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Miami, USA, Waldo González, (PD) No podía ser mejor el título escogido por Juan González Febles (La Habana, 1950) para su volumen de narraciones homónimo, publicado por Neo Club Ediciones en 2014, ya que retrata en estos singulares textos muchos de los cientos de sucesos de la infravida, padecida, desde inicios de los ’60s del siglo pasado, por los capitalinos y los miles de oriundos de otras provincias y ciudades, sobrevivientes en la antes deslumbrante urbe cubana.

Cierto: tanto desarrollo tenía La Habana que sería denominada, desde la Colonia hasta fines de los ‘50s de la pasada centuria, entre otros calificativos: La Llave de las Antillas y La Llave del Nuevo Mundo. De tal suerte, los visitantes de otros ámbitos, apenas llegados, quedaban atónitos ante su fastuosa imagen de prosperidad y modernidad… hasta el aciago 1ro. de enero de 1960, cuando se detendría su enorme y constante florecimiento por la lamentable irrupción de un estudiante de Derecho y pandillero en la Universidad de La Habana, y luego “Capitán Araña” de la Sierra Maestra, donde se autodenominaría Comandante en Jefe, aunque jamás disparara ni una bala con su rifle de mirilla telescópica. En aquel tristemente recordado enero, arribaba el enseguida tirano y asesino apoyado por su deslavazada horda de “rebeldes”, tan engañados como todo el pueblo de la Isla, a los que el canalla e impostor había jurado no ser comunista.

Justo, a partir de esa fecha, comenzaría la cotidiana destrucción de la antes elogiada capital cubana que hoy, a casi seis décadas, presenta a los nuevos turistas (desconocedores de la envidiada metrópolis de antaño, considerada entre las tres más desarrolladas de Latinoamérica) apenas un mediocre simulacro de la que fuera emblemática ciudad, cuya muy distante y distinta imagen ahora la muestran sucia y destruida, tal si hubiera sufrido los embates de una guerra.

Como bien escribiera y publicara en el sitio Primavera Digital de Cuba, el pasado 20 de julio de 2016, el colega Frank Correa: “Juan González Febles […] aprovechó este resquicio para escribir durante veinte años el acontecer de Cuba con noticias, comentarios y emplazamientos al sistema comunista, que lo situó como uno de los personajes más incómodos de la sociedad civil.”

Y añadía: “con la publicación de El Libro de La Habana, ha dado su primera pisada con un texto descriptivo de situaciones y conflictos, el entorno y sus protagonistas”. Para enseguida adjuntar que lo relatado por Juan: es el submundo de los que sucumben a las fuerzas del poder y el de los que se rebelan contra ella. Historias conocidas solo por sus protagonistas, por los represores que las ejecutan y por la pobre gente del hábitat en que ocurren. Épica que se pierde en estaciones de policía, en las humildes moradas donde palpitan, o se eclipsan en el exilio.

Claro que por al caudal de lecturas, como la praxis escrituraria, el autor logra un sólido estilo revelador de la talentosa combinación de convincente periodismo y atinada cuentística que aúna en su creación. Deudor del Hemingway corresponsal de guerra y narrador, del Tom Wolfe del “Nuevo periodismo” y sus novelas La Hoguera de las Vanidades, Todo un hombre, Soy Charlotte Simmons y Bloody Miami, como del mejor Bukowski y su “realismo sucio”, González Febles emplea recursos de estos pilares del mejor diarismo y de la mejor narrativa contemporánea norteamericana.

De tal suerte, sobresale el dominio técnico de estos testimonios y crónicas que son, además y, a un tiempo, formidables cuentos. Así, tanto en sus relatos extensos, como en los breves, se constatan, entre otros recursos, el hábil empleo de frases breves, inesperados finales, mezcla de “géneros”, distanciamiento e ironía, más el necesario tinte del mejor humor cubano. Consecuente con ello y, a diferencia de otros, cuya opera prima es prologada por algún colegamigo, el propio González Febles informa al lector en su deliciosa por cáustica “Presentación” los datos siguientes:

Soy contrarrevolucionario, además cubano y, por si fuera poco, vivo en Cuba. Todo lo que haga, parte de una forma y otra de los presupuestos anteriores. Está de más que les cuente que mi sueño más ferviente es que se acaba de una santa y buena vez esta revolución que sufro y, ya de paso, si Dios lo quisiera, todas las otras.

Solo líneas después, precisa que sus relatos son:
[…] historias de gente real, muy real, de carne y hueso y muy de a pie. Pero también presento historias sobre otra gente no tan linda, pero muy real y, a fin de cuentas, también mi gente. La familia no se escoge, llega asignada y hay que sufrirla y, además (esto es lo más difícil), quererla. También son familia. A estos parientes mi gente linda los llama invariablemente ‘esta gente’. Las historias que pongo a consideración son las historias de mi gente y las historias de ‘esta gente’. ¡Qué se va a hacer! Como ya les dije, ellos también son mi familia.

Durante la intensa lectura de las nunca extensas 199 páginas del motivador volumen, integrado por 28 relatos —leídos de un tirón, como los mejores libros de todas las épocas—, escritos con prosa directa, desnuda, casi naturalista por su exactitud, al punto que quienes sufrimos durante décadas aquella (i)rrealidad, sentimos (“que es la mejor manera de recordar”, dixit el Premio Nacional de Literatura, notable poeta e icónico cuentista cubano Félix Pita Rodríguez) no solo la hambruna impuesta (a partir de su descabellada Opción Cero) por el sátrapa en 1990, tras la caída del Muro de Berlín, sino también “la deshumanización de la estructura social, los caminos sin salidas, la miseria del ‘período especial’, el racismo, la homofobia, el suicidio vuelto un medio de escape de la realidad, o la inútil búsqueda de una libertad personal que nunca llega”, tal bien asevera Correa en su comentario.

La cruda verdad, llamémosla hiperrealista, de los momentos vividos y recreados llega en implacables recuerdos/sentimientos, como bofetadas a los lectores que sufrimos la represión y agresiones del castrismo —como tantos colegas presos o no, tal este comentarista, que estuvo a punto de caer prisionero en una mazmorra del régimen— regresándolos a la Isla Gulag, aún aherrojada por el funesto régimen que hoy se debate entre el terror y la impotencia ante la ya próxima caída del chavismo/madurismo en Venezuela, pero continúa golpeando y apresando a quienes disienten de su impuesta ideología.

Valgan algunos ejemplos de los cuentos más extensos como otros de los más breves (que a continuación analizaré) en los que el lector corroborará las situaciones y conflictos sufridos por los cubanos de a pie, prolijamente narrados por González Febles a lo largo de su nunca extenso y siempre intenso volumen.

Veamos: Inicia el libro “Ninguno nos quiere”, evocador de los recordados sucesos de la Embajada del Perú en 1980. Su protagónico, Rudy, es un cuadro del Partido, aunque: no de los más endurecidos. Trataba […] de ganar méritos y convertirse en un hombre de vanguardia. Pero no lo conseguía. Siempre le decían que su origen de clase lo traicionaba. Le faltaba algo que los grandes gurúes verdeolivo definían como odio de clase. Hilario lo ayudó mucho en esto.

Mas, justamente, Rudy es enrolado por su antiguo amigo y compañero Hilario, en los sucesos de la Embajada del Perú, por lo que se une a los vándalos que atacan salvajemente a una “abigarrada comparsa de muertos de hambre, habaneros y palestinos hermanados por sus carencias, salidos de un bailable de Tropicana, embriagados”.

Con ironía y un (supuesto) aire de tranquilidad y paz (evocador de Salinger), González Febles escribe: “El sol vespertino era anaranjado y optimista. Los crepúsculos naranja son siempre optimistas. Es sol brillante pero blando, del que estimula más que castigar. No hacía calor esa tarde de abril, que alguien consideró en alguna oportunidad el mes más cruel”. (El subrayado es mío. WGL)

Así, el narrador, contrapunteando la violencia que se avecina y el todavía apacible entorno, alude al clásico poema de T. S. Eliot “La tierra baldía”, donde el gran poeta británico escribiera: «Abril es el mes más cruel», porque «engendra / lilas de la tierra muerta, mezcla / recuerdos y anhelos, despierta / inertes raíces con lluvias primaverales». Cruel, porque no hace como el invierno, ese invierno que «nos mantuvo cálidos, cubriendo / la tierra con nieve olvidadiza, nutriendo / una pequeña vida con tubérculos secos». De tal suerte, el cuentista alterna el ritmo y el ambiente mientras se prepara lo que vendrá: el ataque a los hambrientos borrachos con “estacas de madera, cadenas, pedazos de tubería y gruesos trozos de manguera de regadío”, por parte de los borregos: obreros y trabajadores que “debían impedir que los enemigos de clase irrumpieran en la embajada del Perú por el traspatio trasero”.

Ante la duda del pusilánime e indeciso Rudy, le recrimina Hilario: “¡Tonto! Esos son nuestros enemigos. […] ¡Traicionan a Fidel, a la revolución, a ti y a mí! ¿Es que no los ves? Vamos a partirles los cojones. Ninguno vale una peseta. ¿No los ves?”

Entonces, Rudy, resignado, asiente. Aprieta la cabilla y sigue a su amigo y jefe, aunque, desde ese momento:

cada vez que frente al aparato de televisión, proyectan la imagen gastada del anciano, las hurras y las consignas de marchas interminables hacia ningún sitio, Rudy recuerda y le parece que oír a su mentor y amigo: No te engañes, viejo, ninguno nos quiere…

En el segundo relato, “Hablando entre amigos”, el autor menciona un libro que, destacado por su denuncia del comunismo, fue y es prohibido en la Isla, como toda la obra del Premio Cervantes, el brillante narrador y periodista Guillermo Cabrera Infante: La gran estafa, de Eudocio Ravines, confiscado por agentes de la Seguridad de Estado, quienes le advirtieron: “que poseer ese libro era un delito, Propaganda enemiga en el acápite de tenencia”.

Aquí también se observa el influjo de técnicas cinematográficas en la escena que aparece en dos ocasiones: mientras interrogan al detenido, él sigue con suma atención (como una cámara) el lento paso del comején por la pared, imagen alusiva al filme polaco Faraón (1966), de Jerzy Kawalerowicz, que recuerda al escarabajo desplazándose con lentitud por la arena.

Deudor de las crueles prácticas de terror, empleadas por los comunistas rusos (KGB) y alemanes (Stasi), el oficial lo amenaza:

Si le acusamos […] de Propaganda Enemiga Oral, pasará ocho largos años en prisión. No lo resistirá”, el detenido miro al comején y descubrió otro significado, como si la vida le hablara precisamente desde donde nadie quería escucharla. Quizás el comején no vivía autorizado en ese espacio.

Como el absurdo rige la seudovida cubana, es utilizado por el narrador, quien subraya que al detenido —del que nunca se sabrá el nombre, pues, tal Joseph K, en La metamorfosis (1915), ha perdido su identidad para vivir una (ir)realidad solo en apariencia reconocible y cotidiana, pero sometida a una opresiva atmósfera opresiva y una asfixiante pesadilla, de la que ya no podrá salir— :no le permitirían salir exonerado, porque eran inexorables y sobrehumanos. No aceptaban el error o, mejor dicho, no aceptaban su humana posibilidad de equivocarse. Proyectaban y proclamaban un inevitable e inexorable conocimiento absoluto de todas las cosas, de todas las personas, que los hacía siempre y en cada caso fatalmente infalible.

Al final, el lector percibe que el reo ha enloquecido, al no entender nada de su ilógica situación, ya que mientras:

se alejaba en su ensoñación consciente del oficial [quien] como televisor […] en mute, gesticulaba. Como una película silente […] usaba el comején, que cobró un nuevo significado. El uniformado hablaba y no lo escuchaba: tenía centrada la atención en el comején. Pensó que no había visto arañas o lagartijas. Dedujo que las lagartijas eran las más peligrosas por andar de verde con una corbata roja. ¡Mala combinación ésa! —pensó, y descubrió que reía. Reía mucho, alto y con aspavientos.

El tercer relato, “Ladrones y policías”, es otra excelente muestra por su concisión y hábil empleo de la ironía (característica de todos los cuentos). Aquí González Febles dota al personaje central, Reynier Piedra, de un rasgo habitual de los cubanos: la doble moral, reflejada en una característica común de los habitantes del interior, quienes, apenas les ofrecen mudarse a la ansiada capital, ni lo piensan y de inmediato aceptan. Así, el joven alto, fuerte “no la desdeñó. Aunque la suerte llegó convoyada con traje y destino de policía.”

Ya investido como ‘agente del orden público’:

Reynier y el resto de los policías están tranquilos. Comparten un sentimiento de confianza. Se les ha entrenado mucho y bien. Están poseídos de la vanidad que embarga al soldado de tropa élite. Inmediatamente que suene el silbato, penetrarán en los inmuebles a registrarlo todo. Para la policía, la culpabilidad comienza por compartir la vecindad en una zona calificada como de ‘alto potencial delictivo’. No tienen que preocuparse. Para la versión oficial, cada ciudadano es culpable y corre por cuenta de cada quien demostrar su inocencia: Estas son las reglas del juego.

Mas, de momento, introduce la acción el narrador para ofrecer, en el siguiente fragmento, la secuencia fragmentada con veloces imágenes que recuerdan el inesperado control de la policía penetrando en una cuartería: un conjunto de casucas, evocadoras de la acción policial en la kasbah impenetrable que —tal un sendero de intrincados pasajes que se bifurcan (v. g. Borges) — es vista en el multilaureado filme italo-argelino de 1965: La Batalla de Argel, del realizador italiano Gillo Pontecorvo. Tan prolija y exacta es su narración que al crítico se le antoja una cámara siguiendo los rápidos percances:

Al sonar la señal, sale su escuadra de los camiones con logotipos de empresas, mientras otras “irrumpen en las partes bajas y rodean el perímetro, la de Reynier marcha directamente a la azotea.

[…] Descienden peinando cada cuartería y cada misérrima habitación de un lugar que recuerda más la africana Argel que la caribeña Habana. La adrenalina le inunda, puede sentirla circulando. Se siente superior con su uniforme negro, sus botas de exportación, las gafas de cristal polarizado y su reloj pulsera Seiko submarino que le entregó el coronel el día de su graduación.

[…] Reynier avanza empuñando en la mano derecha su arma de reglamento […] una pistola Makarov, de fabricación rusa. En la mano izquierda el bastón, que para ellos es una tonfa, arma propia de artes marciales asiáticos. Más, en un torpe descuido, pisa en falso y cae en un espacio cerrado y sin ventanas. Solo tiene una salida. Sobre hojas de periódicos extendidos en el piso, dos lomas de billetes de 20, 50 y 100 pesos en dos grupos. Uno en convertibles y el otro en moneda nacional corriente. Junto al hallazgo, seis individuos sorprendidos, como él mismo, le miran sin atinar a reaccionar.

Reynier piensa rápido y casi por reflejo les apunta con su arma. Los desconocidos le miran y le apuntan a su vez con sus armas. Algunas son idénticas a las suyas, otras son modelos norteamericanos y europeos clásicos. El momento es de suma tensión, todo puede suceder.

El mayor entre ellos le habla con voz calmada y casi hasta paternal. Le mira a los ojos. Reynier nunca sintió tanta paz y tanto aplomo en una mirada, y le dijo:

-Muchacho, ¿vale la pena morir por 800 pesos mensuales, cigarros y una jabita? Desmonta el arma, deja caer la cápsula y márchate […] sin mirar atrás. Hazte ese favor. Si no, muérete con nosotros, pero eso será una gran pérdida para todos y una grandísima comemierdería… piénsalo.

Concluye el operativo y son felicitados los policías por “la ejecución impecable”. No hallaron dinero ni droga. Solo un taller clandestino donde se fabrican acumuladores, una pizzería y una fábrica de caramelos. “Pero ellos hicieron lo suyo con calidad. La gente de trabajo secreto cargará con el fracaso. El DTI asumirá el revés.”

Ya partiendo de la kasbah cubana, mientras camina absorto en sus preocupaciones de cómo saldrá del embrollo en que se cree enrolado, un niño de siete u ocho años le hala la manga y le extiende una bolsa de nailon. Observa con atención su contenido “y se resiste a creer lo que ve. Adentro esta la cápsula perdida y un nuevo cargador. Junto a estos, un fajo de billetes de 100 cuc”.

Reynier piensa:
¿Cómo hará para salir de la policía? Lo más atinado será casarse y luego buscar la salida instalado en La Habana. Tiene que salir limpio para poder trabajar en una corporación o en algo ‘que sirva’. El dinero lo pondrá a buen recaudo. Tiene que pensar cómo se va de la policía. El dinero lo ayudará. Después de todo, descubrió que no tiene vocación heroica. No hay que forzar a la naturaleza, se impone vivir.

“Morir diferente” ofrece una historia mixta: la del gay Rodolfito, tema hoy tan común en la vida y la narrativa cubana contemporáneas, solo que enlazada con otros personajes, como la de la bella forense, el mayor y los mulatos que, tras penetrarlo, asesinan al gay, tras penetrarlo.

De tal suerte, inicia su relato González Febles:

A Rodolfito le gustaban los hombres y, entre estos, los negros. No lo podía evitar. Siempre había sido así. Por suerte para él, su familia no notó grandes diferencias con los demás niños de su edad. Al menos durante su infancia. Le protegieron y cuidaron de todo. No le permitieron juntarse con otros niños y lo mantuvieron ocupado entre un enjambre de solicitas tías. Querían que estudiara mucho y tuvo profesores particulares que complementaron su educación con clases de piano e idioma inglés y francés.

Y luego continúa ofreciéndonos la personalidad de Rodolfito, quien:

“…fue un niño normal que quería mucho a su mamá. Siempre mantuvo esa significación y esa preferencia por mamá. Cuando se hizo adulto, fue que se supo todo sobre sus afinidades. La familia estaba dispuesta a perdonar las mariconerías, pero lo de los negros era demasiado”.

La ironía regresa en momentos definitorios, como en el siguiente párrafo, donde apunta el narrador:

Todos eran de ideas avanzadas. Esta es la forma en que a los comunistas les gusta ser definidos. Pero por otra parte, eran buenos burgueses del Vedado, progresistas, pero burgueses. ¡Total! Todos saben lo que sufrió Carlos Marx con su hija, casada con un mulato, y nadie aspira a ser más comunista que él.

El afeminado Rodolfito, por influencias de su familia, sería salvado de las UMAP y devendría “una figura de la farándula habanera”. De tal suerte, viajaría en funciones de trabajo y publicaría varios libros en Europa. Tenía una cuenta bancaria en euros y, siempre “afectado y distante, salía a cazar jóvenes negros” en las noches capitalinas.

En este punto, presumo que González Febles toma como espejo de Rodolfito a cierto narrador y poeta cubano de familia ‘pudiente’, quien, aunque alcanzara en la segunda mitad de los ‘60s una mención en el Premio Casa de las Américas, sería como otros ‘tronado’ por gay durante la segunda mitad de los 60s, si bien muchos años después, primero con el apoyo de Fidel Castro y luego con el de su medio hermano Raúl, alcanzaría la ansiada presidencia de sendas instituciones culturales, la última de las cuales aún mantiene.

En los cuentos breves, el narrador igualmente mantiene los méritos antes apuntados sobre los relatos extensos antes analizados, logrando un volumen de alta calidad que evidencia una verdad oculta y/o negada por el castrismo y sus aherrojadas instituciones ¿culturales?: la narrativa disidente (por así definir estos talentosos narradores, publicados en Miami por Neo Club Ediciones), sí se atreven con los candentes temas de la absurda existencia de los cubanos de a pie.

Para concluir mi comentario, transcribo las siguientes palabras (tomadas de la contracubierta de El Libro de La Habana) del narrador, editor y director de esta editorial miamense, Armando Añel:

“Con esta compilación de relatos de Juan González Febles pasa como con las buenas películas, que aúnan calidad y gancho: ritmo, estética y mensaje. El lector se asoma a estas historias tal vez pensando encontrar más de lo mismo, las recurrencias de La Habana bajo el totalitarismo, pero queda inmediatamente atrapado por el fragor de un anecdotario trepidante, donde el realismo más minucioso retrata una cotidianeidad surrealista”.
colegamigo46@gmail.com; Waldo González López
Tomado de: Neo Club Press


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