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Obama dio un histórico discurso en el Gran Teatro de La Habana durante su visita a Cuba (Foto: Carlos Barria/Reuters)

LA HABANA, Cuba.- Dejando de lado las pasiones de los partidarios y detractores de las políticas trazadas para Cuba por el recién salido Presidente Barack Obama, no caben dudas de que, para bien o para mal, éste marcó un antes y un después indeleble en la vida de los cubanos.

Primero fue con el restablecimiento de relaciones tras medio siglo de confrontación, que —aunque no cubrió ni de lejos las elevadas expectativas populares al interior de la Isla—, sí consiguió exponer a la dictadura cubana al escrutinio de la opinión pública internacional y demostrar que ésta es el verdadero freno para el bienestar y felicidad de los isleños.

En consecuencia, aunque los cubanos no son más libres tras dos años de acercamiento con el otrora “enemigo imperialista”, el castrismo se ha quedado sin argumentos para justificar la ausencia de libertades económicas, políticas y sociales, y así también ha perdido credibilidad en los foros internacionales y en los círculos políticos, donde está siendo abiertamente cuestionado.

Apenas unos días antes de abandonar la Casa Blanca, Obama dio otro paso determinante al disponer la derogación de la política de “pies secos, pies mojados”, dando al traste con los privilegios migratorios para los cubanos en EE UU y barriendo con ello las esperanzas de un incontable número de insulares que aspiraban a disfrutar en aquel destino soñado la prosperidad y los derechos que no son capaces de demandar en su propia tierra.

De esta manera, en solo dos años desaparecieron de golpe estas dos excepcionalidades cubanas que parecían eternas: la de una vieja dictadura, largamente tolerada por la comunidad internacional al ser considerada la “víctima pequeña, heroica e indefensa resistiendo los embates de la más poderosa potencia mundial”, y la de un pueblo —igualmente víctima, perseguido, desvalido y sojuzgado por la dictadura entronizada en el Poder— que se veía empujado a emigrar y que por tanto merecía el privilegio consubstancial de permanecer tranquilamente en territorio estadounidense por encima de cualquier otro inmigrante, no más pisando el suelo de ese país.

Así, en lo sucesivo, el régimen de los Castro podrá ser considerado como lo que realmente es: una prosaica dictadura sin atavíos heroicos; mientras los cubanos que huyen de ella sin haber hecho el menor esfuerzo por enfrentarla no serán calificados como “perseguidos políticos”, sino como otros tantos migrantes comunes y corrientes, tal como esos que en el mundo entero aspiran a disfrutar del bienestar y las oportunidades que brinda el hecho de residir en el país más desarrollado del planeta. Ni más ni menos.

Es decir, que si bien Barack Obama no mejoró ni empeoró la crisis cubana, en todo caso habrá que agradecerle que puso las cosas en su justa perspectiva, nos guste o no. Solo que a algunos (quizás a demasiados) les resulta mucho más cómodo endilgarle la carga directa por el actual estado de cosas en Cuba —incluido el incremento de la represión—, mientras otros (más astutos) de aquí y de allá mesan sus cabellos y desgarran sus vestiduras patrioteras contra la “traición” del exmandatario, generalmente con la inconfesable intención de hacer carrera política o de seguir medrando a costillas de la calamidad insular.

Son éstos los teóricos de “la mano dura” como carta de triunfo para derrocar a la dictadura Castro, esta vez con el hipotético apoyo del nuevo Presidente de EE.UU., como si esa estrategia no hubiese demostrado su ineficacia durante los 50 años anteriores.

La triste paradoja es que, a juzgar por la realidad presente, el castrismo —como otras dictaduras conocidas—, no “caerá” derrotado por el pueblo indignado, harto de la pobreza y la opresión. Tampoco será abatido por la tenaz lucha de la oposición o las presiones de algún gobierno extranjero. Lo más probable es que, en lugar de caer, el castrismo resbale suavemente por propia voluntad hacia otra ventajosa forma de existencia en un escenario socioeconómico diferente.

Porque mientras no pocos corrillos de cubanos de todas las orillas se desgastan y regodean entre reproches mutuos y lamentaciones inútiles, la mafia verde olivo continúa tras bambalinas repartiéndose el pastel, acomodándose tranquilamente en las mejores posiciones y moviendo sus fichas bajo nuestras desapercibidas narices, para poder seguir disfrutando de sus réditos y de los privilegios del poder cuando caigan definitivamente los últimos restos del raído telón del “socialismo a lo Castro”, que es todo cuanto va quedando del glorioso proyecto revolucionario.

Para sorpresa del ejército de desheredados sobrevivientes del experimento comunista, la progenie de la generación histórica y su generalato acompañante podrían emerger transmutados en magnates y empresarios, consumándose así el ciclo de la estafa iniciada en1959. Es, hasta ahora, el escenario más probable.

Quizás para ese momento habrán transcurrido para los cubanos 60 años de totalitarismo y once presidentes habrán pasado por la Casa Blanca, pero hasta hoy solo uno de ellos, Barack Obama, habrá influido de manera tan definitoria en el devenir político de la Isla.


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