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Frédérick Lavoie (Twitter)

LA HABANA, Cuba.- Según acaba de afirmar el ministro de Cultura, Abel Prieto, “la actual Feria Internacional del Libro es superior a su edición anterior”. Resulta extremadamente difícil comprender el significado de esas palabras. Pero hay un hecho que, muy a su pesar, pareciera darle la razón al funcionario; pues no es fácil imaginar, en el camposanto meticulosamente cuadriculado de ese evento, un hecho como el que protagonizara Frédérick Lavoie, uno de los autores canadienses invitados a esta edición de la Feria, que estuvo dedicada a su país.

Ante una audiencia a cada párrafo más sobresaltada, Lavoie leyó un capítulo de Antes del después: viaje a Cuba con George Orwell, un libro en el que se encuentra trabajando. Esa lectura hubiera tenido muy poca importancia en un país normal. Más aún, esa lectura y hasta el libro mismo carecerían de sentido si Cuba no fuera un país, digamos, peculiar.

El capítulo se titula “Relato de anticipación” y, como la obra misma, se nutre de las numerosas conversaciones que sostuvo el autor, en viajes anteriores, con varios escritores cubanos, acerca del país, de la novela 1984 y de George Orwell, y en general sobre literatura y sobre muchos otros temas.

Algunos de esos escritores, como el narrador y poeta Daniel Díaz Mantilla, estuvieron de acuerdo con que Lavoie citara libremente lo expresado en esas pláticas. Otra persona, según narra el autor en su capítulo, “me dijo que, si algún día tuviera que abandonar la isla para siempre, no querría que fuera por mi causa, sino por su propia voluntad”.

Algunos ojos comenzaron a desorbitarse en el auditorio, algunas alarmas se dispararon ya y no faltó quien, sin precisar más datos, escapara sencillamente como si de una emboscada se tratara. Huelga apuntar que ese no sería un comportamiento normal en el público si Cuba fuese un país normal.

Lavoie advirtió que, pese a su nerviosismo, no tenía miedo a expresarse, y que cada año más de un millón de canadienses viene a Cuba, “donde los cubanos y las autoridades del país los reciben con manos de seda, aunque se comporten como basura. ¿Por qué sería distinto conmigo?”

Otros más se apresuraron a escabullirse en ese punto.

Un antecedente (2016)

Hay que remontarse aquí a lo que constituyó el punto de partida para este libro de Frédérick Lavoie. La presentación que hizo precisamente Díaz Mantilla del libro 1984 de George Orwell en la Feria del año anterior, donde expresó, refiriéndose al ambiente de censura en torno al libro años atrás, que aquello “sigue ocurriendo a plena luz y en medio del silencio, como si un oscuro Ministerio de la Verdad lo camuflara, como si una ubicua Policía del Pensamiento impidiera la herejía de escrutar el pasado y el presente”. Y apuntó a los puntos de contacto entre “el espeluznante país que se describe en 1984” y la realidad cubana, como “la absoluta autoridad de un Partido que controla con mano férrea el acceso a la información, y el castigo despiadado a cualquier forma de disidencia”.

Díaz Mantilla comentó acerca del polémico debate que, según el prologuista Pedro Pablo Rodríguez, podría traer la publicación de tal título: “Me asombraría que un debate así ocurriera, pero me asombraría más si no ocurriera. El único inconveniente es que, para que tal debate sea público, debe realizarse a través de medios públicos, y en Cuba esos medios están en las exclusivas manos del Partido”.

Ya 1984 se había publicado en La Habana en 1961, antes de que el gobierno se adueñara de todos los medios de información. Ahora, ante la nueva edición, Díaz Mantilla se cuestionaba: “¿Estarán quienes controlan esos medios dispuestos a favorecer este debate? Me gustaría pensar que sí, por el bien de los cubanos todos. Mas no debemos engañarnos: dialogar no es solo hablar. (…) Es ceder una parte del poder que se detenta, y eso casi nunca se hace de buen grado. (…) ¿Estarán los intelectuales y los políticos en Cuba a la altura de ese reto?”

Volviendo a 2017

Frédérick Lavoie (1983) no es un escritor común. Parte siempre de sus reportajes periodísticos en el extranjero, lo mismo en Moscú que en Bombay. Ucrania, una fragmentación es un libro acerca de su experiencia en ese país. En Bielorrusia estuvo detenido durante quince días acusado de hacer periodismo “estúpido”. “Tengo la pasión de lo real”, asegura, y solo acude a lugares donde está ocurriendo algo y luego narra lo que sucede, “sin arte”, humanamente, sin ficción, en una especie de himno al periodismo independiente.

En su lectura del “Relato de anticipación”, los presentes en aquella mazmorra cultural de La Cabaña escucharon: “Las dictaduras viven siempre del tiempo cobrado a la libertad. (…) Pues bien, la vigilancia constante y la represión agotan al pueblo, pero también al régimen. Tanto más porque, contrariamente a los regímenes democráticos, las dictaduras no tienen ningún horizonte en el que afirmarse para poder regenerarse. (…) Están condenadas a proclamarse eternas y a procurar serlo. Es por ello que envejecen tan mal”.

Y más: “En 1955, seis años después de la publicación de 1984, un joven ambicioso que todavía no tenía treinta años, pero llegaría a marcar la historia de su pequeño país y la del mundo entero, declaraba: ‘Los déspotas desaparecen, los pueblos permanecen’. ¿Será ese pequeño fondo de humildad, bien oculto bajo un ego desmesurado, lo que lo llevó a exigir que no se erigiera ninguna estatua con su efigie tras su muerte? ¿O será más bien que temía el día en que tendría que ver desde ultratumba su rostro de bronce estrellarse contra el piso, sin poder hacer nada?”

Quienes todavía permanecían allí seguramente no daban crédito a sus oídos. ¿Y cómo los comisarios culturales no pudieron prever esta locura? “Prosigo con mi lectura. Odio a Fidel Castro. Odio a Raúl Castro. Soy yo quien ha escrito estas palabras, y yo quien ahora las pronuncia públicamente en la Feria Internacional del Libro de La Habana. Fidel ha muerto hace dos meses y medio. Raúl sigue en el poder”.

Pero el autor reconocía que estas palabras no reflejaban su pensamiento: “No siento odio por ninguno de los hermanos Castro. Sería más justo decir que no los quiero, que desapruebo la forma en que han dirigido Cuba y que considero que sus políticas han causado más perjuicios que beneficios para la Isla”.

Continuó Lavoie recordando la prisión de “El Sexto” por su performance “Rebelión en la granja”, e inquirió: “¿He ofendido al presidente del Consejo de Estado, Raúl Castro, al afirmar que lo odio? Si es así, ¿él u otra autoridad competente ordenarán mi arresto en virtud de ese artículo ambiguo de la ley? Lo dudo. En estos tiempos de capitalismo de Estado, en que el régimen busca atraer a los inversores extranjeros, imagino que no querrán alejar a un aliado tan fiel como Canadá encarcelando a uno de sus ciudadanos por una falta de cortesía. Aunque quizás me equivoque. Se verá. Yo no controlo esa dimensión del futuro”.

Le gustaría saber “¿por qué el dictador necesitaría de mi amor o incluso de mi respeto? ¿Por qué alguien tan poderoso debería preocuparse por mi opinión o por la de cualquier ciudadano cubano que quisiera tomar la pluma o el micrófono en público? ¿A qué podría temerle? La pregunta es tan inocente que merecería una respuesta. Lástima que el cable de este micrófono no sea lo suficientemente largo como para llegar al principal interesado”.

Por último, el joven periodista y escritor canadiense contó cómo, al ver que se publicaba 1984 en Cuba, se lanzó a investigar las circunstancias de esa edición, para responder por qué “una editorial controlada por un régimen comunista de partido único publicaba de pronto una de las novelas antitotalitarias más famosas?”, aunque sabía que “mucho más significativo” sería anunciar la publicación de “las obras completas de Heberto Padilla, Reinaldo Arenas, Guillermo Cabrera Infante o algún otro autor cubano ‘problemático’”.

Pero un año después, relata Lavoie, no ha podido saber gran cosa sobre los motivos de la publicación: “En esencia solo he acumulado rumores, especulaciones, deducciones, verdades a medias y mentiras. No hechos concretos”.

Acabó la lectura asegurando que el mejor modo de garantizar el interés de su libro para el lector cubano “sería concluirlo revelando los secretos de la publicación de 1984. No se trata más que de una simple anécdota, pero me parece que dice mucho del funcionamiento de la sociedad cubana actual y de su régimen político”. Si alguien tuviera información sobre el asunto, él apreciaría que se la comunicaran “cuanto antes para incluirla en el libro. Les estaré agradecido eternamente”.

Bueno, con esa declaración de vitalidad en medio del cementerio, seguro que esta Feria del Libro es superior a la anterior, y, si en la próxima se presentara el libro ya terminado de Frédérick Lavoie, sin dudas será mucho mejor que esta.


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