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Marcelo Hernández

A las campañas contra el consumo de alcohol les ha surgido un enemigo. No se trata de un defensor a ultranza del Mojito o del Cuba Libre, sino de las máquinas expendedoras que despachan cervezas nacionales e importadas con solo introducirles unas monedas. Varios de estos artefactos están ubicados en céntricas calles de La Habana, accesibles para cualquiera sin importar su edad.

"Ve y búscame una Heineken en la máquina de allá al lado", decía este lunes un padre a su pequeño hijo desde el portal de una ciudadela en el Malecón. A pocos metros, sin control ni supervisión, se alza el autómata que capta la atención de los infantes porque "escupe latas frías", decía uno de ellos. Ningún empleado del cercano local gastronómico La Abadía parece prestar atención a quiénes usan el servicio.

Una reciente encuesta arrojó que el 35,7% de los jóvenes cubanos ingiere bebidas alcohólicas y que el 11,8% bebe y fuma. Entre ellos un número alarmante comienza a consumir tabaco y alcohol entre los 11 y los 13 años.

Una práctica común entre los padres radica en incitar a sus hijos varones, menores de edad, a darse un trago de ron porque "es cosa de hombres". Para muchos adolescentes la virilidad se mide en cantidad de "líneas" de alcohol que puedan consumir. Una tendencia que estas máquinas expendedoras sin ningún control facilitarán aún más.

Al otro lado del charco, en España, la venta de cervezas mediante el uso de máquinas expendedoras está prohibida desde 2010, en función de una ley de ese mismo año que limita el acceso de las bebidas alcohólicas a los menores de edad.


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