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Raúl Castro durante una cumbre de la Celac (AFP)

LA HABANA, Cuba.- Una breve nota publicada por la prensa oficial cubana informa del encuentro sostenido por “El General de Ejército Raúl Castro Ruz”, con “el Jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo, Timoleón Jiménez” (FARC-EP), donde el primero “ratificó la disposición del gobierno cubano de continuar respaldando el proceso de paz colombiano”.

Para un lector no entrenado, la susodicha apostilla no pasaría de ser una comunicación tan insustancial como cualquier otra de las que tanto abundan en los medios del monopolio de prensa castrista. Sin embargo, las máculas saltan a la vista, aun cuando su significado más profundo permanezca oculto.

De hecho, algunos aspectos resultan provocadores y otros un tanto incongruentes. Digamos, si las FARC son el “Ejército del Pueblo”, ¿de quién es el ejército constitucional colombiano? ¿Acaso no es el verdadero y legítimo ejército de todos los ciudadanos de ese país?

Otra cuestión interesante sería entender por qué el gobierno cubano, quien en este caso se presenta con todos sus atributos guerreros de “General de Ejército”, a pesar de mantener relaciones diplomáticas con el gobierno democráticamente electo de Colombia, recibe junto a su flamante canciller, Bruno Rodríguez, al sujeto al que continúa calificando con el apelativo de “Jefe de las FARC”. Es decir, el “Jefe” de una “fuerza armada” ilegal que, se supone, está actualmente en proceso de desarme en virtud de los Acuerdos de Paz firmados precisamente en La Habana con el gobierno legítimo colombiano.

Como suele suceder cuando se reúnen los bribones, algo furtivo se cuece… y huele mal. En especial cuando Latinoamérica está viviendo un período signado por la pérdida del poder político de las izquierdas radicales en varios países aliados del castrismo y cuando el más necio (e importante) pupilo que hayan tenido los Castro, Nicolás Maduro, trata de sostenerse como una tabla sobre un mar violento en medio de la mayor crisis socioeconómica y política que haya sufrido Venezuela.

Todo esto nos conduce directamente al cuestionamiento de la utilidad de esa ficción regional llamada CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños), uno de cuyos más pregonados “logros” durante su II Cumbre celebrada en La Habana en enero de 2014, fue la “declaración unánime” de esta Región como Zona de Paz, con el objetivo de impulsar la cooperación y mantener la paz y la seguridad en todos los órdenes entre sus países miembros.

Más allá de las intenciones políticas y del (siempre estéril) afán de consolidar una alianza regional que haga frente a las crisis económicas e impulse el desarrollo, desde su creación en febrero de 2010 la CELAC se ha caracterizado por un abultado paquete de intenciones y declaraciones frente a una magra lista de resultados.

En ese sentido, la declaración de “Zona de Paz” es uno de los ejemplos más ilustrativos de la anomia de este organismo, en primer lugar por haber sido una paz invocada en un cónclave cuyo país anfitrión no solo arropa la más larga dictadura del Hemisferio, que viola sistemáticamente los derechos humanos de su propio pueblo y aplica la violencia contra cualquier signo de discrepancia política o inconformidad social, sino que durante décadas se dedicó a sostener y espolear numerosos conflictos armados en la región a través del entrenamiento de guerrilleros, así como del apoyo logístico e incluso el envío de tropas armadas a las zonas de conflicto.

La intrusión del Palacio de la Revolución en los problemas internos de varios países del Hemisferio resulta tan común que podría afirmarse que la mano del castrismo ha intervenido en alguna medida en todos y cada uno de ellos, ya fuera como títere de la Unión Soviética en los años más duros de la Guerra Fría, como germen difusor de esa enfermedad llamada “marxismo-leninismo” que inútilmente intentó de imponer en Latinoamérica y el Caribe, o más recientemente, como estrategia de sobrevivencia ante el fracaso del experimento de los gobiernos de izquierdas, aliados del castrochavismo.

Un recuento breve e incompleto de la presencia (injerencia) cubana en crisis internas de otras naciones de esta región demuestra que esta abarca una extensión geográfica inmensamente superior al territorio del archipiélago bajo el dominio de Castro, e incluye ideologías del más variopinto color.

Baste recordar la impronta castrista en las guerrillas en Bolivia, Colombia, El Salvador o Nicaragua; la participación en la crisis chilena que terminó con la caída del Presidente Salvador Allende; el insólito apoyo a la Junta Militar encabezada por Leopoldo Galtieri durante la Crisis de Las Malvinas (1982), zanjada con una apabullante derrota para Argentina y un alto costo humano y moral para esa nación; la breve y fracasada aventura de Granada bajo el gobierno de Maurice Bishop; las estrechas y sospechosas relaciones con el expresidente panameño Manuel Antonio Noriega, narcotraficante confeso y gran “amigo de Cuba”, tras cuya caída en desgracia no volvió a mencionarse en los medios oficiales cubanos salvo para anunciar su muerte, este martes 30 de mayo; y ya más recientemente, desde inicios del siglo XXI, la guinda del pastel: Venezuela, donde la penetración castrista ha hecho verdadera metástasis y hoy monitorea y tutela la cruenta represión del régimen de Nicolás Maduro contra su pueblo.

Pero, pasando por alto los ejemplos históricos, la convulsa realidad latinoamericana dista mucho de la tan cacareada “paz” regional. El permanente conflicto entre Bolivia y Chile, el interminable escándalo de corrupción brasileño que ha salpicado a decenas de políticos de la región, la violencia del narcotráfico y del tráfico humano que siembran la inseguridad y el crimen en las fronteras y entre la población, las tensiones entre Venezuela y Colombia, la persistencia del paramilitarismo en Colombia a contrapelo de los controvertidos Acuerdos de Paz entre el Gobierno y las FARC, y la crispación en Venezuela, donde la represión gubernamental contra las manifestaciones opositoras callejeras plantea un escenario decisivo donde se dirime la supervivencia de la democracia o la consolidación final de una dictadura apoyada desde La Habana.

Y mientras todo este vertiginoso torbellino gira en la “Zona de Paz”, el General-Presidente cubano se mueve blandamente en su remanso tropical, manejando a una misma vez los cabildeos diplomáticos que le permitan el reconocimiento del mundo civilizado y las intrigas guerreristas secretas. Porque la estrategia del raulismo en los nuevos tiempos consiste en ajustarse un elegante traje de demócrata, aunque bajo este sigan asomando tenazmente las verdes costuras de sus viejos atavíos de dictador de herencia guerrillera.


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