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Marcelo Hernández

A finales de este mes se pondrá a la venta la cuota del mercado racionado correspondiente a enero de 2017. Los cubanos que dependen de los productos distribuidos a precios subvencionados conmemoran a las afueras de las bodegas, y con largas filas, el 55 aniversario de la libreta de racionamiento, cuya eliminación sigue siendo una de las asignaturas pendientes de Raúl Castro.

En 2014 el salario medio mensual subió en la Isla un 24% y alcanzó los 584 pesos (unos 24 dólares). A pesar de ese incremento, muchas familias dependen aún de los precios subvencionados que mantiene la cartilla de racionamiento. Sus entradas no les permiten costear los precios marcados por la oferta y la demanda ni de la red minorista de tiendas en pesos convertibles.

Distintos analistas y funcionarios oficiales han advertido de que la eliminación de la libreta podría causar una caída del nivel de vida de los sectores más vulnerables de la población, entre los que se encuentran jubilados y familias que no reciben ningún ingreso adicional al sueldo estatal.

Entre los Lineamientos aprobados en el séptimo Congreso del Partido Comunista, en abril pasado, se acordó "dar continuidad a la eliminación ordenada y gradual de los productos de la libreta de abastecimiento". Sin embargo, hasta el momento la propuesta se ha incumplido, en parte por el escaso desarrollo económico que ha experimentado el país en los últimos años.

[[QUOTE:Distintos analistas y funcionarios oficiales han advertido de que la eliminación de la libreta podría causar una caída del nivel de vida de los sectores más vulnerables de la población]]El producto interior bruto de Cuba crecerá solo un 0,4% este año, su rango más bajo en las últimas dos décadas, según confirmó recientemente la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal). Ante esa realidad, el Gobierno no ha podido mejorar el poder adquisitivo de la población ni desarticular el mercado racionado.

El Gobierno se enfrenta al dilema de mantener la enorme infraestructura y los abultados costos de prolongar la vida de la libreta o suprimirla, con la consiguiente profundización de la pobreza en varios grupos sociales. Una medida de ese tipo tendría un innegable impacto político para un proceso que se ha definido como una revolución "por los humildes y para los humildes".

El oficialismo ha repetido en varias ocasiones que es preferible "subsidiar personas y no productos", pero la cuota racionada todavía se entrega a todo ciudadano por igual, incluso a aquellos que han alcanzado un nivel de ingresos superior a la media. La práctica se ha enfocado en retirar productos de la canasta básica subvencionada.

Arroz, granos, aceite, azúcar, sal, huevo, pollo y pan, son algunos de los alimentos que aún se mantienen en el circuito subvencionado, mientras que otras mercancías han sido retiradas de la libreta, entre ellas el detergente líquido, los jabones de baño y de lavar, dentífrico, pastas alimenticias, carne de res y cigarros.

Durante las décadas de los 70 y 80 resultaba prácticamente imposible vivir sin los productos de la libreta de racionamiento. Este fenómeno causaba, entre otros muchos males, una baja migración interna y un mayor control del Estado sobre los ciudadanos.

[[QUOTE:Arroz, granos, aceite, azúcar, sal, huevo, pollo y pan, son algunos de los alimentos que aún se mantienen en el circuito subvencionado]]Actualmente, la movilidad de la población hacia las capitales de provincia y en especial hacia La Habana ha aumentado a raíz de la flexibilización de la política en materia de alquileres de viviendas. La posibilidad de adquirir alimentos y productos de higiene fuera del sistema de racionamiento también ha contribuido al fenómeno.

La aparición de un mercado paralelo donde se incluyen establecimientos estatales y panaderías privadas también ha tenido una enorme importancia en el proceso de independencia ciudadana. El pan de la libreta, un tema recurrente en asambleas de rendición de cuenta del Poder Popular, análisis críticos en la prensa oficial y blanco de burlas de la mayoría de los humoristas cubanos, ha perdido su protagonismo.

Las familias con mejores entradas económicas han renunciado a hacer la tradicional cola para obtenerlo por 10 centavos de pesos cubanos. Prefieren apelar a las panaderías privadas que ofrecen una amplia variedad de productos a precios no regulados.

Las bodegas con estantes vacíos donde una pizarra anuncia los productos del mes se han convertido, junto a los viejos vehículos estadounidenses que aún circulan por las calles de la Isla y las vallas con mensajes políticos, en uno de los trofeos fotográficos que los turistas se llevan como parte del paisaje social de Cuba.

La desaparición de la libreta tendrá que esperar a que terminen de aplicarse las reformas paulatinas anunciadas por las autoridades. Probablemente serán más los que lamenten su fin que quienes lo celebren, pero el día llegará en que algún nieto incrédulo escuche a su abuelo las repetidas historias de "aquella época en la que todos comían lo mismo el mismo día en todo el país".


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