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(Foto: EFE)

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LA HABANA, Cuba.- La tierra siempre estuvo habitada por misterios que desde hace tiempo fueron enunciados, incluso, por los herméticos de la antigüedad. En la mayoría de los casos eran verdades que Dios revelaba pero que luego se mantenían en secreto. Debe ser por eso que para los cristianos, y quizá para cualquiera, el misterio es lo incomprensible, eso que realmente existe pero tiene oscuros significados o que sencillamente nos es desconocido.

La enfermedad es uno de esos misterios, aunque todos tengamos la certeza de que alguna que otra vez vamos a enfermar. La vida, la enfermedad, la muerte, e incluso la sanación, son entidades que nos asisten a todos alguna vez; sin embargo nunca estamos preparados para enfermar, siempre nos toma por sorpresa y hacemos de todo para alejarla. Niños, jóvenes y ancianos, somos lo mismo ante ella. No por gusto decía Nietzsche, aquel filósofo que enfermó de sífilis, que esa muerte que podía sorprenderlo a cada instante lo igualaba al hombre más anciano, y hasta llegó a suponer que la enfermedad podía reafirmarlo en la salud, la que no consiguió después de enfermar, al menos no más allá de su filosofía.

Confieso que no me interesa la enfermedad que degrada el cuerpo, ni siquiera me gusta esa enfermedad que, como creía el alemán, puede reestablecer en algo la salud. Yo prefiero un alma y un cuerpo saludable. Lo terrible es que no siempre se consigue. Hilvano ahora estas ideas porque he sido visitado por una enfermedad que se ha vuelto común en estos días cubanos.

Hace apenas una semana, parado frente al espejo y dispuesto a afeitarme, descubrí que tenía conjuntivitis y una enorme erupción en el torso; más tarde comprobaría que esa misma explosión de color y de lesiones en la piel que habían invadido mi torso y mi espalda, y que picaban tanto, se hacían acompañar también de dolores en las articulaciones y de un poco de fiebre que iría creciendo con las horas.

Sin dudas algo no andaba bien y me fui al hospital, al más cercano, a la Covadonga. La doctora, con alardosa facundia médica, advertía posibilidades, indicaba exámenes, y exigía de inmediato un ingreso. Ella no tenía dudas. Yo estaba enfermo con el virus del Zika y debía permanecer hospitalizado, al menos diez días, a la espera de que llegara un especialista del IPK para recoger muestras de sangre que serían analizadas allí, en “Medicina Tropical”, y que darían un diagnóstico definitivo.

Una espera que, sin dudas, me haría más vulnerable, que me pondría en contacto con enfermos de dengue y otras rarezas… Fue por eso que me negué a ingresar, aun cuando la médico chillaba descompuesta asegurando que mi irresponsabilidad podía tener implicaciones legales; pero la mayor de las verdades tenía que ver con mi certeza de que yo no era culpable de la enfermedad que me asistía. Los culpables de todo no eran otros que aquel infinito enjambre de mosquitos Aedes que invadieron mi casa, como culpables eran también las instituciones de salud que debían garantizar la fumigación preventiva que hace más de tres meses no se realiza en todo mi entorno, sabiendo ellos que aumentaron en la últimas semanas los casos de zika, incluso en la población infantil.

Si escribo estas líneas, ahora que me siento mejor, es porque me parece el más grande de los misterios la desfachatez con que se abandonó la fumigación en las zonas de riesgo, que es toda la ciudad, todo el país. Y esa indolencia puede traer fatales consecuencias. La prensa oficial cubana se hizo eco de la enfermedad desde que apareciera en las islas Galápagos, y la alarma se hizo mayor cuando llegó a Brasil, donde hay una población de médicos cubanos que podrían entrar en contacto con el virus. Cada día la televisión y la prensa escrita anunciaban las medidas que se organizaban para evitar la entrada al país de la enfermedad, pero no se consiguió la inmunidad. Alguna vez fue confirmado el primer paciente venido del extranjero, y luego otro, y otro, y finalmente el primer autóctono, y muchos más.

Ahí comenzó, como siempre sucede, la fumigación semanal que implicó, incluso, a 8 500 efectivos del ejército, y estudiantes de medicina, de enfermería, que visitaban las casas buscando síntomas, señales del virus. Y luego sabríamos también de los defectos de la campaña, el propio Ministro de Salud Pública aseguraba que debían estar los funcionarios del Ministerio y de las direcciones a cualquier nivel, chequeando el saneamiento. Y supimos, solo por el cotilleo nacional y no por la prensa, que aquel preparado era muchísimas veces adulterado, y que el petróleo era vendido y hacía ganar enormes dividendos a los encargados de la fumigación.

Y también notamos cómo la profilaxis no contemplaba, la mayoría de las veces, a los salideros de esa agua que se estancaba en la calle y en todas las ciudades y pueblos y en cualquier asentamiento, ofreciéndose como un medio idóneo para la cría fatal. El estancamiento y la aparición de las aguas albañales es cada vez mayor en todas las ciudades, como si se hubiera dado la orden de: “¡En cada cuadra un salidero, en cada barrio un charquito lleno de larvas!” Y se dejó de hablar de zika, dengue y chikungunya, como si el mal hubiera pasado; pero crecía la población de mosquitos transmisores, y la vehemencia del médico que amenaza si decides no ingresar, si decides exigir, denunciar, el descuido de las autoridades, esa que tienen que garantizar la salud desde la eliminación de los vectores.

¿Cuál es entonces el misterio? ¿Por qué hace meses que no fumigan? Nadie puede responder. Los médicos dicen que lo suyo es la cura y no la prevención. Lo suyo es también la amenaza: “Si no ingresas me firmas esté papelito advirtiendo que es tu decisión y yo salvo mi responsabilidad”, así dicen y se lavan las manos como Poncio Pilatos. Y aumenta el secretismo. ¿Acaso no existen los componentes que lleva una fumigación? ¿Por qué la prensa no explica lo que pasa? ¿Por qué no cuenta sobre el incremento de casos de zika en las últimas semanas en esta ciudad? El hospital pediátrico del Cerro, conocido como “La católicas”, ha destinado tres salas para los menores contagiados, pero nada de eso dice la prensa, y de fumigación mucho menos.

Es por todo eso que descreo del espíritu de contingencia que adoptan en Cuba las autoridades sanitarias, y también de aquel Nietzsche que suponía la aparición de un hombre distinto tras la enfermedad. Él creía que de aquel enfermo nacía un hombre fortalecido, un superhombre, pero yo no lo creo, mejor me voy con quienes suponen que el cuerpo es una representación de lo que subyace en el mundo, y yo diría de lo que subyace en el país. Visto de esa manera, mi cuerpo enfermo es una representación de un país enfermo, o lo que es lo mismo: si yo no estoy sano, mi país no es saludable.


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