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(Foto: Marelys Fonseca)

GRANMA, Cuba.- El coche tirado por caballos, más que un medio de transporte, ha sido un elemento que identifica la historia y cultura bayamesas. Su uso se remonta a la época colonial y actualmente están presentes en cada ciudad de la isla.

Tradicionalmente, los coches formaban parte de cortejos tanto fúnebres como nupciales; las quinceañeras recorrían la ciudad encabezando toda una caravana. Serenatas, paseos, actos, romances e incluso servicio de taxi y ambulancia, se cuentan entre sus antiguas funciones, además de elemento decorativo y artesanal.

Pero el déficit de combustible y los problemas actuales en el sector del transporte han trocado su función. La incapacidad del gobierno para salir del atolladero les ha convertido en un medio alternativo bastante utilizado, única forma de resolver la  transportación diaria, para muchos cubanos y un próspero negocio para los propietarios.

Mucha demanda y pocos coches dieron rienda suelta al ingenio popular, poniendo el coche clásico en peligro de extinción e involucionando en una nueva especie, que varía en tamaño, forma e incluso nombres según la región donde circulan.

El invento resultante, se le conoce indistintamente como guaranda, carreta, quitrín, plancha o cocheta, aunque  algunos se empeñan en seguir llamándoles coche, a pesar de las abismales diferencias. En el argot popular bayamés, se les denomina cativanas.

(Foto: Marelys Fonseca)

La degeneración constructiva de estos cachivaches parece salida de una película de Hollywood. Aunque con calidad inferior, guardan cierto parecido a los carromatos usados por los cazafortunas, durante la fiebre del oro, en el oeste americano de mediados del siglo XVIII.

Las cativanas, o como prefieran llamarlas, son deformes simulacros de coche, tirados también por caballos. Por lo general, consisten en una desprotegida armazón cúbica rectangular de cabillas o angulares, montada sobre cuatro ruedas, con techo de lona y bancos de tabla, recubiertas con lona o vinil y un asiento delantero para el conductor. Dos trozos de tubo adosados al tren delantero sirven para anexarlo al animal.

Cada ejemplar es diferente, y cada uno más feo que su predecesor. Su construcción es técnicamente deficiente, pero cuentan con autorización estatal para transportar pasajeros. Su precio puede dispararse hasta 20 000 pesos (800 dólares), aunque nubes tormentosas descargan sobre la calidad de sus servicios.

Bajo el supuesto de cobro según oferta y demanda, el precio del pasaje es generalmente impositivo e inobjetable. “Si no te cuadra, coge otro coche… a ver si te sale más barato”, es frase gastada en el vocabulario de los cocheros, que hacen zafra lucrativa a costa de los pasajeros, volviendo a traer a colación la fiebre del oro.

A los riesgos que corre el pasajero, por la impredecible  reacción de los animales en la vía, se suman la deficiente ingeniería de las cativanas, su desplazamiento errático, al subir o bajar el cliente, el mal estado de las calles y la deficiente iluminación en horario nocturno.

Como consecuencia de las golpizas que propinan algunos conductores a sus bestias (término válido también para el conductor), los artefactos salen disparados bruscamente, provocando continuas sacudidas y desviaciones al intentar evitar baches, zarandeando los pasajeros a diestra y siniestra. En ocasiones provocan roturas, accidentes y lesiones. Los afectados por “daños colaterales” y sus protestas son ignorados con impunidad.

(Foto: Marelys Fonseca)

Las “benevolentes” leyes cubanas, no regulan ni castigan con severidad el maltrato animal, que no se limita a fustigar con vileza a los caballos morosos o caídos, que en ocasiones trabajan más de diez horas diarias. Tampoco existe en Bayamo algún lugar donde los animales puedan comer o beber, durante los breves descansos entre recorridos.

Por otro lado, la creciente presencia de caballos en zonas urbanas afecta la higiene pública  y favorece la aparición de  enfermedades y la propagación de microbios y parásitos, asociados al animal.

Por deficiente colocación o vaciado, el saco colector de las heces, a menudo deja caer trozos en las calles y piqueras, dejando un maloliente rastro de orine y polvo de excremento, que afectan las vías respiratorias, las casas aledañas y algunos comercios coincidentes con la rutas habituales, que ofertan sus mercancías, generalmente alimentos.

La piquera ubicada frente a la terminal bayamesa de ferrocarriles muestra diariamente un deprimente espectáculo a la vista y el olfato. Varios entrevistados afirman que a veces el ambiente se torna irrespirable y lamentan la falta de higiene.

“En ocasiones, un auto fregadora moja este tramo de calle, pero nunca con la barredora (cepillo mecánico) funcionando…, lo que hace es regar la peste y hacer charcos malolientes”, manifestó un viejo limpiabotas que allí trabaja. “Cuando la calle está seca, el polvo (de excrementos) se mete hasta en los bolsillos”.

Realmente, de la típica tradición bayamesa de pasear en coches o calesas, admirando la ciudad bajo la  luz de la luna, solo quedan las glorias del pasado. El presente se reduce a usar la cativana que aparezca, para trasladarse según la ruta fijada, hasta el punto más cercano al destino final del pasajero, dejando atrás el romanticismo de admirar o deleitarse durante el trayecto.

(Foto: Marelys Fonseca)


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