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LA HABANA, Cuba.- Un rumor, tan antiguo como persistente, ha conspirado contra la imagen de justicia e igualdad que la revolución cubana ha intentado vender al mundo. No existe un solo amante del ballet clásico que no haya escuchado comentarios acerca del racismo de Alicia Alonso. Las anécdotas contadas tras bambalinas encuentran una peligrosa correspondencia en la “blanqueada” nómina del Ballet Nacional de Cuba, donde muy pocos bailarines negros han figurado.

Carlos Acosta, Katherine Zuaznábar, Julio Arozarena y Andrés Williams son algunos de los nombres  que prestigiaron el imperio de la Prima Ballerina Assoluta. Todos, de una forma otra, experimentaron la discriminación. Los varones no solían hacer protagónicos en obras como Gisselle, El Lago de los Cisnes o La Bella Durmiente porque, al menos en el ballet, los negros no son príncipes.

Katherine Zuaznábar es aún hoy recordada como la única bailarina negra que encarnó la compleja dicotomía psicológica del personaje Odette/Odile; un acontecimiento que llenó el Gran Teatro de La Habana con los balletómanos asiduos, y muchos otros que solo asistieron para ver a la joven negra representar, muy dignamente, el protagónico más codiciado en el repertorio de la danza clásica.  Transcurría la década de los 90, un momento todavía glorioso para la Escuela Cubana de Ballet.

Veinte años después no hay bailarines, negros o blancos, que puedan devolver a la institución el prestigios de antaño. La Escuela Cubana de Ballet, como la Revolución Cubana, no es más que un título muy necesitado de mayúsculas, para impresionar.

Hoy el imperio de Alicia Alonso no pasa de ser una compañía mediocre que ofrece un par de giras al año, presentándose en teatros de quinta categoría. El actual descalabro de la que fuera una de las mejores academias del mundo, sumado al proverbial racismo de su fundadora, hacen inexplicable el hecho de que ayer, 28 de diciembre, la reconocieran como “Hija Ilustre del Callejón de Hamel”, un espacio para la cultura popular, con fuerte tendencia hacia las expresiones artísticas afrocubanas.

Alicia Alonso nada tiene que ver con el susodicho Callejón. Es un acto de rotunda hipocresía otorgarle un reconocimiento que parece inventado a toda prisa para atenuar el impacto de recientes declaraciones -emitidas por altas figuras de la danza- sobre el mal disimulado racismo de la Prima Ballerina. También podría ser un pretexto para colocarla ante las cámaras, luego de haberse esparcido el rumor de que había muerto tres días después que Fidel Castro.

Sea cual sea el motivo, la noticia de la condecoracion ha sido recibida con incredulidad y asombro, pues no se concibe a nadie más ajena a “lo negro” que Alicia Alonso. Y nadie se explica cómo y cuándo el tal Salvador González, que se autodenomina pintor, escultor y muralista, se convirtió además en el capo del Callejón, con facultades para emitir reconocimientos que son entregados por su hija y asistente.

El criterio para investir a la bailarina como “Hija Ilustre del Callejón de Hamel” no puede tener otro fundamento que la tracatanería y la conveniencia. Tantos nombres por encima del de Alicia Alonso merecían dicho homenaje, que no cabe duda de que el Callejón es puro folclor y postalita. Pero a pesar de los discursos, cuños y firmas que la acrediten como una federada sin mácula, siempre será más elocuente el hecho de que se prohibiera la presentación y venta de la autobiografía del bailarín Carlos Acosta; un libro que podría contener revelaciones sobre el proceder discriminatorio del Ballet Nacional de Cuba y su principal figura.


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