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Arroyo Naranjo, La Habana, Luis Cino, (PD) Este 20 de mayo se cumplieron 115 años de la instauración de la República de Cuba, en 1902. Pero desde hace 58 años, Cuba es una república que oficialmente no tiene día de la república para celebrar. Y si sabemos que es una república -a la que milagrosamente no le pusieron el apellido “popular”, “socialista” o peor aún, “soviética”- es solo sólo porque lo dicen los dos primeros artículos de la Constitución de 1976. Por todo lo demás, Cuba dista bastante de lo que los estados democráticos entienden actualmente por “república”.

Luego de 1959, el régimen castrista, con su interesadamente distorsionadora visión de la historia, proscribió la fecha del 20 de mayo, porque considera que no marcó la independencia sino la instauración de una “república mediatizada”, una “neo-colonia yanqui”.

Con tantas décadas de repetición – ¡ay, Goebbels!- esa cantaleta ha surtido efecto.

Una vez leí un artículo donde un periodista afirmaba que el caudillo liberal y expresidente José Miguel Gómez dio por terminada la sublevación contra el gobierno de Mario García Menocal luego de recibir un maletín con miles de dólares de manos de un general norteamericano que había desembarcado del acorazado Missouri. El periodista aseguraba que como constancia hay una filmación en la que se oye cuando José Miguel Gómez, luego de embolsarse el dinero, dice a sus huestes: “¡Caballeros, esto se acabó!”. Una buena anécdota, otra más, sobre “la república mediatizada por el imperialismo yanqui”. Sólo que el periodista no pudo haber escuchado la voz de José Miguel Gómez. Olvidó que cuando debió ocurrir el hecho, allá por 1917, el cine era mudo. O como diría la poetisa Fina García Marruz, “…tenía el silencio”.

Un vecino que se dice fidelista y comunista aunque ya no lo sea tanto como antes, me confesó hace un tiempo que se asombró mucho al leer una carta de José Martí donde llamaba “querido hermano” a Tomás Estrada Palma. Mi vecino estaba firmemente convencido de que el primer presidente de la república fue “un anexionista impuesto por los yanquis”. No sabía que Estrada Palma, de cuya arrancada estatua en la Avenida de los Presidentes sólo quedan los zapatones de bronce prendidos tercamente al pedestal, era el hombre de confianza de Martí y el que lo sustituyó a su muerte al frente del Partido Revolucionario Cubano.

Le aseguré que Estrada Palma no era un anexionista. Mi vecino, tan acostumbrado a los líderes insustituibles, entendió con facilidad cuando le expliqué que Don Tomás, aconsejado por los guatacas que siempre hubo, se creyó imprescindible y quiso reelegirse a la brava, lo que provocó un alzamiento de los opositores. Antes que negociar con los alzados, prefirió agarrarse a la Enmienda Platt y solicitar la intervención norteamericana. Pero eso no es ser anexionista, le expliqué, sino en todo caso plattista, tan plattista como los que desde los tiempos de Kennedy esperan una invasión norteamericana que acabe con el régimen castrista, los que apostaban por la varita mágica antes de Obama y ahora de Trump o los gobernantes cubanos que dicen estar dispuestos a conversar “de todo” con el gobierno norteamericano, pero se niega a dialogar con quien tiene realmente que hacerlo: con la oposición cubana.

No estoy seguro de haber convencido a un viejo tan testarudo, pero me aseguró que iba a leer más y profundizar en la historia de Cuba. Justamente eso es lo que necesitan muchos compatriotas. Para que dejen de creer en supercherías y no repitan sandeces.

Si de algo carecen los análisis de la mayoría de los cubanos sobre los primeros 57 años de la república, es de objetividad. Están los nublados por el adoctrinamiento oficial que limitan los 56 años de la era republicana a La Chambelona, el plan de machete, la corrupción administrativa, las dictaduras de Machado y Batista y los marines borrachos que mearon la estatua de Martí. Del otro lado, los que idealizan un tiempo en que la comida valía centavos, la gente se vestía con elegancia y las victrolas tocaban boleros y guarachas en cada esquina.

La república no fue el desastre sombrío que nos pintan los ideólogos de la dictadura. Pero tampoco fue una maravilla: si todo hubiese sido tan bueno, de ningún modo pudo haber triunfado un engendro como la revolución de Fidel Castro.

Conocer bien la historia es el único modo de no volver a incurrir en los mismos errores. Sería muy saludable que algún día podamos abandonar la manía nacional de cifrar esperanzas y culpas en los gobiernos norteamericanos o en caudillos mesiánicos como Fidel Castro.

Cuando vuelva a haber república -la segunda, la tercera, según como se mire-, ojala no sea con los mismos vicios y errores que llevaron a la muerte en el paredón revolucionario a la que nació el 20 de mayo de 1902. De cualquier modo, espero que sus problemas sean más fáciles de resolver que los actuales. Para entonces, ya estaremos curados (alguna vez teníamos que aprender) de ciertas manías y espantos. De algo nos tuvo que servir el purgatorio castrista.
luicino2012@gmail.com; Luis Cino


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