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Fidel Castro, Plaza Cívica

Fidel Castro, Plaza Cívica (desinformemonos.org)

LA HABANA, Cuba.- Es probable que muchos de los jóvenes fieles que caminaron la distancia que los separaba del Rincón este último 17 de diciembre, desconozcan que 55 años y tres meses atrás, es decir el 17 de septiembre de 1961, el “gobierno revolucionario” expulsó de la isla a 131 sacerdotes católicos a quienes obligó a abordar el buque Covadonga que los llevaría a España. No tengo noticias de que el párroco de ese santuario tan visitado, también en aquellos tiempos, estuviera entre los desterrados, pero sí puedo imaginar lo terrible que debió resultar la falta de clérigos en un templo que precisa de tantos oficiantes en una fecha como esa.

No sé cuántos de los jóvenes que hoy son devotos a San Lázaro se enteraron de lo difícil que fue entonces para los católicos practicantes recibir la eucaristía. Ya pasó tanto tiempo que quizá muchos de los que hoy hacen el camino del Rincón no sepan que importantes ciudades cubanas; Remedios, Caibarién, Sagua la Grande, con gran tradición católica, se quedaron sin párrocos, y las puertas de sus templos permanecieron cerradas un buen tiempo, hasta que decidieron importar sacerdotes canadienses, tan canadienses como aquellos pollos que también se trajeron desde el país del norte, y todo porque los que teníamos no servían a la revolución, quizá porque la religión no servía a la revolución. Peor la pasaron los católicos que vivían en pueblos más pequeños, donde sus creyentes tuvieron que conformarse con ponerse a la sombra del templo, junto a la puerta cerrada, para rezar el rosario, sin que pudieran recibir la comunión ni ponerse frente al altar mayor para persignarse.

Nadie volvió a ver en la isla a las devotas que cubrían sus cabezas con mantillas y que rezaban el rosario mientras hacían el camino de sus casas al templo, y hasta fue mal visto que alguien se atreviera a llevar a sus hijos al catecismo y que les inculcaran celebrar las navidades, era una afrenta a la revolución que la sala de una casa luciera El Sagrado Corazón de Jesús o el famoso árbol adornado con guirnaldas y con el nacimiento del hijo de Dios. Por esos días era muy malo que los niños esperaran a los reyes magos, y no quedó otro remedio que recurrir a la simulación. Aparentar que no se tenía ninguna filiación religiosa fue lo mejor para muchos; representar: blasfemar en la calle y rezar escondidos en un rincón. Puedo suponer lo que diría Tomás de Aquino, el santo dominico que tanto denigrara las mentiras.

La farsa se enseñoreó desde entonces y se escogió como estrategia. Muchos creyentes se vieron obligados a renegar si querían que sus hijos pudieran entrar a la universidad o para evitar que fueran encerrados en campos de trabajo forzado como las UMAP. La mentira fue socorro para conseguir la supervivencia. Y prueba de ello son los que decidieron no mentir, los que siguieron adorando las imágenes de sus santos y asistiendo a los templos cuando estuvieron reabiertos y con curas dentro; esos sí que la pasaron mal. Lo terrible es que la negación de Dios apareció también en las aulas y con las clases de Materialismo Dialéctico, y aquellos estudiantes que tomaban la comunión cada domingo tuvieron que explicar en sus exámenes de Marxismo las leyes de la dialéctica, escribir sobre la ley de la negación de la negación, sobre los cambios cuantitativos en cualitativos, y sobre la unidad y lucha de contrarios. No había otra manera de llegar a la universidad que no fuera representando, de la noche a la mañana, a un marxista. A los cristianos no les quedó otro remedio que simular, que es lo mismo que mentir.

Y parece que la mentira siguió hasta hoy enseñoreada en su pedestal. Tanto se ha inventado que la farsa se ha hecho muy común. Muchos de los que prohibieron ayer van hoy a los templos católicos o protestantes, muchos obedecen a los santos afrocubanos. En estos meses previos a la celebración de San Lázaro fue común ver a los fieles vestidos de saco y con elementos malvas en su pobre atuendo. En cualquier esquina miramos a la señora que escogió un rinconcito o un espacio bien visible para poner la imagen del santo con tabacos, una maraca y, muy importante, algunas monedas en la cazuela de barro que llamen a otras monedas. Hay fieles que son devotos en septiembre de La Caridad y en diciembre de San Lázaro, y por qué no, si en estos días habaneros, y en toda la isla, es muy común la mentira, esa que permite la supervivencia. Sentarse en un sitio visible haciendo señales de su devoción no lleva mucho trabajo y además ayuda al bolsillo y complementa la miseria que trajo la chequera. En La Habana Vieja me encontré a Esperanza, aquella responsable de vigilancia del CDR que odiaba que en el solar donde vivía se cantara a Changó y a Babalú. Ahora ella es devota y anduvo cubierta por un atuendo de saco.

Y no serán todas las ofrendas que reciben esos “fieles” las que lleguen al Rincón. En estos días de disimulo pulula el buen maquillaje. Aunque parezca increíble existen en La Habana los que simulan devoción, y hasta llagas en el cuerpo, quienes tienen heridas de atrezo, y sombras que cubren los párpados haciendo suponer grandes pesares. A esta ciudad le nacieron unos cuantos artistas del maquillaje que consiguen llagas y pesares. La tristeza, que es real en muchos casos, es para otros un modo de subsistencia. No todos los que andan pidiendo ofrendas en la calle son realmente devotos, pero es un buen negocio y da algún dinero y en algunos casos no lleva mucho sacrificio. A otros, a los de verdad, les cuesta más.

Cuando supe la verdad de uno de esos impíos me le acerqué. Bueno el trabajo; las úlceras parecían supurar en el hombro y en la espalda, pero no era pus lo que salía, era una mentira. Y lo más falso era su creencia, su devoción. Por su cuñado supe que aquel “trabajito le daba muy buenos dividendos. Unos dos o tres meses arrastrándose por la ciudad y soportando el enorme peso de aquella piedra lo hacía parecer un fiel devoto, y lo mejor es que despertaba una enorme compasión; se sucedían las limosnas, algunas podían llegar hasta 100 CUC. Así todos los días; unos meses de farsa y luego a descansar, a vivir del buen teatro. Aunque no lo crea el lector, de estos hay muchos en La Habana; menesterosos que no lo son tanto.

Quizá seamos los cubanos quienes más cerca estemos de esa certeza que tenía Schopenhauer, quien creyó en un mundo como voluntad y representación, él mismo nos advirtió que si alguien no quería recibir una mentira como respuesta no debía hacer preguntas. Los cubanos aprendimos muy bien a escaparnos por la tangente. Ese aprendizaje todavía tiene utilidad. Los cubanos aprendimos a mentir para sobrevivir. Antes, cuando fueron expulsados los curas, en esos años en los que no vinieron pontífices a la isla, muchos fieles se vieron obligados a negar a Dios, a embaucar para conseguir la sobrevida. Ahora, cuando ya son tres los papas que pasaron por aquí, la mentira es otra y viene de otro lado. Ahora que la fe es permitida y vigilada, quien no la tiene la simula, porque algunas veces esa devoción, esa angustia de mentirita es la que llenará a algunos el plato que lleva la mesa, y mucho más. La obediencia y la reverencia absoluta no es signo distintivo de estos “fieles”, debe ser porque desde hace rato nos obligaron a mentir, a simular, a representar, y poco importa a quien dediquemos tantas reverencias, si todo lo que se quiere es la vida, la sobrevida.


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