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En cualquier barrio salta a la vista ese anciano para el cual no existe un espacio donde encontrar distracción (Foto: Ernesto Pérez Chang)

LA HABANA, Cuba.- Algunos dicen que es una costumbre y que ha quedado como herencia española, pero también están quienes afirman que dormir la siesta es una reacción normal de las personas que viven en países calurosos como el nuestro.

Lo cierto es que a muy pocos asombra ese paisaje cotidiano donde se hacen evidentes el aburrimiento y el cansancio, el abandono y la vagancia, la miseria y el desencanto.

En La Habana no es difícil capturar una imagen de alguien echado en el suelo en medio de La Rampa, una de las zonas más céntricas de la capital, o simplemente cabeceando mientras espera el transporte que lo regresará a casa, nuevamente para quedar dormido hasta el otro día.

En Cuba es normal que la gente interrumpa el horario laboral para tomarse un largo descanso que va más allá de fumar un cigarro o ingerir algún alimento. Después del mediodía, incluso a media mañana, es posible toparse con la imagen de alguna dependienta roncando sobre el mostrador de su comercio o a un barrendero dormitando a la sombra de un árbol.

“Es normal. Es el sueñecito normal”, nos dicen varias personas a las que les preguntamos en la calle.

‘Es como cuando uno bota a un perro de la casa, o cuando se pierde. Se tiran a dormir hasta que aparece alguien que les dé comida o hasta que se mueren’, dice Graciela (Foto: Ernesto Pérez Chang)

También están los que opinan sobre un país donde existen multitudes que, no tenidas en cuenta en los planes de salvación del Gobierno, han quedado totalmente fuera del juego, digamos que en suspensión.

“Es como cuando uno bota a un perro de la casa, o cuando se pierde. Se tiran a dormir hasta que aparece alguien que les dé comida o hasta que se mueren”, dice Graciela, una anciana que me ha visto tomar una foto a una enferma mental que duerme bajo el sol ardiente del mediodía.

“A veces pasa el carro (del Hospital Psiquiátrico) y los recoge, pero después los vuelves a ver, como si nada. Dicen que se escapan pero es mentira, los vuelven a soltar a los días. (…) Uno se da cuenta que viene un presidente o una personalidad de afuera (extranjera) cuando pasa el carro del Psiquiátrico y los cargan. ¡Ah! Eso es que viene alguien, y de verdad. (…) Pero toda La Habana está llena de gente durmiendo en los parques, a la intemperie, y no solo gente loca. Eso no se veía antes”, se lamenta Graciela.

“La mayoría son enfermos mentales que no tienen amparo familiar o han sido dados de alta”, afirma Pedro Miguel León, quien trabajara como técnico patólogo del Hospital Psiquiátrico de La Habana y que fue testigo de la oleada de muertes por negligencia médica que revelara la prensa independiente no hace mucho tiempo atrás.

En La Habana no es difícil capturar una imagen de alguien echado en el suelo en medio de La Rampa (Foto: Ernesto Pérez Chang)

“Siempre fue así y sigue igual. Los llevan, los guardan un tiempo, y luego los dejan ir. (…) A veces incluso dejan que se escapen para que sea menos gente que alimentar”, afirma Pedro.

Sin embargo, no solo son los enfermos mentales quienes deambulan sin rumbo por nuestras calles. En cualquier barrio salta a la vista ese anciano para el cual no existe un espacio donde encontrar distracción.

Incluso al interior de los hogares se les hace difícil la existencia al no ser considerados un pilar fuerte de la economía doméstica.

“Son ceros a la izquierda. Ocupan el último lugar en el hogar”, explica el Doctor Lionel Azcuy, psiquiatra experto en la atención al adulto mayor: “(El hogar) casi siempre es una vivienda en malas condiciones, sin ventilación, sin agua, sin espacios para la privacidad, donde la familia vive hacinada, por eso los ves durmiendo la siesta en un parque, o en la entrada de la propia casa, en un borde de acera, en un portal, porque es el lugar más fresco, o donde no molestan”, comenta el especialista, quien no duda en considerar esas escenas cotidianas de personas mayores o enfermas dormitando en las calles como reflejo de lo que sucede con buena parte de la ancianidad y no como un práctica cultural.

Se les hace difícil la existencia al no ser considerados un pilar fuerte de la economía doméstica (Foto: Ernesto Pérez Chang)

“¡Qué tradición ni ocho cuartos! Una cosa es dormir la siesta y otra es tirarse donde sea, como un animal sin lugar. (…) La llegada de la edad de jubilación muchos ancianos en Cuba no la asumen, no la pueden asumir, como una nueva etapa de la vida donde hacer cosas nuevas sino como la espera del final, es la antesala de la muerte. Ya todo se acabó y hay que resignarse, de ahí que muchos cometan suicidio o deriven en alcohólicos. (…) El dinero no les alcanza para sostener el hogar, sino solo para comprar escasamente las medicinas. (…) El Gobierno debería tenerlos más en cuenta a la hora de pensar que somos un país que envejece. No es solo decir que se ocupan de ellos, es que cualquiera pueda comprobar que realmente lo hacen, y no me refiero a mantenerlos con vida dándoles medicamentos y atención médica, es ofrecerles oportunidades como a cualquier joven o niño, o mucho mejor”, opina Azcuy.

Aunque el Gobierno cubano, en su discurso sobre los ambiciosos planes de desarrollo económico para el 2030, ha prometido no dejar desamparados a los menos favorecidos por la fiebre de inversiones capitalistas, las imágenes cada vez más frecuentes de personas abandonadas a su suerte están demostrando que existe un aumento preocupante de las desigualdades sociales, algo que ha hecho que en las calles de Cuba algunos se pregunten sobre la pertinencia de continuar el modelo político comunista.

A muy pocos asombra ese paisaje cotidiano donde se hacen evidentes el aburrimiento y el cansancio, el abandono y la vagancia, la miseria y el desencanto (Foto: Ernesto Pérez Chang)


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