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Joven fumando marihuana (hereshelpinc.com)

LA HABANA, Cuba.- “Me impresionó la espontaneidad con que se ha realizado esta marcha y, además, que la hicieran los jóvenes, ¡los destinatarios del mensaje!”, declaró un latinoamericano entrevistado en un programa de televisión, sobre una demostración juvenil en apoyo al Día Internacional Contra el Tráfico Ilícito y el Abuso de Drogas.

Para comprobar si tal marcha fue tan espontánea y organizada por los mismos jóvenes a los que iba destinado el mensaje, solo había que esperar a que hablaran los propios muchachos. No dijeron más que los lugares comunes que se dicen en Cuba cada día contra las drogas y algunas naderías que la presencia de la cámara les inspiró.

La jefa de un departamento de psicología, o algo así, dijo en serio que aquella era una marcha por la dignidad que la droga destruye, y parecía la señora tan dopada como los jóvenes por los mismos estupefacientes ideológicos con que los atiborran todo el tiempo para que, precisamente, pierdan la dignidad natural con que actúa la juventud en la vida, o sea, en la historia.

En los medios salieron los dos tipos de artículos y reportajes de siempre, los pálidos y los insultantes. Los pálidos, hablando de la iniciativa “Escucha Primero” para “prevenir el consumo de drogas y lograr el bienestar de niños y jóvenes, sus familiares y comunidades”, tema central de la conmemoración de Naciones Unidas en este año.

Los insultantes, según lo usual. Fragmentos de entrevistas a muchachas rehabilitadas, con preguntas arrogantes y distanciadas como “¿Te gustaría que tu hija viviera lo mismo que tú?”, en tono increíblemente despectivo, al modo de: ¿Cómo te atreviste a drogarte, a hacerle eso a la revolución después del sacrificio que ha hecho por ti, desagradecida?

Y las mismas pobres muchachas confesando el infierno por el que habían pasado y cómo habían sido rescatadas por psiquiatras buenazos de tales horrores. ¡Y las dulces autoridades! ¡Y qué confidenciales las líneas “confidenciales” de ayuda! Y esas adicciones que no sirven para nada. Y cómo ellas se incorporaban ahora a la vida. Y qué maravilla, qué país.

Es posible que algún despistado hable aún de que en el capitalismo los jóvenes tienen motivos de sobra para intentar enajenarse a través de las drogas; pero que en el socialismo no, qué va, pues aquí eso es un rezago del pasado y no terror al futuro ni la cabeza de un guanajo.

La política es: Dile no a la diabólica droga pues los malosos se aprovechan de ti. Y en verdad no se habla de drogas, ni se advierte a los jóvenes contra los tipos de sustancia que hay en la calle y los peligros de la adulteración. Tal aviso lo da el periodismo independiente. Nunca los medios oficiales, con metodología gótica y de un metemiedo minuciosamente inútil.

Mientras, los jóvenes siguen consumiendo “lo que aparezca por ahí”. La persecución y las duras leyes logran que disminuya por temporadas la cantidad de droga en la calle, pero también que aumente mucho su precio, con las consecuencias que eso trae, como el alcoholismo exasperado y el consumo de cualquier cosa que suba o baje el ánimo, o que parezca hacerlo.

Porque muchos están consumiendo, como si se tratara de drogas psicoactivas, medicamentos que técnicamente no lo son, como la carbamacepina o el meprobamato. Hace casi 30 años se exhibió un documental soviético, ¿Es fácil ser joven?, donde los especialistas se mostraban alarmados porque, cuando retiraban de las farmacias una sustancia utilizable como droga, enseguida los jóvenes adictos comenzaban a usar otra en sustitución, indeteniblemente.

Los medicamentos psicoactivos que todavía se venden en farmacia, “tan controlados como los explosivos”, como reconocen los funcionarios de Salud Pública que se encargan de ello, son cada vez menos distribuidos, porque se obliga a los doctores a que los receten cada vez más restrictivamente y que de hecho se los retiren a muchos pacientes necesitados de ellos.

Es el caso del metilfenidato y el trihexifenidilo (antes, parkisonil), que se están prohibiendo pese a que no existen en el país sustitutos efectivos, según nos revelan fuentes que quieren mantener el anonimato. Como se vende una vez al mes lo que el paciente requiere en ese tiempo, las autoridades a veces lo visitan de pronto para comprobar si no han vendido algún blíster.

Se puede pensar que esas medidas tienen alguna efectividad para disminuir el consumo. Pero no: el único efecto es que, cuando el joven consumidor busca el medicamento en el mercado negro, encuentra, que cada píldora de “paco” —parkisonil— está entre 30 y 70 CUP y cada “metil” entre 50 y 100. El problema es buscar el dinero, lo que de seguro originará otros problemas.

Hace años, había plantas de campana en cualquier jardín habanero. Hoy es difícil hallarlas aun en los alrededores de la capital. Sus grandes flores blancas, tan ornamentales, y sus hojas, de muchos usos medicinales, ya son solo un recuerdo a causa del efecto alucinógeno de todo el arbusto, lo cual lo convierte en una atractiva “droga gratis”.

No asombra entonces el letrero que se ha visto por ahí, en algún que otro pulóver, como reacción al abuso de sustancias prohibidas: “Dile no a la droga. Somos muchos y hay muy poca”.

El meollo de esta indudable tragedia, en el caso de Cuba y de los jóvenes, es que se exalta la prohibición sin verdadero examen del conflicto y sin promover realmente la responsabilidad en ningún aspecto de la vida de esos muchachos que son —o deben convertirse en— ciudadanos que deben asumir la libre elección, la libre información, la libertad, simplemente.

Como en todo, el castrismo, con su infinito cinismo pragmático, asume que la manipulación y la represión son la clave para que los jóvenes, en este caso, no se narcoticen con ciertas sustancias que anulan los efectos de las “sustancias” de la miseria y la propaganda, los alucinógenos oficiales para que la juventud nunca tropiece con su dignidad ni con su rol natural y no pretenda cambiar de veras cuanto deba ser cambiado.


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