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LA HABANA, Cuba.- Poco antes de la medianoche Lucio entró a uno de los bares privados de La Habana en busca de clientes. Media hora después, llamo a dos de las más jóvenes de sus chicas para que se encontraran con él. Tenía contratados sus servicios sexuales, y más.

El esquema diseñado por el proxeneta necesitó veinte minutos para que las muchachas, de 19 y 21 años, llegaran al bar en un taxi rentado y llevaran, además, los gramos de cocaína que también pidió el cliente. Cada una recibe 100 CUC por los servicios sexuales, si no hay “extras”, y pagarán el diezmo al proxeneta, a quien casi siempre ocultan las ganancias completas.

El “cabrón” y la “diabla” son protagonistas sociales comunes en la realidad cubana. Tanto es así, que se confunden con las parejas de jóvenes, cuyo lado masculino no “pone a su ‘jevita’ a luchar”.

La costumbre de definir la prostitución como un concepto de “lucha” (supervivencia económica), culminó por rehabilitar el negocio del sexo bajo el nombre de jineterismo. Esta redención también ocultó el significado de proxeneta en denominativos como “cabrón” o “jinete”, apartando de la mentalidad de los cubanos la esencia negativa de la explotación sexual.

El estilo “hight life” de los modernos Yarinis no pocas veces gana la admiración de quienes los definen como carismáticos triunfadores en la batalla existencial del cubano de a pie.

La lógica del San Yarini

Con una prostitución despojada de negatividad, resulta lógico que el ser humano busque sus referentes de admiración en aquellas personas que triunfaron en una realidad similar, ya sean o no antihéroes, como Alberto Yarini Ponce de León, el proxeneta más conocido de Cuba.

Quizás este sea uno de los tantos argumentos de la transformación, en una deidad religiosa popular, de un personaje cuya popularidad la ganó por ser el típico dandi habanero, con una leyenda escasa de virtudes.

El máster en Teología Johan Moya Ramis, quien investigó el tema, explicó a CubaNet por qué este culto religioso indica una alarma para la sociedad.

“En la ética y en la moral social, ¿cuál es la virtud que puede haber en un proxeneta? (…) ¿Cómo una figura así deviene en una deidad de pueblo dentro de la propia religiosidad popular? En este sentido esta religiosidad se construye sobre la base del creyente que toma elementos de la realidad que le llegan de lo divino y construye su propia fe”.

La admiración por la vida de Yarini, también llamado “El Rey” o “El Gallo de San Isidro”, se han escenificado en obras de teatro, libros y llevado al cine, modernizándose en las imágenes de los videos musicales de reggaetón, donde aparecen los dandis tropicales rodeados de mujeres.

Ricardo Arencibia, residente en la barriada de San Isidro, se considera el principal custodio la ceiba que creció a pocos metros de donde fuera asesinado Yarini. Aunque nada le debe la ceiba al proxeneta, Arencibia explica por qué le brinda ofrendas al “Gallo de San Isidro” a través del árbol. “La ceiba es un árbol fuerte y Yarini era un hombre fuerte. Por eso aquí le brindo su café, su cigarro…”

En un comentario cultural sobre la película cubana “Los dioses rotos”, publicado en la revista Cubaencuentro, el escritor Néstor Díaz de Villegas resume la expresión social del culto religioso al proxeneta.

“El pañuelito blanco con que una meretriz cubrió la herida en el pecho del carbón, durante la batalla campal en el habanero barrio de San Isidro, en 1910, contiene la primera gota de sangre de lo que entre nosotros se convertiría en el culto del proxeneta sagrado”.

“La adoración del hombre fuerte, o Gran Chulo, revela, por un lado, trazas de supersticiones africanas, y por el otro, vestigios de creencias vernáculas en el vigor sexual del héroe”.

La subversión de la religiosidad popular

El sentido crítico de los cubanos está dominado por la moral ideológica oficial, donde se es inmoral si se atenta contra ella. Esta ideología deja como moralmente aceptable ese “luchar” que escuchamos tanto en la calle, verbo al que los cubanos agregan acepciones como robar o prostituirse, por mencionar algunos.

En la obsesión revolucionaria por crear al hombre nuevo basado en la imagen del aventurero Ernesto Che Guevara, se omitió el proxenetismo como una figura social y penal. No fue hasta 1997 que el incremento de la prostitución en la isla dejó sin luces el proyecto revolucionario. Fue entonces que el gobierno, culpando al turismo sexual extranjero, introdujo la figura del proxeneta en el código penal.

No es difícil entender la adoración de un muerto como Yarini en una sociedad machista que escondió al chulo porque no entraba en el concepto de socialismo. Si a esto sumamos que la religiosidad popular surge de las incertidumbres por resolver los problemas de la vida, se puede justificar la luminosidad alcanza por el espíritu del proxeneta.

Cuando realizaba este reportaje en las calles de San Isidro por mi lado pasaron muchos Yarini con el físico de Lucio. Algunos acompañados de sus “novias”, otros “luchando” durante el día para garantizar la jornada nocturna.

Es tristemente risible que después de repetir hasta el cansancio en las escuelas el lema: “Pioneros por el comunismo, seremos como el Che”, la subversiva religiosidad popular haya roto todos los esquemas (religiosos y revolucionarios), construyendo su propia fe en “El gallo de San Isidro”, el chulo más conocido de Cuba.


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