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Familia cubana viendo televisión (AFP/Archivo)

LA HABANA, Cuba.- Si existe en la televisión cubana un horario respetado, es el de la telenovela. Probablemente sea ese el único momento del día en que toda la familia se reúne para compartir alrededor de 45 minutos, atentos a conflictos cuya resolución desafía a la lógica y el sentido común. Los cubanos no solo disfrutan ese “tira-encoje” típico de los culebrones; además se lo creen y al día siguiente deviene tema de conversación en el transporte público, la colas, los centros laborales y de estudio.

Como atractivo colateral de estos productos audiovisuales figuran lujosas mansiones, autos, ropa de diseñador y la belleza de los actores y actrices brasileños. Pero a través de lo que parece un superficial entretenimiento, se deslizan formas de pensar, actitudes ante la vida y prejuicios.

Ha llamado la atención el hecho de que en las dos últimas telenovelas se hayan insertado personajes protagónicos, recreados a partir de un imaginario que podría considerarse, cuando menos, homofóbico. La presencia del gay excesivamente amanerado, chanchullero, desleal y malvado contraviene los preceptos de tolerancia, comprensión y aceptación que se busca inculcar a la sociedad en aras de frenar la discriminación a causa de la orientación sexual.

Cuando la Televisión Cubana transmitía la telenovela Imperio, el personaje de Téo Pereira ―gay y bloguero― generó a nivel popular un alud de comentarios donde se confundían la crítica a la perversidad del periodista y el rechazo a su condición de homosexual. La estrecha correspondencia, establecida en el guion, entre la sexualidad de Téo y su maldad como ser humano, hacía imposible que el público aceptara una falla personal como raíz de sus malas acciones. Siempre que las personas se expresaban de forma peyorativa, el lacerante calificativo recaía en la sexualidad del personaje.

Aquel infortunado Téo Pereira habría sido un caso aislado si en la actual telenovela ―Rastros de Mentiras ― el protagónico no fuera un empresario gay, amanerado hasta el ridículo, intrigante, taimado y capaz de un acto tan condenable como arrojar una bebé recién nacida a la basura. Lo peor es que siendo el producto general pésimo, la maldad de Félix se agranda al punto de ser una de las pocas razones para desperdiciar 45 minutos ante la pantalla.

La morbosa recurrencia a este tipo de personajes, cuyas características predominantes son la vileza y la homosexualidad, demuestra cuán desentendida se halla la política cultural cubana de los cambios que necesita la sociedad. Mientras el CENESEX respalda una campaña por escuelas sin homofobia ni transfobia, la televisión nacional exacerba lo opuesto, aun sabiendo que miles de niños y adolescentes miran la telenovela.

Sobre el mismo pensamiento homofóbico fue creada la antítesis de Félix, mediocre solución que no hace sino acentuar los prejuicios. Herón y Nico conforman una adorable pareja gay que ha permanecido junta por diez felices años, y quieren tener un hijo. Con la irracionalidad y el tremendismo propios del culebrón, Herón se acuesta con Amarilis (vientre de alquiler y amiga de la infancia de Nico), la embaraza y tienen un bebé. Automáticamente Nico queda fuera del plan, sin pareja y sin hijo. No tiene nada que reclamar y llora por los rincones, porque la visión del guionista es que los gays son desalmados como Félix, desleales como Herón, o flojos como Nico. Y si bien la bisexualidad es una orientación igualmente válida, en Rastros de Mentiras la heteronorma es tan preeminente que solo puede explicarse a través de la mala intención.

Estas son las telenovelas que se transmiten para el disfrute de los ciudadanos, sin cuestionar la naturaleza y las consecuencias del mensaje que emanan de estos personajes. Mientras el CENESEX y sus mal llamados activistas procuran ―a base de comparsas― atenuar prejuicios largamente sostenidos por un machismo antológico, no hay un solo programa de televisión que presente la homosexualidad sin traumas.

El sujeto homosexual aparece para ser odiado, marginado, humillado y traicionado. Y esta premisa fatalista no solo es adjudicable a los culebrones brasileños. El teleplay Aprensión, del realizador cubano Rolando Chiong, está basado en hechos reales y relata un brutal asesinato ocurrido hace veinte años en una zona rural de la Isla. La víctima, una joven lesbiana que vivía con su pareja, fue brutalmente violada y asesinada, y el crimen quedó impune.

Quizás la intención del director era denunciar la criminalidad derivada de los prejuicios, pero lo único que provocó fue espanto ante el salvajismo y la impunidad. Jamás en la televisión cubana se ha abordado con honestidad el tema del amor gay, donde una pareja del mismo sexo tenga una relación sólida, matizada por humanos conflictos, pero también por el amor, el respeto, la lealtad.

Cuando se aprecia la desconexión entre la política cultural y las campañas del CENESEX a favor de la diversidad sexual, cabe preguntarse cómo serán implementadas las estrategias para crear ambientes escolares sin homofobia ni transfobia. Hay profesores, de esos llamados emergentes, que ni siquiera saben el significado de la palabra transfobia. Es decir, que la peor telenovela brasileña jamás vista en Cuba, y sus paradigmas negativos, aventajan a los recursos humanos e intelectuales de que dispone el sistema educacional cubano para empezar a crear conciencia en este sentido.


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