sin que ello implique privilegios seculares ni atente contra los derechos de unos u otros.

En lo personal, seguiré desconfiando de cualquier arenga reivindicadora de humildes, lisonjeadora de jóvenes o leguleya de minorías. Dígase ‘ciudadano’, y solo ese sencillo vocablo abarcará los sueños de los cubanos de cualquier origen, sector social y edad.


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