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Carlos Malamud

Faltando pocas horas para el cierre de las candidaturas a las elecciones parlamentarias de octubre, la expresidenta argentina Cristina Fernández confirmó que disputará una banca al Senado. Su decisión está ligada a la voluntad de recuperar el poder en las presidenciales de 2019 y también de liderar la oposición.

En una jugada de consecuencias imprevisibles se presentó por fuera de las estructuras oficiales del peronismo (el Partido Justicialista) creando una alianza ex profeso para la ocasión: Unidad Ciudadana. Otra cuestión arriesgada por su trascendencia es que esta alianza sólo funcionará en la mayor circunscripción del país, la provincia de Buenos Aires.

Por eso conviene analizar los numerosos interrogantes políticos que plantea la jugada de Fernández, comenzando por determinar si su operación responde a planteamientos tácticos o estratégicos, aunque en ambos casos la premisa es que los votos son suyos y no del peronismo. Lanzó su proyecto en un acto electoral el 20 de junio, sin aludir ni a Perón ni al peronismo. Tampoco permitió exhibir símbolos partidarios.

Cualquiera sea el punto de partida, su futuro político, pero también el judicial, depende de unos excelentes resultados. Su apuesta pasa por ganar la elección y demostrar que sigue contando con más apoyos que el gobierno, al que se opone de forma frontal. Igualmente, debe imponerse a las estructuras tradicionales del peronismo, al juzgarlas próximas al poder.

[[QUOTE:No le basta con ser segunda y elegida por la minoría. Debe arrasar. En caso contrario los jefes provinciales peronistas se sentirán legitimados para iniciar la renovación partidaria]]No le basta con ser segunda y elegida por la minoría. Debe arrasar. En caso contrario los jefes provinciales peronistas se sentirán legitimados para iniciar la renovación partidaria. Aunque también es verdad que podrían haberlo hecho después de la derrota de 2015 y no se atrevieron. En realidad, siguen sin atreverse.

La constitución de Unidad Ciudadana confirma la fragmentación peronista. En la provincia de Buenos Aires concurren tres listas distintas, incluyendo la de Fernández. En muchas circunscripciones la pugna entre kirchnerismo y peronismo es cruenta. En las provincias del interior las estructuras más tradicionales, opuestas a la anterior mandataria, suelen estar mejor situadas que los seguidores de La Cámpora y otros grupos afines. La división del otrora partido hegemónico es una gran noticia para Mauricio Macri y su coalición Cambiemos, que mejora sus opciones de conseguir un buen resultado electoral.

¿Qué pasaría si la decisión de Fernández de apartarse del peronismo es estratégica? En este caso la incertidumbre sería mayor. Si bien la expresidenta tiene un voto duro cercano al 30%, esto solo ocurre en algunas zonas del Gran Buenos Aires. Fuera de ellas su respaldo es menor y su rechazo aumenta. Con todo, la gran duda es cómo reaccionarán los electores peronistas frente a un dilema tan trascendental: ¿Mantendrán su lealtad a la simbología que les acompañó toda su vida y que les ayudó a conformar su identidad política o se inclinarán por un proyecto caudillista que, pese a sus contradicciones, quiere ubicarse en la izquierda del espectro político? En Argentina nada está escrito y mucho menos si Cristina está de por medio.

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Nota de la Redacción: este análisis ha sido publicado previamente en El Heraldo de México. Lo reproducimos con la autorización del autor.


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