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Carlos Malamud

El 24 de mayo en Quito se inauguró un nuevo Gobierno. Tras su ajustada victoria electoral en la segunda vuelta, Lenin Moreno ingresó como presidente en el Palacio de Carondelet, marcando una nueva etapa en la reciente historia ecuatoriana. Si bien el traspaso de poderes con su antecesor, Rafael Correa, se ciñó al guión establecido entre dos políticos del mismo partido, Alianza País, habrá que ver cómo se desarrolla la relación entre ambos en el futuro próximo. Aquí viene como anillo al dedo la frase de Giulio Andreotti de que "Hay amigos íntimos, amigos, conocidos, adversarios, enemigos, enemigos mortales y... compañeros de partido".

Rafael Correa gobernó su país con mano de hierro durante más de una década. Tras sus largos años de gestión presume de haber situado a Ecuador en el siglo XXI y de ser el principal impulsor y artífice de la llamada "Revolución Ciudadana". Pese a las complicaciones existentes, es un celoso defensor de su legado y no está dispuesto a que nada ni nadie dilapide su herencia ni cuestione su imagen.

Podía haberse presentado a la reelección pero no lo hizo dadas las dificultades económicas y el estrecho margen por el que habría ganado. Era el mejor camino para cuestionar su invicto historial político. Su victoria también lo habría llevado a ejecutar un severo ajuste económico para salir de la actual recesión (en 2016 el crecimiento fue negativo, un -1,5%) y poner coto al creciente endeudamiento del sector público.

[[QUOTE:En sus primeros días de gobierno el nuevo presidente ha querido marcar cierta distancia con el estilo autoritario de su predecesor y sus ataques constantes a la prensa, la oposición y el imperialismo]]Correa no se presentó para no tener que enfrentarse a estos peligros y poder volver dentro de cuatro años como el general victorioso que regresa al campo de batalla. A sus 54 años puede permitirse eso y más. Pero aquí entra Moreno y la difícil relación que puedan mantener entre ambos. En sus primeros días de gobierno el nuevo presidente ha querido marcar cierta distancia con el estilo autoritario de su predecesor y sus ataques constantes a la prensa, la oposición y el imperialismo.

Si Moreno quiere corregir el rumbo económico, algo imprescindible, deberá enmendar errores del pasado. La dependencia del sector exportador de hidrocarburos y minerales, unida a una economía dolarizada que impide aplicar ciertas políticas monetarias como la devaluación de la moneda, no deja mucho margen de maniobra. Y si esto ocurre, forzosamente el relato que respalde los ajustes deberá criticar de un modo u otro, con mayor o menor severidad, los logros de Correa.

El ya expresidente amenazó con volver a la primera línea de la lucha política si la oposición "se porta mal" o si su legado es amenazado. En ese caso sobre la cabeza de Moreno pendería la opción de aplicar la "muerte cruzada", la disolución simultánea del Parlamento y del Ejecutivo y la convocatoria de nuevas elecciones. Si a Moreno le va mal, Correa puede encontrar argumentos válidos para ensayar un retorno triunfal. Pero ¿y si le va bien? Entonces habría un serio problema ya que nadie garantiza la predisposición del actual presidente a dejar nuevamente el poder en manos de Correa.

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Nota de la Redacción: este análisis ha sido publicado previamente en El Heraldo de México. Lo reproducimos con la autorización del autor.


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