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LA HABANA, Cuba.- Es una realidad que en Cuba los chicos comienzan a beber alcohol y fumar en edades cada vez más tempranas. Las campañas de prevención sufragadas por el gobierno, así como los spots televisivos y  mecanismos destinados a brindar apoyo contra las adicciones, son de una ineficacia comprobada. El primer factor que influye en la motivación de los adolescentes para consumir alcohol o tabaco, es el medio en que se desarrollan y la cultura mediática con la cual dialogan constantemente.

Hace pocos días el diario 14yMedio publicó un artículo que señalaba a las máquinas expendedoras de bebidas como un acicate para que niños y adolescentes compren cerveza, con el consentimiento o no de sus mayores. De hecho, el pie forzado para el texto fue la anécdota sobre un padre que supuestamente encargó a su hijo de diez años comprar una Heineken en la expendedora del restaurante La Abadía, situado en la céntrica avenida de Malecón.

El autor mencionó también que “varios de estos artefactos están ubicados en céntricas calles de La Habana, accesibles para cualquiera sin importar su edad”. Dada la gravedad del asunto, y considerando que la legislación cubana prohíbe la venta de cigarrillos y bebidas alcohólicas a menores de 18 años, el equipo de CubaNet inició una pesquisa que consistió, primeramente, en recorrer las céntricas calles de La Habana con el objetivo de contabilizar el número de máquinas expendedoras que podrían suponer una “tentación” para infantes y adolescentes.

Vimos tres de estos equipos: dos en la avenida Malecón, correspondientes al Café Neruda y al antes mencionado centro gastronómico; el otro se encuentra a un costado del restaurante-bar Las Terrazas, localizado en la esquina de Prado y Genios. CubaNet conversó con algunos vecinos del área, y aunque la mayoría estuvo de acuerdo en que las máquinas expendedoras no se hallan correctamente emplazadas para facilitar su control y supervisión, admitieron no ver con frecuencia a menores de edad tratando de comprar cerveza.

Para ellos el problema radica en que dichas máquinas no permanecen vigiladas a altas horas de la noche y quizás a algún muchacho se le podría ocurrir aprovechar el descuido. Pero todo queda en el plano hipotético, porque lo cierto es, como explicó Yosbel -gerente del Café Neruda y La Abadía- a CubaNet, que la cerveza “es una bebida cara y los chicos acostumbran andar en grupo, así que les da más negocio comprar entre todos una botella de ron y un pomo de refresco de cola para compartir”.

El gerente añadió que el emplazamiento de las expendedoras en los locales bajo su custodia, ha sido autorizado por las instancias pertinentes, siendo su objetivo satisfacer el consumo de mucho público que carena en el muro del malecón durante el horario nocturno. Sin embargo, al hallarse la expendedora fuera del negocio, se hace más difícil controlar el acceso de menores de edad quienes, a falta de dinero, la golpean o sacuden para ver si cae “algo”. Por lo general, el anhelo es que salga un refresco, pero… ¿y si en su lugar se desliza una Heineken?

Ciertamente, no puede afirmarse que exista una relación directa entre las máquinas expendedoras y el incremento del consumo de alcohol por parte de niños y adolescentes; pero su colocación sí contraviene la legislación cubana, debido a que podría facilitar la compra de cervezas a menores de 18 años, especialmente en un país donde esta bebida parece haber sustituido al agua potable en la protección contra la altas temperaturas y la deshidratación.

Según un artículo publicado en el diario oficialista Granma, el 45% de la población cubana mayor de 15 años consume bebidas alcohólicas. Siendo tan prematura esta inclinación, no es de extrañar que la mayor cantidad de dependientes alcohólicos tengan entre 25 y 42 años de edad. El problema ha sobrepasado cualquier intento de contención. Las féminas beben alcohol a la par de los hombres y, por contradictorio que pueda parecer, son más propensas aquellas con un nivel educacional superior.

Esto ha contribuido a la relajación de las costumbres domésticas y la educación transmitida a los menores, sobre todo porque en el imaginario popular la cerveza ha dejado de ser una bebida compuesta por alcohol para convertirse en una alternativa refrescante e inocua, que cualquier adolescente medianamente listo es capaz de adquirir sin siquiera acercarse a una máquina expendedora.

El foco real del conflicto habría que buscarlo en la familia, el espacio vital -especialmente en barrios marginales- y el contacto con un medio sociocultural plagado de música y audiovisuales que glorifican el alcohol, la promiscuidad y la holgazanería.

Varios entrevistados coincidieron en que muchos jóvenes andan todo el tiempo con el Plancha´o en la mano, y que no conciben compartir una conversación o un juego de dominó sin tener el alcohol cerca. Hoy es prácticamente imposible ver un grupo de muchachos conversando en la esquina sin que en medio de los tertuliantes haya una botella de ron.

Son múltiples los caminos al consumo de alcohol, pero ninguno pasa a través de las máquinas expendedoras. Tal como expresó una entrevistada: “en los repartos es peor; los jóvenes beben todo el tiempo y no hay aparatos de esos”.

Es el gobierno cubano quien sabotea sus propias campañas contra las adicciones. En las tiendas las neveras están vacías; en las farmacias no hay medicinas y el número 103 -supuesta línea de ayuda para adictos a todo tipo de drogas- siempre está fuera de servicio. Pero en todos los comercios hay variedad de cervezas importadas, rones, whiskey, vinos, tequila, vodka, bourbon y cuanto puedan desear los aficionados a la bebida.

Este mal, como todos los que aquejan al pueblo cubano, “viene de arriba” y parece más una estrategia de “pacificación” que un problema social fuera de control.


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