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Las cenizas de Fidel Castro pasan frente a un grupo de cubanos mientras son trasladadas al cementerio de Santa Ifigenia (univision.com)

LA HABANA, Cuba.- Quién es realmente Fidel Castro es el título del libro de Juan Felipe Quintero Acuña publicado este año en Miami, por Editorial Voces de Hoy. Como este autor es un asiduo lector de CubaNet, ha tenido la gentileza de hacerme llegar un ejemplar como regalo, desde esa ciudad, donde vive hace once años.

A través del estudio de la astro-numerología egipcia, al que se ha dedicado Quintero Acuña durante más de veinte años ―incluyendo temas esotéricos, ocultos y paranormales―, vemos a un Fidel Castro Alejandro Castro Ruz en todas sus múltiples facetas, explicada cada una de ellas en todos sus detalles.

Encontramos en su libro definiciones sumamente interesantes. Según el expediente egipcio de este hombre, nada normal, dictador durante más de medio siglo, “fue el elegido para realizar una misión destructiva, con el fin de que se suelten las emociones más negativas, y que luego el corazón se prepare para lo mejor, para lo más positivo”.

Si Quintero Acuña nos invita a pensar en que este “antiguo personaje del planeta tierra” es un ser programado para que todos los que lo conocimos, sufrimos, amamos, admiramos u odiamos, tengamos una idea de lo que representa la fuerza del mal en nuestro planeta, dio en el blanco.

La antigua sabiduría egipcia nos habla de su licencia cósmica y de “cómo vino a este mundo a trastornar a hombres y naciones como propagador de la oscuridad, empeñado en controlar la historia y engañando a millones”. ¿No son estos incapaces de reaccionar ante su absolutismo, ante su poder unipersonal?

Recordemos que los dictadores, sobre todo los totalitarios de izquierda, son avezados instrumentadores de los medios informativos hasta después de muertos. ¿No gobernó e impuso sus criterios con pistola al cinto? ¿No fue capaz en 1962 de permitir, a espaldas de su pueblo, el despliegue de un material nuclear equivalente a 5 198 bombas como la de Hiroshima? ¿No fue capaz de pedirle a Jruschov que diera el primer golpe nuclear contra Estados Unidos, dando pruebas de su falso amor por Cuba? ¿No fue capaz de mantener a la fuerza un modelo económico durante décadas, a sabiendas de que “no servía ni para nosotros mismos”, como dijo?

Psicólogos, periodistas, biógrafos, analistas políticos del mundo entero, y hasta la CIA, han hurgado en el fenómeno Fidel Castro, buscando una explicación a su conducta y a su logro de gobernar por sus pantalones, contra los molinos de viento.

Todos coinciden en sus análisis.

Como colofón, ahora tenemos la semblanza egipcia de Quintero Acuña, que nos dice, en síntesis, que estamos ante un “catastrófico destructor, capaz de construir una pirámide, sólo para reducirla a polvo”.

El final de Fidel Castro, que tanto amaba la vida, demuestra cómo se protegió todo lo más que pudo de la muerte. Recordemos que para lograrlo creó como objetivo principal, desde la Sierra Maestra, a la Seguridad suya y de su Estado, para protegerse de sus enemigos y aniquilarlos, unos con la muerte, otros con la tortura, el resto con el destierro.

Una muestra palpable de su egocentrismo.

En sus últimos diez años se aisló del mundo ―entiéndase de su pueblo―, quizás para lograr que sus células se renovaran fácilmente con la ayuda de su veintena de médicos, los mejores del país, que se propusieron alargar su vida hasta los 120 años, mientras sus planes para desarrollar a Cuba fracasaba ante los ojos del mundo.

En su ficha egipcia, donde se conocen sus fuerzas cósmicas más sombrías, vemos a un Fidel Castro tal como lo conocimos los cubanos, sobre todo aquellos que lograron acercarse a su persona física: un hombre sumamente astuto, pícaro, hábil en ardides, estratagemas, artimañas, etc. Un mentiroso a carta cabal con cara de bueno, empeñado en demostrar que “la defensa de la dignidad nacional” equivale a la permanencia de un proyecto político-económico fallido, algo que continúa haciendo Raúl, su hermano menor; su misión, aunque inútil, es propia de una diabólica herencia familiar.


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