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LA HABANA, Cuba.- Los tatuajes se ven cada vez más en la piel de los cubanos. Su auge, así como la diversidad y complejidad de los diseños, coinciden artistas de este género, son el resultado del boom turístico que experimenta la Mayor de las Antillas.

Sin embargo, necesitaron de unos veinte años para ganar un espacio como elemento complementario y casi infaltable en la concepción de moda de los cubanos, quienes los aceptan y emplean con una efervescencia similar a la que los lleva a poner en usanza un determinado modelo de pantalón o zapatos.

“Hoy la gente prefiere diseños realistas pero mañana los quiere abstractos, de la misma forma que temporalmente le gusta un par de tenis más que otro. Ahora mismo la mayoría se inclina por vestir ropas ripiadas y mostrar tatuajes bien coloridos”, comenta Marcel Terrero, artista de Estudio Forever Tattoo.

Terrero, quien lleva más de diez años grabando la piel, explica que el tatuaje en Cuba vive una acelerada metamorfosis que, si bien no termina de liberar ese arte de los estereotipos negativos que le han endilgado, permite que a ya sea visto como una manifestación cultural.

En esa evolución, ilustra el artista, perdió fuerza el uso de marcas alegóricas tales como los tres puntos en la parte superior de la mano, entre el pulgar y el índice, en alusión a practicar o simpatizar con el proxenetismo; los cinco puntos en la misma parte de la mano simbolizando pertenecer a pandillas u otros grupos criminales; o las lágrimas bajo los ojos cuyo significado vincula el número de lágrimas con la cantidad de personas asesinadas por el portador del tatuaje, o la intención de llevar a cabo un hecho de semejante magnitud.

“Fundamentalmente se lo hacían los jóvenes, muchos ni sabían el significado. Escogían estas marcas porque eran pequeñas y porque querían demostrar algo que no eran pero que fue, o es, signo de una hombría extrema; además, porque se trataba de algo tan clandestino como la aceptación social de los tatuajes”, dijo Terrero.

Salvo en zonas de interés específico para el gobierno, en Cuba se permite practicar el arte sin necesidad de obtener un permiso. No obstante, cuando los artistas deciden cobrar por sus realizaciones, se vuelve una actividad comercial que sí requiere de una licencia operativa o de afiliarse a una de las empresas del Ministerio de Cultura.

A lo largo de los años esta ha sido una de las principales barreras a sortear, principalmente, por los artistas callejeros. Sin embargo, los tatuadores son una rara excepción de la regla, máxime cuando el gobierno de la isla insiste en controlar minuciosamente el desarrollo del trabajo por cuenta propia.

“Nosotros estamos en un limbo, no existe una figura aprobada para que funcionemos pero tampoco nadie se mete en lo que hacemos. No nos inspeccionan o nos piden pagar al fisco”, comentó Maykel Fernández Pérez, que posee un pequeño estudio en el municipio Arroyo Naranjo.

La no regularización de medidas higiénicas para el funcionamiento de los estudios de tatuajes es otro de los tópicos que marcha al libre albedrío.

Preocupado, Fernández comenta que las autoridades demuestran una desatención total por el tema, dejando a la conciencia de los tatuadores las medidas necesarias para la práctica de un oficio muy riesgoso en lo referente a sanidad.

“Se ha visto quien recicla las agujas. También se conocen casos de personas que por esa causa se contagiaron de enfermedades como el VIH y la hepatitis”, señaló Fernández.

Ailet Duarte Martínez, una de los dos dueños del famoso estudio habanero La Marca, destacó que el Ministerio de Salud Pública (MINSAP) debería implementar políticas educativas y legislativas que fomenten la responsabilidad higiénica en la creciente masa de personas que encuentran en tatuar una manera de supervivencia.

Desde su perspectiva, Duarte opinó que los problemas higiénicos que existen en numerosos estudios son una derivación de las dificultades que sufren los artistas para obtener herramientas, implementos y medicinas de tipo antibióticas y analgésicos

Un artista del tatuaje que prefirió omitir su identidad, al respecto dijo que “si en las mismas instituciones médicas escasean los guantes, gasas, algodones y medicinas”, para ellos “se hace doblemente difícil y caro conseguir estos elementos. A eso se añade que en el país no se venden las agujas que se emplean para tatuar”.

Entre dolor, tintas y símbolos, un negocio de alto rendimiento

En un país donde para comprarse unos jeans de marca nada popular se necesita trabajar al menos dos meses, de acorde al salario estatal, no se quedan detrás las frioleras que piden los estudios de tatuajes para llevar la dolorosa moda hasta el cuerpo de los clientes.

Una “pincha” —así se conoce en lenguaje coloquial a los tatuajes— de siete centímetros bien medidos por su ejecutor puede costar más de 50 CUC en correspondencia con el nivel de complejidad del trabajo y la cantidad de material que requiera.

Según Omar Ernesto Ramírez, artista del Saavedra Tattoo, en el estudio donde trabaja se atiende a más de diez personas diarias, generando ingresos netos que habitualmente rebasan los 500 CUC.

“Quien viene a un estudio de calidad quiere un tatuaje de calidad”, apuntó Ramírez, que para explicar el contexto en se fijan los costos de los diseños reitera que las máquinas y tintas que se emplean solo se pueden comprar en el extranjero.

“Una máquina cuesta más de 200 dólares, pero un frasco de tinta de 50 mililitros no baja de los 25 dólares y se necesitan más de 20. Es una inversión muy grande a la que tiene que sumársele otros implementos y las condiciones que se le dan al estudio para que los clientes encuentren confort”, dijo.


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