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LA HABANA, Cuba.- He vuelto a ver  la película “Un día de noviembre”, del fallecido director Humberto Solás. Las pocas veces que la han puesto en la TV, ha sido siempre  en el programa “De cierta manera”, que dirige el crítico Luciano Castillo. Gracias a Castillo y su programa, uno se entera de que hubo cine cubano antes de 1959, aunque no fuera portentoso (tampoco lo fue después, salvo contadas excepciones) y que no nació con el Instituto del Arte y la Industria Cinematográfica (ICAIC), como durante mucho tiempo nos quisieron hacer creer Alfredo Guevara y sus acólitos comisarios.

En dicho programa, que sale los jueves  en la noche por el Canal Educativo, también ponen películas que en su época no se pudieron exhibir. Es el caso de “Un día de noviembre”.   Realizada en 1972, no se pudo ver hasta casi veinte años después. Estuvo censurada, como hoy lo está “Santa y Andrés”, del joven realizador Carlos Lechuga, que no pudo ser exhibida en la más reciente edición del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano. Solo que los tiempos y los cubanos ya no somos los mismos y no hay igual mansedumbre ante las órdenes de los censores. La prohibición de “Santa y Andrés” ha provocado las protestas de muchos cineastas, que siguen en su pugna por librarse definitivamente de la tutela del ICAIC, que más que representarlos, los amarra.

Digan lo que digan, aunque quieran destacar que en la era raulista se han abierto espacios que eran insólitos hasta hace unos años, la censura y los censores siguen inconmovibles. Solo que ya no alcanzan los niveles de aberración a que solían llegar. Como cuando prohibieron en 1961 el cortometraje PM, de Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal, por el delito de mostrar a gente que bebía y bailaba en los bares de la Habana Vieja y la playa de Marianao en vez de andar vestida con el uniforme miliciano y preparándose para defender a la revolución de la agresión yanqui que anunciaban era inminente.

Hoy uno se pregunta, además de la ciega obediencia al Máximo Líder y la porquería enchumbada en marxismo-leninismo-estalinista que recitaban de memoria, qué más tenían en la cabeza aquellos censores al prohibir una película como “Un día de noviembre”, que era puro teque panfletario, dentro de la revolución y un poquito más allá, apologética a pulso, neo-realismo socialista ICAIC al 100%.

Ah, pero era pleno Decenio Gris y los comisarios tenían las tijeras sueltas y luz verde para prohibir.

Era inadmisible que en aquella película se mostrara a un revolucionario, que se suponía fuese un ser de una estirpe superior, con serios problemas existenciales, que no podía superar los traumas que le dejó la lucha contra la dictadura de Batista, que no fuera capaz de crecerse y trabajar en la construcción de la sociedad socialista. Y que para colmo, tuviera dudas del relevo generacional, a pesar de los espesos discursos de sus compañeros y de su enamorada, encarnada por una muy joven Eslinda Núñez, uno de los principales rostros femeninos del cine cubano de los años 60 y 70.

Fue un desperdicio que Solás, siempre tan afecto a las heroínas de tonalidad operática, además de a Raquel Revueltas para aquella escena onírica chapuceramente calcada del neo-realismo italiano,  haya utilizado en “Un día de noviembre” a una actriz tan talentosa y bella como Eslinda Núñez para poner en boca suya, parlamentos que de tan tecosos, incluso para una muchacha adoctrinada por el romanticismo castrista-guevarista de aquella sarampionosa época,  resultan más que poco creíbles, francamente ridículos.

Esteban, el protagonista de la película, ya que no puede vencer la neurosis, se ve enfrentado, según le dicen algunos de sus compañeros, a la disyuntiva de “volverse un mierda o meterse un tiro”. Y no se sabe qué hace, porque Solás deja un final abierto… A propósito, en ese final, un grupo de jóvenes celebran su triunfo en la emulación socialista retorciéndose al ritmo del go go. ¿Sería ese gusto por la música del enemigo, ese retorcerse a la manera de los enfermitos, otro de los problemas ideológicos que encontraron los censores en “Un día de noviembre”?

Los censores y sus jefes, si alguna vez tuvieron el dilema de Esteban, supieron solucionarlo: se volvieron “unos mierdas”, se acostumbraron a ello, lo hallaron bien y hasta les gustó, y no se decidieron a “meterse un tiro”. ¡Qué lástima!

luicino2012@gmail.com


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